Rubio, queremos dar las gracias a todos los que nos ayudaron, que si no es por ellos... ¿Cuánto vale eso?". Lo pregunta Lola, de Castro del Condado, y trae un escrito, con letra aún temblorosa porque no se le ha ido el susto del cuerpo, que empieza a así: "Somos Fernando y Alejandro, los de la nave de Castro, y queremos dar las gracias a todos los que nos ayudaron a salvarla, y también a todos los animales, del pavoroso incendio que asoló nuestro pueblo el pasado miércoles 29 de julio".
Las llamas que empezaron el alto de Represa, por motivos que aún se investigan, acabaron destruyendo 1.531 hectáreas de monte y tres casas en esta pedanía del Ayuntamiento de Vegas del Condado. Lola es la madre de los dos ganaderos de la localidad, los hermanos Fernando y Alejandro de la Puente, que tuvieron que luchar contra el fuego para evitar que las llamas devorasen el que es su medio de vida y que ahora quieren mostrar su agradecimiento a quienes les ayudaron.
En medio de una tragedia tan grave como ésta, hay también muchos gestos, la mayoría anónimos, cargados de solidaridad y de buenas intenciones. El humo se disipa y se olvida: el agradecimiento, no. "Quisiéramos darle a cada uno las gracias personalmente, pero a muchos de ellos no les vemos o no les conocemos, y queremos hacerles llegar nuestro agradecimiento infinito por toda la colaboración que nos prestaron. Gracias y mil veces gracias", continúa Lola. Lo sabe bien ella y no sólo porque la ayuda de los vecinos de muchos pueblos cercanos y no tan cercanos que se presentaron en Castro dispuestos a ayudar evitó que se quemara la cuadra de sus hijos, sino también su propia vivienda. "Estaba completamente rodeada por las llamas y si no es por la gente que vino, ahora no tengo casa". Salió de allí cuando fue evacuada por la Guardia Civil y cogió todo lo que pudo, lo que consideraba más imprescindible: documentación, la medicación de la diabetes y un álbum de fotos antiguas que, pasase lo que pasase, no podía consentir que desapareciese. "Voy mejor pero, cada vez que me acuerdo, me vuelven los nervios. Pasé toda la tarde temblando, ya no sólo por la casa y por el monte, por mi pueblo a fin de cuentas, sino porque no le pasara nada a nadie, que era mi principal temor, porque muchos se la jugaron por ayudarnos. Yo no hacía más que mirar al cielo y decir: Ayúdales, Josemari", en referencia a su marido, que falleció el pasado mes de marzo.

El agradecimiento cierra un círculo necesario, porque muchos de los voluntarios que acudieron a Castro el pasado 29 de julio, y que prefieren mantenerse en el anonimato, confiesan la rabia que les produce ahora leer en algunas redes sociales que sólo fueron allí a hacerse fotos. "Aparecieron muchos ángeles de la guarda", dice Lola en el escrito que ha hecho con sus hijos. Algunos de ellos se presentaron en Castro desde Quintana de Rueda o Valdehalcón, sin conocer a nadie, sin haber estado nunca, con su tractor preparado para situaciones así, una cuba llena de agua, herramientas varias y hasta un dron con el que terminaron informado a los miembros del operativo.
Como es lógico y más en situaciones así, hay todo tipo de opiniones sobre si se podía haber hecho más o menos, si fue un error echar a la gente del pueblo cuando aún no había llegado los bomberos que debían proteger las casas. La descoordinación del operativo resulta evidente ya que a algunos de ellos los habían mandado ir primero a la cercana urbanización de Montesol, que fue también desalojada pero en la que finalmente no entró el fuego, y la consecuencia es que llegaron tarde a Castro. Lola no quiere buscar culpables y sigue con su agradecimiento: "No podemos olvidar al alcalde de Vegas, que estaba pendiente de la situación, llamando en varias ocasiones al pedáneo del pueblo para saber cómo iba la cosa. Y a Carmen, la farmacéutica, que decidió abrir durante toda la noche para dispensar medicamentos a quien los necesitara. Y al párroco, don Guillermo, que por mediación del obispo pusieron a disposición la casa que tiene el episcopado en La Cándana para quien pudiera necesitarla. Y a Mariajo, la chica de Vegas que es veterinaria y que se presentó aquí con medicamentos para las vacas que estuvieron a punto de quemarse".
La lista podría ser infinita y, al mismo tiempo, inevitablemente injusta, porque siempre se olvidaría de alguien. Ahora el pueblo, negro por sus cuatro costados, trata de recomponerse y volver a la normalidad, gestionando el siempre complicado después de un incendio, cuando los medios de comunicación dejan de darles protagonismo y las autoridades se centran en otros debates, pero el agradecimiento de Castro a los voluntarios no se olvidará nunca.
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