Miró las ventanas cerradas. Pasó bajo las rejas oxidadas de un balcón semiderruido. Siguió un pasillo vacío, en sombras. Escuchó una voz meliflua que le reclamaba a la derecha. Cruzó una puerta y se encontró en un aposento amplio, en la misma penumbra, perfectamente amueblado, con una mesa en el centro con cuatro platos. En una fuente de barro vidriado se adivinaba un capón entre ciruelas. El desconocido le invitó a sentarse. Ahora, un pañuelo negro rodeaba su cuello. Con la misma voz almibarada y su acento extranjero, pidió que se pusiese cómodo; en un momento volvería a estar a su lado con dos nuevos invitados, añadió.
Estudiaba la luz que escapaba de las contraventanas echadas, cuando el sonido de pasos aproximándose le hizo volver la cabeza. En el umbral se dibujaron las siluetas de dos jóvenes menudos, tampoco muy altos. Ambos vestidos también con holgadas casacas militares en las que nadaban perdidos. Los cuellos cubiertos igualmente con pañuelos negros. Se sentaron. Poco después llegaba el otro seguido por el perro. Encendió las velas de un candelabro de plata de cuatro brazos, que traía en la mano, sirvió y empezaron a comer. Sus acompañantes, en ocasiones, hacían un alto para observar cómo la cera derretida resbalaba abajo, fluyendo sin descanso, desde aquellas cuatro pupilas de fuego. En una de las pausas, se quitaron, uno tras otro, los pañuelos. El roce con algo había dejado en la piel una señal violácea, que circundaba sus cuellos. Ese algo sería, probablemente, pensó, una soga. Los tres ahorcados le estudiaban en silencio, iluminados por la llama vacilante de las velas. Sonrió conciliador.
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