Nada chirriante, la verdad, sino todo lo contrario a pesar de tener a su lado otros edificios singulares, como Casa Botines (modernista ella, de 1892) o el Palacio de los Guzmanes (renacentista, del siglo XVI). Y si lo comparamos con sus vecinos de la plaza de la Libertad (hoy plaza de Santo Domingo), realmente es diferente, sí, único en cuanto a su envoltorio, debido a la utilización del ladrillo caravista palentino. Criticado en su momento –faltaría más–, resulta que, de todo el casco urbano, al menos para mí y dentro de su estilo, es el edificio más espectacular e igualmente destacable.
Estoy hablando del viejo Casino Recreativo (actualmente sede de una entidad bancaria). Lo hago admirando su color rojizo, producido por los ladrillos endurecidos por la presión y el calor del fuego; por dos detalles singulares, casi secretos (en los que insistiré más tarde), y por el contraste blanco, que ofrecen sus ochenta y cuatro conchas (tachonadas en dos de sus frentes) y el escudo de León, protegido por dos niños angelotes (arriba, a la altura del cielo). Montaje este último que se sitúa frente a la iglesia parroquial de San Marcelo, del siglo XVII, con una larga historia a sus espaldas que se remonta al año 850, ya que su fundador, el rey Ramiro I, realizó diversas ampliaciones sobre una capilla preexistente.

Todos los elementos constructivos enumerados con anterioridad forman parte de la ciudad de León, y en ella, jugando con las palabras, continúo bajo la sombra que me ofrece el viejo Casino Recreativo. Un edificio, de 1922, diseñado por el joven arquitecto (cuando tenía 31 años) Gustavo Fernández Balbuena (1888-1931). 2.200 m2 construidos con una serie de dependencias que, entre otras, incluía una cocina, aseos, peluquería y servicio de limpiabotas, en el sótano, y otras tres plantas más, pensadas para hacer de la vida social una fiesta permanente, con salones de té y de café, en el bajo, y de juegos y de baile en las plantas superiores. A su exterior, con arcos y recercados, zócalos de sillería, retranqueos y torreones, bien se le puede definir como «bello» por su determinada y vistosa sencillez. Características –según me indican los expertos– con clara influencia de la escuela constructiva vienesa del momento, revisando con especial énfasis los diseños del arquitecto Joseph Maria Olbrich (1887–1908), cuya obra se inscribe en el clima general de renovación de la cultura figurativa originada por el modernismo.
Blanco sobre rojo
Las conchas o, si se prefiere, las vieiras destacan sobre los ladrillos por llevar en su piel el color de la nieve. Un detalle, el de las conchas, que no se ha de dejar en el olvido ya que el edificio las expone profusamente en dos de sus lienzos: 38 en el frontal de la plaza de Santo Domingo y 46 por plaza San Marcelo, entrada principal en sus inicios. Conchas pétreas, con un volumen más que razonable, forman parte del simbolismo tan atrayente que conlleva el Camino de Santiago; elementos decorativos, en definitiva, relacionados con la cultura peregrina, de la que León, como bien se sabe, forma parte. Se desconoce si, bajo alguna de ellas, el arquitecto escondió algún tesoro o plano del edificio, como hizo Gaudí bajo la escultura de San Jorge en la Casa Botines, o como, al parecer, existe en la Casa de las Conchas de Salamanca, tal y como lo asegura una de esas leyendas creíbles. Lo desconozco, sí, aunque no lo descarto. Todo, en este tipo de adornos, es posible. Lo que no dudo es que el joven Gustavo Fernández Balbuena escogiera profusamente el número de las conchas en cada fachada teniendo en cuenta el significado que otorga el fascinante mundo de la numerología. Y eso, aquí y allí, incluso más lejos, no es nuevo, pero sí tan significativo como misterioso en un León con grandes dosis de no creer en herramientas consideradas, por algunos, como pseudociencia. Aun así, veamos:

El número 38, en el apartado de la numerología, lleva consigo una enorme influencia y conexión con los seres vivos y las fuerzas espirituales. Se relaciona con la abundancia, la fuerza y la sabiduría espiritual. Sugiere armonía y equilibrio; oportunidades y éxito. Al 46, por otra parte, se le considera un número maestro, que simboliza la individualidad, la creatividad y el liderazgo. Representa el inicio de algo nuevo, pero también la confianza en sí mismo. Aquellos que están influenciados por el número 46 tienden a tener un profundo respeto y amor por los animales y el medio ambiente. Y…
¡Oh…! ¡Sorpresa! (o no tanto). Si hablamos de espiritualidad y de animales… La lectura que ofrece el adorno pétreo blanco, en forma de blasón de la fachada, por la plaza de San Marcelo, es tan variada como interesante. Allí, como tenantes, están representados dos niños/angelotes, inocentes ellos (destacada cualidad por su desnudo integral) que, subidos a su ‘sagrado’ altar, son venerados por el dios que vence a la noche (el Sol), junto a los dioses de las lágrimas (la Lluvia) y del aliento (el Aire y el Viento), sin olvidarnos, eso tampoco, de las caricias de plata que les brinda la Luna y las estrellas brillantes en los reinos de la soledad y de la noche. Alta estima para dos angelotes que, a su vez, iluminan con su cuerpo a un fiero león, rey de la selva (animal simbólico e inequívoco de esta ciudad nuestra). Pura norma de íntima fraternidad protectora. Claro idealismo. Espiritualidad infinita y amor por los animales también, junto al máximo respeto al medio ambiente. Nada extraño.
Dos detalles singulares, casi secretos, de leyenda
Salvo para aquellos que miran y ven la existencia de determinados símbolos, casi escondidos, que llevan lecturas interesantes, son muy pocos los que, en la propia fachada por la plaza de San Marcelo, a ambos lados del balcón de la derecha, detectan la cabeza de dos diminutos leones, bronceados ellos, protegidos por unos marcos alargados de ladrillos. Dos detalles sorprendentes que, al mirar al cielo, chocan irremediablemente con el ‘altar’ donde habitan los niños/angelotes, apadrinando a su hermano león, ‘el grande’. Un león rampante, supuestamente (no sé si me entendéis) «de púrpura, linguado, uñado y armado de gules, coronado de oro».
El caso es que… Para entender mínimamente la permanencia en la fachada de esos dos diminutos leones, empleé varios cambios de luna y, tras las ventanas de mi estudio, aguanté como pude el paso de diversos chaparrones de agua y nieve, sequías y sonidos producidos por la madre naturaleza. Todo ello para llegar a la conclusión más próxima a la leyenda que a la realidad. Dudas en las palabras, que no afirmaciones concretas. Pero dudas razonables que, según me las explicaron, os cuento.

Resulta que Gustavo Fernández Balbuena –el arquitecto– había pensado homenajear a los ríos Torío y Bernesga con las cabezas de los dos leoncillos en su posición natural, nada forzada, cuya colocación inicial estaba prevista para la fachada que da a la plaza de Santo Domingo con un único fin: que «miraran», primero, el paso del río Bernesga (al final del paseo de Las Negrillas, hoy avenida de Ordoño II) y, después, la unión entre los ríos (Bernesga y Torío) aguas abajo del primero. No pudo ser, si no quería que la estética de esta fachada se «rompiera». Pensó, entonces, en hacer lo que hizo: colocar el blasón de León, protegido por los niños/angelotes, inspirados estos en la escultura de la fuente de la plaza del Grano, de 1789, obra de Mariano Salvatierra, con la misma intención: homenajear el paso de los ríos Torío y Bernesga, por los dos flancos de la ciudad (al oeste y al este, respectivamente), así como la unión (el abrazo) de ambos para representar, a unos tres kilómetros, hacia el sur del corazón de León, la entrega de las aguas del río Torio, en su calidad de afluente, al río Bernesga. Pues bien, los leoncillos selváticos, que respetan como nadie el medio ambiente, son los fieles guardianes de estos dos ríos y así los nombra el pueblo. Por qué están mirando al cielo, ya quedó explicado: los niños angelotes representan el paso de los ríos por la ciudad y es por ello por lo que los leoncillos los «miran y defienden» de sus posibles enemigos. Solucionado.
Según cuenta la leyenda, cuando todo te resulta «al revés» y «aquello» dura y dura, la solución más cercana –sin descartar otras, por supuesto– es acudir frente a estos leoncillos y, después de realizar tres respiraciones profundas, tres (el «tres» gira en torno a la expansión de la conciencia y la confianza en la propia voz), cargado de una fe inmensa y durante nueve días seguidos, has de repetir internamente tres veces tres (es decir nueve, porque nueve es el número que representa el cierre de un ciclo, la sabiduría interior y la espiritualidad elevada)…, y has de decir lo siguiente: «por vuestro coraje, liderazgo y protección, os suplico, Torío y Bernesga, leones de León, que me ayudéis a cambiar mi vida para mejor». Si de verdad te lo propones, no tardando mucho todo cambiará.
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