Museos de la ciudad de León: Museo Diocesano y de Semana Santa

Sexto capítulo del serial de los museos de la ciudad de León, que cada jueves nos trae Gregorio Fernández Castañón a LNC Verano

Gregorio Fernández Castañón
07/08/2025
 Actualizado a 07/08/2025
El paso del Descendimiento, en su exposición temporal el pasado mes de febrero en el Museo Diocesano y de Semana Santa. | G.F. CASTAÑÓN
El paso del Descendimiento, en su exposición temporal el pasado mes de febrero en el Museo Diocesano y de Semana Santa. | G.F. CASTAÑÓN

A veces, en busca de un dato –que ya de antemano sé que es imposible conocer– me da por romper el hielo de forma un tanto… provocadora. Apoyándome en mis buenas intenciones, lo hago para dar un toque de atención a mis informadores y, supuestamente, también a favor de los que estáis leyendo estas palabras. Y así sucedió –lo aseguro– cuando, cambiando bruscamente de tema, pregunté a uno de los responsables del  Museo Diocesano y de Semana Santa, esta enorme estupidez (que no lo es y se va a entender rápidamente): «¿Cuántos ladrillos se utilizaron en la realización de este recinto?» (lugar en el que nos encontrábamos). 

Eran otros tiempos, por supuesto, y, en su corazón –el segundo de los claustros–, por el llamado Patio y jardín de los Filósofos, había un frondoso vergel con determinados árboles que luchaban por crecer más y más en un intento de tocar, por encima de los tejados, el calor del sol y la metamorfosis permanente de la luna. Un oasis en medio de los altos ‘muros carcelarios’ hechos con… ladrillos. Eran aquellos años en los que los seminaristas paseaban por él, reflexionaban y contactaban con el poder de la Naturaleza para entender el ritmo de la creación, aquí, en este paraíso terrenal. Momentos de asueto en los que encontraban la mejor de las melodías en los silencios y recuperaban las fuerzas mentales necesarias para entender la voz del Todopoderoso admirando, tal vez, los vuelos oscilantes de unas simples y bellas mariposas. Imágenes propias de un severo internado que luego, más tarde, a la luz de las velas, se convertirían –pienso yo– en alabanzas para fundamentar la fe que habría de mover las montañas de su propia historia.

Había una vez un Seminario Mayor en la ciudad de León que, fundado en 1606 por el obispo fray Andrés de Caso, se hacía llamar de San Froilán.

Un edificio renacentista en el que especialmente tres arquitectos, tres, dejaron su nombre escrito por encima de sus cimientos: Juan Bautista Lázaro, Manuel de Cárdenas y Félix Compadre. Juan Bautista fue quien, en 1896, proyectó el edificio actual, apoyándose en los ladrillos como –¡atención!– la razón integradora de las artes y logrando, con todo ello, acercarse al romanticismo neomudéjar, junto a un relativo ideario del proceso medievalista. Bajo la dirección de Manuel de Cárdenas, el actual Seminario Conciliar se levantó en su franja norte (con ladrillos, faltaría más) hacia 1925, y Félix Compadre, de 2016 a 2020, dirigió la rehabilitación de una parte del mismo (manteniendo en su sitio aquellos ladrillos rojos/refractarios) para destinarla al museo que actualmente es una realidad: Museo Diocesano y de Semana Santa, lugar al que acudí una mañana de invierno. 

Como bien se puede entender, con aquella pregunta absurda, mis pretensiones, antes de dar un paso al frente, buscaban alabar el envoltorio: un edificio levantado a base de ladrillos por fuera (que se encuentran en el frente, por la Plaza de la Regla, y se extienden abundantemente por la calle Mariano Domínguez Berrueta, hasta casi, casi, tocar la plaza Mayor) y ladrillos por dentro, especialmente visibles y sorprendentes en… su claustro (la mayor de las estancias, antesala del propio Museo). 

flagelación museo
Detalle de la obra expuesta de Manuel López Bécker, el Cristo de la Flagelación, propiedad de la Cofradía de Minerva y Vera Cruz. | G.F. CASTAÑÓN

Treinta y cuatro altísimos arcos, repartidos a lo largo y ancho de más de cuatrocientos metros cuadrados –sin contar el espacio de la ancha galería– sostienen hoy una cúpula de cristal por donde se ve el cielo y entra la luz, pero que no deja pasar ni el agua de la lluvia ni los copos blancos de la nieve o el frío que alimenta la niebla y los hielos que fabrican los carámbanos. Espacio que, sin aquel viejo vergel, la dirección del Museo utiliza para exposiciones temporales. De hecho, aquel día, allí, se encontraba ‘El Descendimiento’, del escultor Víctor de los Ríos; el paso más grande y pesado de la Semana Santa leonesa, con siete imágenes a tamaño natural y 2.850 kg., que portan 118 braceros por las calles de León. Allí, cumpliendo sus ochenta años de vida, se encontraba el paso, documentos, fotografías y objetos diversos, relativos a tan monumental obra.

Salas de arte de Semana Santa

Me sorprendió, no lo voy a negar, el conjunto artístico que encontré en las diversas salas. Alejandro e Iván –mis perfectos guías– lograron captar mi atención, incluso antes de pisar la primera de ellas. «Tal vez –me dijeron– te interese conocer el viejo estado de este claustro, la primera planta donde se ubicaban las aulas y la planta superior, el lugar donde habitaban los seminaristas. Mira». Y lo que vi en aquellas fotografías era el alma de unas interesantes actividades, propias de otras épocas en el interior de aquellos muros. Muros que, en la actualidad, continúan albergando testimonios relativos a la devoción cristiana y al arte sacro, ofrecido en este caso por las dieciséis cofradías que coexisten en la ciudad de León desde el año 1578; honor este último que se le ha de atribuir a la Cofradía de Nuestra Señora de Angustias y Soledad. Y las cofradías, no todas, han aportado su granito de arena con diversas tallas (no expuestas al culto) que, aquí, en este Museo, adquieren –al menos para mí– otra dimensión tan cercana que se las ha de valorar con ‘matrícula de honor’.

Creo que, indistintamente de que el espectador sea o no creyente, todos conocemos la historia de aquel hombre –Jesucristo– que, señalado con el beso de la traición, fue arrestado en el Huerto de los Olivos, sufrió los mil y un atropellos inhumanos antes de ser clavado en unos maderos y abandonado allí hasta que le llegó la hora de la muerte. Lo de la resurrección… (solo forma parte del guion de aquellos que sí creen en la divinidad, y aun así…). Quiero decir que, a través de las distintas salas de este Museo de Semana Santa, los espectadores se van a encontrar con unas excelentes muestras escultóricas que representan y conmemoran aquella ‘Pasión de Cristo’ de principio a fin.

coronación museo
Detalle de la coronación, obra de Higinio Vázquez García. | G.F. CASTAÑÓN

Un recorrido iconográfico de lujo, donde el arte se une con la estética, y los dos, acompañados por unos mínimos textos y un perfecto montaje e iluminación, no van a dejar a nadie indiferente. Melchor Gutiérrez Sanmartín; Fernando Bejarano, Ramsés Gutiérrez, Jaime Babío, Manuel López Bécker, Higinio Vázquez García (con la colaboración de un jovencísimo Tomás Bañuelos), Amancio González, Manuel Martín Nieto, Amado Fernández, Pablo Lanchares, José Antonio Navarro Arteaga, Juan Manuel Miñarro López, Víctor de los Ríos, Ángel Estrada o, entre otros, Vicente Marín Morte son los grandes protagonistas, los magníficos escultores cuyas obras, aquí representadas, forman parte de la Semana Santa leonesa. Una buena forma de fomentar la admiración artística y cultural en cualquier época del año.

Salas de arte sacro diocesano

Prometo en este apartado no extenderme demasiado. Y no lo haré porque ya lo hice cuando elaboré el artículo del Museo Catedralicio-Diocesano. Entiendo que esta sala, en concreto, es una continuidad de aquel otro. Aquí, en concreto, se exponen más de 200 piezas, todas, igualmente, dignas y bellas, aunque creo que es de justicia destacar una selección más que interesante del denominado «arte popular». Aquel que, por ejemplo, se podía encontrar en cualquier iglesia, como el ‘Limosnero’ procedente de La Puerta, en el que se puede leer lo siguiente: «Si deseas caminar / Al divino Consistorio / Aquí limosna has de dejar / Para ayuda de sacar / Ánimas del Purgatorio».

san.
Detalle de un lienzo… sorprendente, porque no es habitual que se le dé el protagonismo de ‘padre’ a San José, como es el caso. Este cuadro, del siglo XVII, fue donado a la Diócesis de León por las Agustinas Recoletas de León.

La larga sala, en cualquier caso, se divide en diez partes: las Virtudes, la infancia de Cristo, la pasión de Cristo, los apóstoles, los padres de la iglesia, la Eucaristía, los sacramentos, santoral cristiano, escatología y purgatorio y la Virgen María. Allí hay obras pictóricas, esculturas, cruces procesionales, libros, relicarios, piedras de altares medievales, un altar portátil, hacheros… Son joyas selectas, en cada uno de los apartados, esperando la visita de los espectadores; visita que yo aconsejo de forma especial.

Obra destacada

‘Exorcismo en la iglesia del Mercado’, óleo sobre lienzo de autor anónimo, siglo XVIII.

exorcismo iglesia mercado
‘Exorcismo en la iglesia del Mercado’, óleo sobre lienzo de autor anónimo, siglo XVIII. | G.F. CASTAÑÓN

Por la narrativa visual de un exorcismo; por su tratamiento; por formar parte de un hecho supuestamente real en nuestra ciudad, o por entender que la visión de este exvoto ha de suscitar un grandioso interés (como me ha ocurrido a mí), es por ello por lo que la he escogido como ‘Obra destacada’.

Un exorcismo, sí, con todos los ‘ingredientes’: el exorcizado, el exorcista y los testigos. Pero aún hay más piezas claves para entender la realización de dicho acto: la imagen de la Virgen del Mercado a la espalda (a quien se le dedica el exvoto), la estola del exorcista sobre el hombre del poseído, los utensilios con el agua bendita y los ungüentos (en el suelo) y el libro sagrado en las manos del asistente. Todo dispuesto y… conseguido. 

A mí me llamó la atención, y mucho, la expulsión del ser maligno a través de la boca del endemoniado. ¿Son lobos, tal vez, los que huyen y se disipan en el propio aliento? Mira. 

Hay que mirar, sí, y si se lee la base del cuadro todavía se aclara más aquel hecho: «El 5 de octubre de 1725, estando exorcizando en la parroquia de Nuestra Señora del Mercado La Antigua del Camino, don Manuel de Castro, con la asistencia de don Bartolomé Cabezas, Rector de dicha iglesia, y don Lucas de Moral, Presbítero, a Juan Antonio de Origa y Herrera quien se hallaba con maleficio y espíritus, 27 años había, declaro el Demonio en el día de su expulsión…». Sorprendente.

Archivado en
Lo más leído