Cincuenta años, de la década de los 70 a la actualidad, puede ser todo un mundo en muchos aspectos, también en los vinculados a la religiosidad de los pueblos. Nada que ver en general, se podría decir... sin embargo, hay en las tradiciones imágenes que traspasan los tiempos, que no envejecen, aunque algunos detalles —como el vestuario— nos dejen claro que sí ha pasado el tiempo.
Una de ellas es la que hoy llega a este rincón de los lunes y Fernando Rubio: La Virgen de Castrotierra. Dice, recuerda, quien la fotografió en los setenta: «En el paisaje leonés, pocas imágenes son tan potentes como la silueta del santuario de la Virgen de Castrotierra recortada en el horizonte de la Valduerna. Para las gentes de las vegas del Órbigo, el Tuerto o el Duerna, la ‘Señora de la Lluvia’ es mucho más que una talla gótica; es la dueña de los tiempos, la que moviliza a miles de personas bajo el vuelo de los inmensos pendones de damasco».
Aunque es cierto que este año lo de señora de la lluvia no tiene buena prensa.
No me resisto antes de seguir, en esta reflexión inicial sobre la vigencia de los ritos, a recuperar los ‘Ramos u ofertorios’ que se cantaban en años convulsos, como 1939 y 1945: «Postradas todas de hinojos / con fervor y fe sincera, / Te suplicamos, señora / que se termine la guerra».
Nada que explicar.

Volvemos a la Virgen de Castrotierra, a los años 70, a la larga historia en la que, como siempre, Rubio hurga, rebusca... y llega a uno de los grandes temas: el simbolismo de la manzana, presente en la imagen: «Observando de cerca la talla sedente (siglos XIII-XIV), destaca un detalle iconográfico cargado de intención: la manzana que la Virgen sostiene en su mano derecha. Lejos de ser un simple adorno, representa la ‘Manzana del Paraíso’. En la teología cristiana, María es la ‘Nueva Eva’; si la primera Eva introdujo el pecado al tomar el fruto prohibido, María sostiene esa misma manzana como símbolo de redención. Es la victoria sobre el pecado original y la muerte. Al sostener el fruto, la Virgen de Castrotierra, muestra que el pecado debe ‘doblar las rodillas’ ante ella, transformando un símbolo de caída en un emblema de salvación. Esta profundidad teológica es la que ha alimentado durante siglos la fe de los ‘ofrecidos’ que suben al altozano para pedir el milagro del agua».
Dicho queda. Esta generación criada en otra cultura, eso sí ha cambiado, es una caja de sorpresas, y Fernando Rubio más. Su experiencia nos lleva a su década, al año 77, y el hecho extraordinario que aquel año ocurrió. «La historia oficial documenta con precisión las 27 ocasiones en las que la Virgen visitó Astorga durante el siglo XX. Pero si uno busca en esas cronologías el año 1977, encontrará un silencio inesperado. Fue en mayo de ese año, concretamente el día 19 (jueves de la Ascensión), cuando fui testigo de un hecho excepcional: la Virgen no tomó el camino de la capital asturicense. Su destino fue La Bañeza».
Y, bendito archivo, lo documenta con las fotos que demuestran aquella celebración que El Diario de León titulaba ‘Memorable jornada de fervor mariano’.
Fue algo extraordinario pues, aunque existen legajos que mencionan visitas a La Bañeza en el siglo XVII, «para los miles de romeros que aquel día de 1977 acompañaron la imagen, aquella fue ‘la primera vez’ en la memoria contemporánea. La romería se inició a las 4 y media de la tarde con una misa en la ermita. A continuación, miles de romeros acompañaron a la virgen en un recorrido de varios kilómetros, con las cruces y los espectaculares pendones de varios metros de altura, que aportan las diferentes parroquias, y pusieron una nota de color en un día desapacible».

La imagen permaneció en La Bañeza hasta el domingo por la tarde cuando emprendió el regreso a su santuario. «Fue un hito de hermandad regional que quedó grabado en mi retina y en mi carrete, pero que curiosamente no suele aparecer en los listados académicos oficiales», recuerda Fernando Rubio, quien a su excelente memoria y afán investigador suma un impagable archivo en cuya documentación trabaja desde 2020. «Es una auténtica labor de arqueología periodística. No basta con escanear el negativo; la verdadera tarea reside en el cotejo.
Cada imagen es catalogada y etiquetada partiendo de mis notas de campo, pero para alcanzar la máxima exactitud, estoy culminando un cruce sistemático de datos con las hemerotecas».
Un trabajo de chinos, con perdón, que Fernando nos regala cada lunes y, como dicen los modernos, en sus RRSS.
