Cada mañana, en esta época casi al amanecer, me juego la vida atravesando el Barrio Húmedo. Al principio iba pensando en lo que había ido cambiando mi vida con el paso del tiempo, algo que se puede apreciar de forma cristalina en esas «ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador» que cantaba Sabina cuando tenía voz. Mi madre se preocupaba por lo que me pudiera pasar allí por las noches, pero ahora sé que es mucho más peligroso lo que ocurre por las mañanas. Como no quedan ya prácticamente comercios, a esas horas las estrechas calles están tomadas por las furgonetas de los repartidores, que viven por definición con prisas y además tienen poco tiempo de autorización para acceder a las calles del casco histórico. A ellos hay que agradecerles que el resto del día, en el resto de la ciudad, su afán por recortar segundos a cada semáforo, su forma despiadada de apoyar en las rotondas, contribuye de alguna manera a deshacer los trombos que constantemente generan nuestros numerosos conductores indecisos, pero también habría que pedirles que, si lo han perdido por la suya, al menos tengan un poco más de aprecio por la vida de los demás. Sobre todo, con la temida marcha atrás, por las noches causante de algunos embarazos inesperados y por las mañanas de muchas muertes accidentales. No deja de ser todo un atropello, a fin de cuentas.
El espectáculo se repite por muchas calles del centro de mi ciudad en las que tantas descargas de bebidas espirituosas te llevan a hacerte la misma pregunta que se repetía mi tía Solange cada vez que veía cómo se las gastaba el personal que venía a las fiestas del pueblo: «Esta gente, ¿tendrá sed toda la noche». Le costaba entender que en el mundo de ahora se bebe sin sed, se come sin hambre y se fastidia sin necesidad. El tetris de furgonetas, carretillos y barriles tiene sus particularidades: junto a los vehículos de reparto se suele ver siempre algún coche de muy alta gama y, a su lado, un hostelero malencarado que ha tenido que madrugar más de lo que en él es habitual. A esas horas todos parecen el de La Bicha. La escena me recuerda cada mañana a la que se podía contemplar junto a las obras en los ochenta, los noventa y los primeros años de este siglo: en el descampado a urbanizar, un Audi o un Mercedes descomunal marcaba la distancias con los Seat, Opel, Ford y Renault de los obreros. No hacía falta que los dueños se mirasen por encima del hombro porque ya lo hacían sus coches.
La burbuja nos estalló entre las manos, en unos sitios más que en otros y en mi ciudad donde más, pero la cultura del pelotazo se quedó. No descarto que le acaben dedicando una cofradía. Los riesgos vienen siendo los mismos: antes los problemas llegaban cuando el albañil se ponía a hacer las cuentas del promotor y le parecía todo muy fácil y ahora cuando el camarero se pone a hacer las cuentas del jefe y siempre le cuadran. Los piratas que entonces llegaban al sector de la construcción dispuestos a hacerse ricos sin esperar a las diez de últimas parece que ahora han desembarcado en la hostelería, a la que se han encomendado, sobre todo en el centro, las calles, las plazas (por supuesto también los aparcamientos que ganaron durante la pandemia y nunca van a devolver) y en general nuestra economía, con la misma obscenidad con que la propia hostelería se ha encomendado al turismo. Los precios se han hinchado tanto que, cuando estalla una guerra o se dispara la inflación, la mayoría ya no tiene margen para subirlos más, porque ya pasarían a coger directamente el dinero cuando nos sale del cajero. Y el servicio, sobra decirlo, no mantiene una relación directamente proporcional con los precios: o no atienden en la terraza, o no damos café, o vamos a cerrar ya o tienes que llevar el menú decidido de casa. Sí, hay excepciones, claro, pero cuesta encontrarlas y tampoco las voy a contar aquí.
Por eso sorprende tanto escuchar a nuestros hosteleros hacer un balance «decepcionante» de la pasada Navidad. Sí, hubo cenas, pero pocas. Sí, se tomaron copas, pero pocas. De que en las tapas seguimos padeciendo la dictadura de la patata nadie dice nada. Les faltó decir que sí, que nos tocó el Gordo de la Lotería, pero también poco. Por si todo esto no fuera suficiente, anuncian otro apocalipsis para las próximas semanas, porque según ellos no hay fiestas hasta Semana Santa. Será que tienen pensado cerrar en carnaval o que las antaño sedientas aficiones del Sporting de Gijón y el Deportivo de La Coruña, que nos visitarán en breve, ahora beben agua con gas y comen brotes de soja. El lamento hostelero llega, incluso, a señalar lo que al sector le perjudica que se haga de noche tan pronto en esta época del año, qué cosas, argumento que ya empieza a competir con el mismísimo Fernando Alonso, nuestro gran plusmarquista en excusas, al que nunca le viene bien ni el momento en que empieza a llover ni el momento en que para. Me pareció verle el otro día al volante de una furgoneta de reparto de bebidas espirituosas, aunque lo suyo sea más bien reparto de culpas. Tampoco le vi demasiado bien porque, cuando puso la marcha atrás, salí corriendo.