Estés donde estés, te escondas donde te escondas estos días, tendrás que escuchar hablar de José Luis Rodríguez Zapatero, Zapatero, ZP, Bambi... un leonés que llegó a presidente del Gobierno.
Si es leonés tiene un pasado en esta tierra y si ese pasado toca los años setenta e, incluso, anteriores dará cuenta de él nuestro fotoperiodista Fernando Rubio que, además de un archivo impresionante, siempre ha tenido curiosidad por saber, por el conocimiento. Él nos puede llevar a aquellos famosos tiempos del ya famoso Papes e, incluso, antes, al joven José Luis, a la forja de un líder. La valoración que te merezca ese líder ya es harina de otro costal.
Y también con este ilustre guarda ‘sorpresa’ Fernando, vinculado a la playa de los leoneses, Gijón. «Alrededor de la mesa en Gijón se sentaba la amistad de dos familias leonesas que, además, compartían comunidad en el mismo edificio de la primera línea de playa. Mi padre, Justo Rubio, mantenía con Juan Rodríguez Lozano una relación de confianza que iba mucho más allá de lo profesional, mientras que mi madre, Margarita, y Purificación, la esposa de Juan, sostenían una sintonía en León que se afianzaba durante el verano en Gijón. Era la rutina de una época: las madres y los hijos pequeños pasaban los meses frente al mar, mientras que los hombres solíamos volver al trabajo en León tras pasar el fin de semana con la familia».
Y uno de los hijos de Juan y Purificación era el joven José Luis... el aludido que, como dicen los taurinos, apuntaba maneras; etapas que cuenta Rubio. «En agosto de 1976, con apenas 16 años y los partidos aún en la clandestinidad, el joven José Luis descubrió, en un mitin en Gijón, a Felipe González. Allí se le encendió la mecha de la vocación. El gran vuelco del país: la llegada de la Constitución de 1978 trajo consigo la rebaja de la mayoría de edad de los veintiuno a los dieciocho años; por eso, cuando lo encuadré con mi cámara en la manifestación del Primero de Mayo de 1979, la escena contenía una carga eléctrica que iba mucho más allá de la mera crónica oficial».

Tampoco eran unas fechas cualquiera para Fernando Rubio, que estaba, de alguna manera, en primera linea. «Para mí, aquella jornada supuso un verdadero tour de force. No era un observador aséptico; documentaba la marcha como reportero gráfico mientras me manifestaba codo con codo con mis compañeros del Diario de León que estábamos en lucha sindical, en plena huelga por la negociación del convenio colectivo y, como miembro del comité de empresa, compaginar la cobertura informativa con la responsabilidad sindical requería un equilibrio constante para una batalla larga que, a comienzos de 1980, forzaría mi salida definitiva del periódico». Una salida que ya hemos contado en este rincón de los lunes y fue el final de la etapa leonesa de Fernando.
- En medio de aquel asfalto caliente, de consignas compartidas capté con mi cámara a José Luis. Él estrenaba el mundo; yo defendía el mío.
Era el mismo de la playa de Gijón y, a su vez, ya no era el mismo. «Zapatero, que acababa de cumplir la mayoría de edad constitucional, se había afiliado al PSOE y a las Juventudes Socialistas —de las que pronto sería secretario en León— y marchaba con la frescura del militante de base que da sus primeros pasos en la política de calle. En mis imágenes de las asambleas del partido, se percibe esa dualidad de la época: la timidez del recién llegado y la firmeza del idealismo. En otra imagen, también en 1979, una casualidad casi profética lo sitúa en segundo plano, justo detrás de la mítica figura de Felipe González; el mismo líder que le había fascinado en Asturias tres años antes ahora compartía encuadre con él, recortado en el fondo, esperando su momento que le llegaría 25 años después».
Este viaje fotográfico desde el archivo de Fernando por aquella juventud idealista termina en la primavera de 1983, «durante un acto electoral del PSOE para las primeras elecciones autonómicas. Pero en esa última imagen el juego de espejos cambia. En el encuadre ya no solo está el político en ciernes; estoy yo mismo a través del rastro de mi oficio: un trípode firme y una pesada cámara de vídeo registrando el sonido y la furia de los nuevos tiempos. «Ya no es la era de la fotografía química, sino la del magnetoscopio y la videograbación». Seguía José Luis en un discreto segundo plano, pero al finalizar aquella campaña daría el salto a Madrid, comenzaba otra etapa para todos. «La imagen es el broche perfecto, Zapatero dejando atrás el anonimato de mis archivos para pasar a formar parte, ya sin intermediarios, de la historia con mayúsculas. Cuando yo apagué la cámara, su historia no había hecho más que empezar».

Veintiún años más allá de aquel mitin de 1983, de cara a las elecciones de 2004, Juan Campmany y la agencia publicitaria Tandem diseñarían la famosa marca ‘ZP’ para su campaña hacia la Moncloa.
«Pero en mis viejas cintas de vídeo y en mis negativos de los setenta, lejos de los laboratorios de marketing y de la primera línea del poder, solo quedará para siempre la imagen de aquel joven e inocente José Luis Rodríguez Zapatero», aquel chaval que compartía mesa con la familia de Fernando cuando un tal Felipe González dio un mitin en Gijón.
