Una lesión de espalda hace verdaderos estragos. Y el dolor añade hiel a la sangre. Un infortunio, porque todo parece estar salpicado con el color con el que se visten de oscuridad los días más lúcidos. El mundo habitual del paciente se va ralentizando hasta detenerse casi por completo. Y aparece la desesperación ante una baja laboral que puede alargar los tentáculos a lo largo de varias estaciones, sean secas o húmedas. Dos años lleva ya así Antonio Luis Rodríguez, el gran protagonista de esta historia.
Antonio Luis nació en Tenerife y durante veinte años su vida giró en torno a la fotografía. Un profesional, especialista en rallyes, que, firmando sus obras como Toñoluis, consiguió tener más de un millón de seguidores en sus plataformas digitales. Sin embargo, de Tenerife a Madrid fue dar un salto y… Por amor, lo dejó todo hasta llegar a Celadilla del Páramo. Un lugar que le pareció tocado por los dedos de esa fuerza sobrenatural que te invita a quedarte en medio de sus múltiples abrazos. Allí, en Celadilla del Páramo, nació Evolet, su hija. Una niña preciosa a la que, cuando creció lo suficiente, la llevó al parque; aquel lugar protegido por unos muros más fríos que la propia soledad. Nadie, salvo ellos dos.
Toño ya se encontraba de baja por aquel malvado ‘mordisco’ que llevaba escrito en su espalda. Carga y descarga de bultos; sube, baja y trasporta al hombro aquellos paquetes tan pesados, propios de su nueva actividad profesional, motivaron la causa. ¡Qué dolor! Y duelen las lágrimas, también, y hasta la propia vida que, sin buscarlo, a veces te obliga a caminar por unos estrechos caminos de charcos, piedras, espinas y barro. Toño se emocionó al contármelo y añadió: «¿Sabes? Por si no fuera poca tanta penuria, en aquel largo periodo sufrí dos ictus, a consecuencia, sin duda alguna, de la ansiedad. Uno de ellos me pilló solo en casa. Y yo intentaba llamar a mi mujer, consiguiéndolo con mucho esfuerzo. Pretendía decirle que «me encontraba mal, muy mal», pero ella, al otro lado, tan solo escuchaba sonidos incomprensibles. Realmente estoy vivo de milagro, aunque sé que mi tiempo terminará con alguna de las secuelas que me quedaron, no en el exterior de mi cuerpo, sino por dentro ya que, a veces, me cuesta respirar y, con demasiada frecuencia, no consigo que los alimentos y la bebida se pongan de acuerdo con la ruta a seguir hacia el estómago. Me atraganto con mi propia existencia».

– Suficiente, Toño –le dije, cambiando de tema–. No sufras reviviendo ‘aquello’. Hablemos, si te parece, de los dibujos coloristas que decoran calles y plaza en este tu pueblo.
– Como quieras –me contestó, iluminándosele el rostro.
El parque de Celadilla del Páramo lo envuelven, por dentro y por fuera, las viñetas de un largo cómic que, sin tener bocadillos o globos, onomatopeyas (¡Zas!, ¡Boom!, ¡Bang!, ¡Ay…!) o cartelas, lo dicen todo: alucinante. Los personajes (el Capitán Trueno, Zipi y Zape, la familia Telerín, Astérix y Obélix, la Pantera Rosa, el conejo Bugs Bunny, el Oso Yogui, Snoopy, Carpanta, Caperucita Roja y el lobo, y un largo etcétera, incluidos el Quijote y Sancho Panza) hablan por sí mismos y se presentan activos, como siempre, a los ojos de los espectadores. Ojos que, al mirar, ven y llevan con ellos recuerdos de vidas vividas y de sonrisas por doquier. ¡Zas!
– Espera –me dice de repente Toño, dejándome en medio de aquel frenesí de colores–. Voy un momento al coche.
Y cuando vuelve, trae en sus manos una voluminosa Mafalda, que deja ‘sentada’ en el banco azul.
– Es para que, llegado el caso, quien quiera pueda hacerse una fotografía a su lado y, así, llevarse un bonito recuerdo de este parque.
El parque de Celadilla del Páramo (con juegos infantiles y aparatos gimnásticos para todas las edades) tiene vocación, en resumen, de un museo al aire libre en el que los cómics de todos los tiempos están allí representados. Y lo bueno, lo excelente fue que…
Toño –ya lo adelanté– iba con su hija Evolet al parque primitivo, de paredes frías, donde la soledad, un día sí y otro también, eran sus únicos acompañantes. Y Toño sufría al ver que el futuro de aquella estancia comunal no ofrecía la alegría necesaria para que su hija fuera feliz al «lanzarse al mundo» desde la atractiva inclinación de un tobogán o balanceándose «eternamente» con la ayuda de las cadenas colgantes y el asiento de un columpio. Tenía que hacer algo y lo hizo: solicitar al alcalde pedáneo pinturas y brochas (que las consiguió de inmediato) y convencer a sus vecinos para que se unieran a la «fiesta del color», después de que él perfilara los dibujos en las paredes.

–Había que estar allí y ver, por ejemplo –me dice–, a tres generaciones de una misma familia pintando la parte adjudicada. Me emociono, no lo puedo evitar, recordando lo feliz que veía a mi niña, al lado de su abuelo… pintando los dos. ¡Uf…! ¿No te parece digno de destacar que hasta al obispo de León –Mons. Luis Ángel de las Heras–, además de bendecir este parque, no le importó coger una brocha y… pintar como un vecino más?
Toño se volvía a emocionar, sí, y con ello yo hacía verdaderos esfuerzos para que sus lágrimas no arruinaran el amor, allí existente, por un trabajo bien hecho.
– Toño, por favor. Sigamos hablando de un futuro.
– Vale. Pues te diré que nuestras pretensiones son muchas. ¿Te apetece que te lo explique recorriendo las calles?
«Claro» –le dije sin más, cuando ya estábamos en medio de la plaza–. Y allí destacaban dos grandes murales. Uno –‘El toro’–, frente a la iglesia, relativo a los carnavales, realizado por el reconocido muralista Manuel García Juan, y el otro mostrando una parte del folclore (obra de Raquel) y de la boda antrueja –‘El carro’–, pintado por Laura. En la pared colindante, justo al dar la vuelta a la esquina, nos encontramos con un ‘búho’ enorme, obra del joven Antonio y, como punto de unión, entre las dos últimas obras, se nos ofrece a la vista el ramo característico de la boda antrueja, obra, en este caso, de Toñoluis, mi acompañante.
Murales espectaculares, lo mismo que las pinturas de nuevos cómics, ya realizados en las paredes de varias calles. Toño me enseña también el pequeño ‘troncomóvil de los Picapiedra’, que hizo para disfrute de los niños, y los tronos, para un adulto y un niño, ‘cosidos’ por varias espadas, «con el fin de que, llegado el caso, algunas de las personas que vengan a visitar nuestro pueblo en fechas señaladas se puedan llevar un recuerdo fotográfico sentadas en ellos. Ahora bien, nos falta pintar el muro con algún motivo complementario y nos falta…».

Toño disfrutaba explicándome «el futuro» de su actividad artística, que conseguirá realizar porque querer es poder. «Pretendo –me iba enumerando– que las paredes de las calles por donde pasa diariamente el taxi, que trae y lleva a nuestros niños a la escuela de Villadangos, sean lo más alegres posible; ellos, más que nadie, necesitan alegría para ser felices». «Aquí, en esta calle, he pensado que luzcan diversos animales». «En el interior de este local tenía su actividad el herrero del pueblo y es a él a quien quiero homenajear». «Mira. Este es otro de los murales realizados por Manuel García Juan, sobre un boceto del pintor Benito Escarpizo, y relativo al paso del Camino de Künig por nuestro pueblo». «En esta larga pared, situada justo a la entrada del pueblo, me he propuesto representar a todos los vecinos. De llevarse a efecto, allí estarán expuestos más de cien personajes, ¡cien! Espero la colaboración, una vez más, de todos a la hora de pintar y rematar la obra».
¡Uf…! Pasado un tiempo, tendré que volver a hacer turismo por este pueblo encantado para comprobar el avance o la finalización de las pinturas al aire libre. Celadilla del Páramo está de suerte con este hombre, Antonio Luis, que, con fuertes dolores de espalda, descubrió una nueva vocación. Y está de suerte el pueblo porque los vecinos se unen por una buena causa, demostrando al mundo que «la unión hace la fuerza». Así, con propuestas tan espectaculares como las aquí narradas, se consigue –pienso yo– iluminar un pequeño rincón de la España vaciada para otorgarle un ilusionante futuro. Se necesita; todos lo necesitamos.
Al día siguiente de visitar Celadilla del Páramo volví a llamar a Antonio Luis para confirmar unos datos y me sorprendió con este comentario: «Ayer, después de estar contigo a lo largo de más de la hora y media que duró tu entrevista por todo el pueblo, mi cuerpo… Tuve que estar toda la tarde en la cama con fuertes dolores de espalda; sin embargo, hoy… me levanté muy animado».
Y ese ‘ánimo’ con el que Toño inició el día me agrada sobremanera, porque la vida, cuando se trabaja con ilusión, camina hacia un mañana con pasos firmes. Tiene sentido.
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