Museos de la ciudad de León: Catedralicio-Diocesano

Quinto capítulo del serial de los museos de la ciudad de León, que cada jueves nos trae Gregorio Fernández Castañón a LNC Verano

Gregorio Fernández Castañón
31/07/2025
 Actualizado a 31/07/2025
| REPORTAJE GRÁFICO DE GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
| REPORTAJE GRÁFICO DE GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

El ruido de la calle, allí, desapareció por completo. Y fui feliz flotando por el interior de aquel mundo onírico que se sostenía a base de buscar los exquisitos vuelos de aquellos canteros de los siglos XIII al XVI. Eran (y son) columnas, bóvedas, terceletes, medallones y pinjantes encorsetados en maravillas y eran las arquivoltas, los pináculos y los capiteles los que florecían, a pesar del frío, durante los dos días que fui para ver. Y había esculturas y relieves apoyados en las sombras, también, incapaces de esconder el resplandor de las eternas almas bajo su rugosa piel. Por los muros de las paredes vi cómo los frescos (siglo XV) de Nicolás Francés, Carrancejas y Lorenzo de Ávila brindaban insinuaciones en el aire. Se respiraba tanta paz que, ante la ausencia de lluvia, me pareció que las gárgolas babeaban ilusionantes gotas de respeto hacia los sueños cumplidos de un lejano ayer. Admiración total. 

Estoy hablando del claustro de la Catedral más hermosa (la de León). Todo, allí, me resultó envuelto en papel de regalo para amar. Todo. Y, sorprendentemente, hasta en los silencios de los sepulcros más pomposos (el del canónigo Domingo Juan, el del deán Martín Fernández o el de Juan Martínez de Grajal), hallé exquisitas palpitaciones sonoras de conjuntos armónicos (en el caso de los dos primeros) o frases para meditar (en el del tercero): «Oh, tú, quienquiera que seas, que pasas y contemplas la mezquina superficie de este mármol, mira la vanagloria del mundo (…). El espíritu asciende a lo alto, mas los huesos quedan bajo la piedra»). ¡Uf…! 

Había otras tumbas más humildes, por supuesto. Por estar ancladas en la profundidad de la tierra, la paz de sus moradores no emitía al exterior nada más que las interpretaciones que se habían escrito sobre la superficie rectangular de las lápidas. Largas, anchas y gruesas piedras pulidas o desgastadas por el paso de las estaciones sobre ellas, desde las primaveras más luminosas hasta los inviernos más oscuros y fríos. Eran alfombras de vidas que debería respetar bajo mis pies.

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Aquellos días fui para volver a admirar el conjunto único, con más de mil piezas, que cobija la unión del Museo Catedralicio (a partir de 1981) y el Diocesano de León (desde 1948). Y lo primero que hice, como siempre, fue detenerme delante de aquella puerta de madera que, entreabierta –y no es ninguna metáfora–, invitaba a un rayo de sol a que, con su fuego, escribiera en el interior un poema de luz. 

Iván González –el perfecto guía, licenciado en Historia del Arte–, ante mi interés por los relieves existentes en aquellos artísticos tablones, me invitó a atravesar el patio para que, justo en el otro extremo, yo pudiera descubrir el hueco en el que, años atrás, se encontraba situada esta joya, con utilidad de apertura y cierre entre el interior de la Catedral y la sala Librería del Cabildo (hoy, popularmente, capilla de La Virgen del Camino). Acepté la invitación. Y porque lo hice, fui, vi y me interesaron sus sabias explicaciones: singular estancia, obra de Juan de Badajoz, padre e hijo, con vidrieras de Diego de Santillana y decoración escultórica, como la de aquel canónigo que, situado en la esquina del lateral izquierdo, aparece con una banderola en la que, traducida al castellano –¡atención!–, se puede leer lo siguiente: «Leer y no comprender», clara alusión –pienso yo– relacionada con la sabiduría y la ignorancia. 

Volvimos al punto de partida y fue entonces cuando en el tímpano, engordado con savia de un grueso nogal, una vez más admiré aquella Anunciación y sus arquerías góticas que Juan de Quirós, anterior al año 1513, hizo a golpe de mazo por encima de los escoplos, los formones o las gubias. Una belleza. Tras su admiración, ‘el Museo se abrió realmente para mí’ (y la puerta, a pesar de tener tanta edad, giró sin emitir chirrido alguno).

Un paso fue suficiente, solo uno, para comprobar, en aquel reducido espacio, la existencia de una maravilla arquitectónica, tan finamente decorada, que ‘me obligó a mantener la respiración’ –y no exagero– más de veinte minutos. Y es que, antes de pisar sus peldaños para subir ‘al cielo’, se trataba de abrir los ojos y el corazón para admirar aquella escalera plateresca, que nos dejó de legado uno de los más grandes alarifes y maestro mayor de obras de España: Juan de Badajoz el Mozo (entre 1495/1498-1552). El inicio, apoteósico, con aquellas columnas en las que descansan dos esculturas del mejor renacimiento (una de ellas con mensaje en su cartela: «El que se apoya en mentiras se alimenta de vientos»). La amplitud de su base y los sillares, con tan delicada ornamentación, de lejos me parecían las sugestivas cortinas de un palacio real, bordadas con hilos de plata y oro. Y no. Eran (y son) piedras cinceladas con un primor excelente, en las que el viejo emblema episcopal (mano alada con la espada y el león entre roleos vegetales) se repite y se expande entre otros motivos ornamentales: bucráneos, medallones o los famosos candelieris italianos, donde no pueden faltar las hojas de acanto. Pero aún hay más: la balaustrada y el pasamanos, los niños/angelotes desnudos (sujetando la cenefa en el arco/dintel de una puerta) o el escudo –arriba– de su promotor y mecenas, el obispo Pedro Manuel de Belmonte… Todo ello me pareció una vez más tan magnífico que el tiempo se detuvo en el reloj de mi muñeca, al parecer, de manera alarmante.

– ¿No continuamos? –me preguntó mi noble y fiel acompañante en vida, ante la sonrisa cómplice de Iván, el guía–. Como sigamos con tanta lentitud –añadió– nos van a dejar encerrados dentro del museo.

Y (casi) así fue. Por eso se entiende, ahora sí, por qué tuve que volver al día siguiente.


Obras destacadas

Me comprenderéis si os digo que, por su importancia e interés, de las más de mil piezas que se exponen en este museo (desde la prehistoria hasta el momento actual), setecientas –por poner una mínima cantidad– serían dignas de destacar. Y como no puede ser, saqué un as de la manga implicando a Iván –mi magnífico historiador– para que, en cada sala, fuera él quien me indicara su obra preferida, aunque (en todo caso) yo tendría –bien se entiende– la última palabra. Y aquí están las obras escogidas, enmarcadas en los espacios que me brindan estas páginas de La Nueva Crónica.


Llanto sobre Cristo muerto (siglo XV)

Nicodemo y Juan de Arimatea sujetan la sábana blanca fuertemente para presentar a los espectadores a Cristo muerto. Lo hacen, ya veis, de manera circular. Posición que el artista –pienso yo– empleó para conseguir que la cruz y las escaleras, al fondo, se integraran y cerraran el círculo escénico. Señales inequívocas de lo que ocurrió y será: la muerte de Cristo, clavado en los gruesos maderos, y el camino que ha de seguir su espíritu (la resurrección) hacia lo más alto; el cielo, que aquí no se ve, pero que se intuye porque así ‘lo indica’ claramente el ángulo de las escaleras, con esos peldaños que invitan –es un suponer– a… subir. Sorprendente. Y me sorprendió, también, la posición del resto de los personajes: la Virgen María (desmayada, con su rostro inclinado hacia el del Hijo muerto), Salomé y san Juan (asistiéndola) y, entre otros, María Magdalena, con el tarro de los ungüentos olorosos, preparados para ungir el cuerpo del finado.

Llanto sobre Cristo muerto (siglo XV).
Llanto sobre Cristo muerto (siglo XV).


Nuestra Señora del Foro y Oferta (siglos XII-XIII)

Nos encontramos ante dos esculturas en piedra, con restos de policromía azul y roja. La de la Virgen de Regla y el Niño Salvador, a la izquierda –situada en un tramo superior–, y la del monje, a la derecha. Este, en representación del cabildo, ofrece al Niño una pequeña maqueta de la propia catedral románica leonesa o –según otra versión– el Niño recibe de uno de los monjes de San Isidoro una porción de manteca y miel (en el interior de ese bello y pétreo edículo) como testimonio del sometimiento hacia los monjes de Santa María de Regla, patrona de la diócesis catedralicia.


Caballero saludando a una dama (siglo XIII)

Grupo escultórico realizado en piedra. Y, como es obvio, nunca sabremos si el caballero se despide de la dama antes de partir a la batalla o si la saluda efusivamente tras llegar, triunfante, de ella. Yo me inclinó más por lo segundo. Quiero entender que lo que vemos es un claro ejemplo de adventus aúlico (entrada triunfal de un cortesano en la antigua Roma). Y así lo pienso por ese (basto) detalle que no ha de dejar en el aire la mirada del espectador: la presencia de uno de los enemigos a los pies del caballo. Tengo que destacar, asimismo, los elegantes ropajes de la dama y del caballero –de finas telas, a juzgar por los pliegues y transparencias–, y no he de olvidarme –eso tampoco– de nombrar otros importantes detalles: las conchas santiaguesas y la media luna que cuelgan de los arneses del equino. Símbolos muy relacionados –ahí lo dejo– con el apóstol Santiago, un santo guerrero, o también, tal vez, con la derrota del islam frente a la iglesia.


Sagrario

Un sagrario, sí, pero es algo más, mucho más. Y me llamó la atención por un motivo muy especial: porque antes de estar instalado en Cuénabres y en Pedrosa del Rey, estuvo en la capilla propiedad de los Villapérez (leer el artículo que hice sobre el Museo de Vela Zanetti). Realizado en madera de nogal (siglo XVI), posee una base poligonal y cinco tableros en relieve, tallados, sin ninguna duda, por uno de los seguidores de Juan de Juni. Profusamente policromados, vemos en ellos cinco pasajes de la última etapa de Jesús en la tierra, con sus cartelas correspondientes que lo aclaran todo: el lavatorio («¿Lavarme tú los pies a mí?”»); la oración del huerto («Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz»); la crucifixión, con la Virgen y san Juan –puerta propia del sagrario– («Mujer, ahí tienes a tu hijo»); el camino del calvario («Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí»), y el llanto sobre el Cristo muerto («Contempladme traspasada por tanto dolor»). Hay que ver y valorar este sagrario para definirlo como se merece: «pieza realmente singular».


La adoración de los magos

Una obra de Pedro de Campaña, realizada entre los años 1553 y 1562, con una composición ‘a-lu-ci-nan-te’, ya que todas las miradas se dirigen a los dos protagonistas: la Virgen y el Niño. Los dos más iluminados, aunque… Mirad y trazad una línea convexa, partiendo de la mano en el pecho de Melchor (‘el rey del oro’). Es allí donde nace la luz y se extiende por los pliegues de la tela de la Virgen hasta… iluminar, intensamente, el cuerpo del pequeño y el rostro de la Inmaculada. San José y Baltasar, en un segundo plano menos iluminado, cierran la composición, obligando a volver a empezar. ‘A-lu-ci-nan-te’, insisto. En mi modesta opinión, estamos ante una de las piezas artísticas más sublimes de este museo.

La adoración de los magos.
La adoración de los magos.


Sala del románico

Al entrar en la Sala del Románico te encuentras con este conjunto artístico: Cristo yacente delante de la Virgen y san Juan. Tallas en madera y policromadas (siglo XV), procedentes de la antigua iglesia de Renueva. Siendo espectaculares, me detendré en destacar otros detalles –curiosidades, en mi opinión– que yo vi en las esculturas que se encuentran a ambos lados. Comienzo.

A la derecha, son más de cincuenta las imágenes expuestas de la Madre de Dios. Vírgenes románicas sedentes, la mayoría de ellas mutiladas o pasto de la carcoma y del olvido (recuperadas de húmedos trasteros o desvanes, incluso de detrás de determinadas paredes o enterradas bajo tierra). Da igual. A lo que me refiero es a la evolución estética de ser presentadas a los ojos de los fieles, con alguna excepción, claro está. A finales del siglo XII y principios del XIII, los artistas representaban al Niño sentado en el centro de las rodillas de su Madre. Con el avance del propio siglo XIII, los nuevos imagineros ‘sentaron’ al Hijo de Dios en la rodilla izquierda, y su mirada continúa siendo al frente. La evolución final hace que al Niño Jesús, más adulto, se le represente girado, sonriente, activo, jugando con su Madre o incluso de pie encima de su rodilla.

A los crucificados, expuestos en la parte izquierda de la imagen que os presento en esta entrada, les ocurre algo similar: aunque hay excepciones, los más antiguos aparecen sujetos a la cruz con cuatro clavos, uno por cada mano y pie. Y con el avance de los tiempos, son tres los clavos que sujetan el cuerpo de Cristo, realizado con una musculatura, eso también, más definida y con el sistema óseo más marcado.


Curiosidades

Salas de los tejidos

Son tres las salas que el cabildo catedralicio dedica a la sección de tejidos y ornamentos. Y lo hace especialmente para destacar la figura del sacerdote Saturnino Escudero. Un gran estudioso, imprescindible, de todo aquello relacionado con esta modalidad artística. Y así podemos ver y admirar ornamentos litúrgicos de todo tipo: casullas, estolas, manípulos, cíngulos, mitras, capas, cubrecálices, frontales de altar y un largo etcétera. Como muestra, os presento este lujoso detalle de una casulla realizada por el propio Saturnino y su equipo en los talleres catalanes del obrador Subirachs (siglo XIX). Se trata de San Pablo, con la espada y leyendo un libro. Uno de los cinco medallones que componen una casulla, de terciopelo rojo y recortado. Una exquisitez en… tela.

Permitidme, por último, que, antes de salir de una de estas salas, os presente a un auténtico ESPANTADIABLOS.

Donado por José María Muñiz (Pepe Muñiz) es único entre todas las catedrales de España y, al parecer, en plena competencia con el existente en la catedral de Milán. Lujosamente vestido, este ‘monstruo’ capaz de asustar al propio diablo, apenas mide 40 cm y su cuerpo (articulado) es de madera del siglo XVII. La verdad es que su rostro te impacta por su fealdad y el terror se apodera de tu cuerpo si miras fijamente su boca entreabierta y desdentada y sus ojos. Ojos saltones, que parecen llamas surgiendo desde el abismo, con un agravante añadido: uno de ellos tiene una especie de catarata, que realmente causa escalofríos. Herramienta en manos de los exorcistas («aléjate, Satanás»), tenía otra función, especialmente en los conventos femeninos: mitigar el deseo sexual. Y lo conseguía, seguro, ya que me imagino esta marioneta diabólica en manos del confesor o de la abadesa, agitándola violentamente y acompañándola con gritos y frases anunciando las consecuencias terroríficas de pertenecer al gremio del pecado… sexual. Una forma de meter miedo. Una ‘máquina de castrar’. Una atrocidad. Un espantadiablos.

Espantadiablos de la Sala de los tejidos.
Espantadiablos de la Sala de los tejidos.

Termino. Y lo hago dejando en mi océano de tinta demasiadas barcas que no pueden llegar a puerto. No hay espacio para tanto ‘amarre’, y lo siento. Lo que sí haré será lanzar al agua una de esas botellas con mensaje, capaz de llegar únicamente a las manos de un pescador de sueños: para admirar el contenido de este Museo Catedralicio-Diocesano, de León, hay que acudir con calma. Son varias las salas que se abren a tu paso: la de piedra, la del tesoro, la de los marfiles, el torreón, la de la orfebrería, la de la muralla, del románico, del barroco, la de los tejidos… Y son cientos los elementos a admirar: cuadros, esculturas, telas, objetos de culto, confesionarios, tarros de farmacia (del Hospital San Antonio Abad desaparecido), órganos, arquetas, libros (como la ‘Biblia Mozárabe’, del año 920; el ‘Antifonario Mozárabe’, siglos XI-XII, o el ‘Testamento de los Reyes de León’, conocido como ‘El Libro de las Estampas’), cantorales y un largo etcétera. Allí se encuentran también una sección de arqueología y una de pintura del siglo XX; cuadros donados por determinados artistas, entre los que destaco, siguiendo un criterio muy personal y sin desmerecer las obras del resto, a los siguientes: Enrique Estrada, J. Antonio Santos Pastrana, Nadir M. García, Vela Zanetti y Alberto Carpo. 

La visita –en mi caso– la finalicé en una pequeña, pequeñísima sala dedicada a las vidrieras. Y allí hay varias piezas destacables, aunque yo me quedo con dos: ‘Cabeza del profeta Jeremías’ (el panel de una auténtica vidriera, siglos XIII-XIV –al alcance de tus manos y hasta de tu nariz–, que al parecer perteneció a un conjunto de la serie alta de la catedral; una maravilla) y ‘Mufla’ (un horno de arcilla refractaria, del siglo XIX). Horno que fue utilizado por los maestros vidrieros durante la restauración de las vidrieras catedralicias. Un objeto con un gran valor simbólico, al menos para mí.

Pescador, que navegas por las aguas de la vida y que te interesa el arte y la cultura, no te olvides de arribar a este Museo Catedralicio-Diocesano, de León. Si acudes, sentirás que el ruido de la calle, allí, desaparece por completo. Y tu tiempo de admiración comienza, incluso, antes de traspasar su gruesa puerta que realizó Juan de Quirós, en el siglo XVI.

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