david-rubio-webb.jpg

El dragón del monte

Periodista
09/08/2026
 Actualizado a 09/08/2026
Guardar

Llegábamos al alto del puerto desfondados, tratando de recuperar el aliento, sin poder disfrutar del paisaje que nos rodeaba, sorteando vacas, yeguas y mastines, cuando nos sobrevoló un buitre que pasó a pocos metros de nuestras cabezas. Siguiendo su trayectoria descubrimos la inmensidad de Babia, casi desde su techo, que habíamos dejado a nuestras espaldas. Sentimos envidia de esas alas, tan elegantes en un cuerpo tan repulsivo. Tras la siguiente curva, en una ladera, veinte o treinta buitres avanzaban a saltitos y echaron a volar en bandada al sentir que nos acercábamos. En una cuneta, el esqueleto rebañado de un ternero y un montón de plumas indicaban el lugar de su festín. Surgen esas conversaciones que sólo pueden surgir en el monte. «Nunca olvidaré el sonido que hacen los buitres al desgarrar los cuerpos con el pico. Se te mete dentro», me decía mi primo Miguel. En lo alto del puerto cojo cobertura y bato mi propio récord: 512 Whatsapp sin abrir. 

El fuego está entrando en Castro del Condado, al otro lado de la provincia, el sitio de mi recreo, el pueblo del que me gustaría ser. Mi hermano me cuenta que allí también estremece el sonido de la naturaleza al quebrarse. «¡Qué furia! ¡Qué ruido! Impresiona más que el calor. Lo quema todo como con rabia. Coge un pino enorme y no le dura ni diez segundos, lo devora de tal manera que parece una cerilla, parece que lo absorbiera. Ruge como un dragón». Estoy a un centenar de kilómetros pero lo puedo imaginar con tal nitidez que no me pregunto por qué mi hermano sabe cómo ruge un dragón.

El dragón del monte es ahora el nuevo enemigo. Construye su propia leyenda engullendo bosques y pueblos, convirtiéndolos en carbón, y dejando para siempre en la memoria de quienes lo escuchan el sonido de su aliento. La Vieja del Monte ya no asusta a nadie, de tanto como se ha exprimido su mito, de tantas croquetas que se han hecho para aprovechar los mismos ingredientes. Ahora el enemigo es el dragón. En Castro se comió el otro día tres casas, que ahora son como muñones en plena plaza, y ha dejado el pueblo negro por los cuatro costados. Vamos a tener que reescribir el cuento.

El problema es que, una vez más, ya lo estaban empezando a escribir desde Madrid.Podría arrancar así: «Érase una vez, donde siempre...». Han descubierto que allí también tienen dragones y, como todo lo demás, más grandes. Pero las llamas, por alto que escalen, duran poco y el humo enseguida se disipa. No hacen la misma huella en el recuerdo que el rugido del dragón. Allí los grandes medios de comunicación descubrieron lo que es un incendio forestal y empezaron a trazar metáforas irritantes, como cada vez que les nieva, a apuntarse récords que sólo venían a demostrar, por enésima vez, la ignorancia de quien cree que el mundo entero cabe dentro de la M-30 o que el mejor horizonte se ve desde un ático de Chamberí. Pero la actualidad está llena de pirómanos, así que se quema a sí misma sin la necesidad de que haya incendios: juicio tapa indulto, incendio tapa juicio, ático tapa incendio y Ceuta tapa todo lo demás. 

Ahora, en el monte de Castro, ya todo es negro y silencio. Allí he hecho el cafre más que en ninguna otra parte del mundo. A veces iba para perderme y a veces para encontrarme. Ya no existe. Se ven más horizontes que nunca. No hay hojas para que las mueva el viento. No hay pájaros ni fuentes y las huras suenan a hueco. El silencio que deja un incendio también se te mete en la cabeza para siempre. Es el sonido de la naturaleza después de quebrarse. Como yo, muchos más sentían ese monte y ese pueblo como suyos. Al ver las llamas, fueron sin dudarlo a enfrentarse al dragón, con más voluntad que organización, con más ganas que medios. Les echaron cuando el dragón empezaba a ensañarse con las casas y aún se preguntan dónde estaban los bomberos en ese momento, cuando el dragón debería haber cambiado de guardianes. La rabia también se propaga con la velocidad de las llamas, también es provocada, habrá que ver si intencionada, y tampoco se olvida. 

El cuento acababa cuando moría el dragón, la última pantalla de los videojuegos, pero ahora, cuando el dragón enfurece, parece que sólo se puede esperar a que se sacie. Hay que reescribir el cuento y nos sobran los villanos. No podemos dejar que la rutina se apodere de nuestra tragedia. No olvidamos. No dejaremos que se olviden. Aquí todavía hay pueblos dispuestos a plantarle cara al monstruo.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído