«Una inspectora ha de ser una maestra de maestras».
(Faustina Álvarez García, inspectora de 1ª enseñanza).
Como hemos podido comprobar en los dos anteriores artículos de esta serie, las conexiones que Faustina Álvarez, adelantada de la educación en su momento, tuvo con las ideas de la ILE y la Fundación Sierra Pambley, no fueron pocas. Y si no lo fueron en cuanto a ideas educativas y a metodología seguramente tampoco lo fueron en cuanto a su relación con algunas de las personas que en la institución leonesa ejercían también su labor. Con aulas de ampliación de estudios para las jóvenes, y algunas otras destinadas a aspectos más profesionales, en diferentes puntos de la provincia, siguiendo el rastro de las que en el primer cuarto de siglo acudieron a Madrid para completar sus estudios (muchos de ellos superiores), alojadas en la Residencia de Señoritas de María de Maeztu, institución claramente marcada por el espíritu de la ILE, encontramos un buen número de leonesas y, entre ellas, muchas relacionadas con las zonas de la montaña, donde la presencia de Sierra Pambley y su influencia era especialmente marcada. Y es que sabemos que esta también estuvo orientada a animar a muchos padres a dejar que sus hijas continuasen estudios fuera de la provincia.
Entre aquel plantel de jóvenes estuvieron también Teresa y Matutina, las dos hijas mayores de Faustina Álvarez. La primera, ya maestra elemental, se trasladaría a la capital para ampliar sus estudios en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, título este que le resultaría imprescindible para acceder posteriormente al cuerpo de Inspectores de Ed. Primaria, siguiendo los pasos de su propia madre. Parece que su estancia coincidiría con el destino de esta en tierras leonesas para ejercer esa inspección educativa con la que cerró su etapa profesional. También en la misma época, se trasladaría a Madrid la segunda hija de Faustina, Matutina, en este caso para realizar –de forma brillantísima- la licenciatura de Medicina, con especialidad en Pediatría. Y también Alejandro, coincidiría en aquella época en la capital española. Hasta que punto pudieron escoger esta residencia por influencia de la relación de su madre con los miembros de Sierra Pambley, no podemos saberlo, pero la realidad está ahí. Además, hay una confluencia más concreta entre figuras que unían a Faustina con Sierra Pambley y esa no es otra que la persona de Herminio Almendros Ibáñez y a de su esposa María Cuyás Ponsa, ambos maestros en la sede de Villablino de la Fundación, entre 1926 a 1928. No podemos concretar datos específicos sobre dicha relación, pero sí sabemos que Herminio y Alejandro se conocerían durante su etapa de formación en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, de Madrid, momento a partir del cual forjaron una profunda y duradera amistad, convirtiéndose en «amigos para toda la vida». Según el relato del propio Herminio, Alejandro y él se conocerán recién llegados a Madrid, en 1922, y a partir de ahí la amistad se fue forjando en torno a momentos de lectura, frecuentes visitas al Ateneo de la capital y a las actividades que se organizaban en la Residencia de Estudiantes, llegando a hablar así de su relación con Alejandro: «Yo no puedo recordar mi vida de estudiante en Madrid, sin ver allí cerca a Alejandro que leía y leía y crecía de un modo excepcional».

Durante esta etapa de estudios superiores de Alejandro, Faustina ya ejercía de inspectora en tierras leonesas, lugar al que su hijo retornaba todos los veranos. Es posible que en más de una ocasión, bien entonces bien en su etapa de Villablino, Herminio visitara su casa en Canales, donde toda la familia seguía pasando largas temporadas. Personalmente, me los imagino conversando a todos sobre aspectos relacionados con Freinet, por ejemplo, a quien también Herminio admiró en profundidad, o con la necesidad de mejorar la calidad de la enseñanza en las zonas rurales, a fin de que el posible alumnado de las mismas, contara con posibilidades reales de continuar y mejorar sus estudios, buscando una formación que en muchos casos revirtió posteriormente sobre las mismas zonas de las que procedían. El caso es que, en febrero de 1926, Herminio es invitado a acceder al puesto de director de la Escuela que Sierra Pambley tiene en Villablino, donde permanecerá hasta 1928, al tiempo que también ejercía como profesor, año en el que se trasladará a Lérida como inspector de primera enseñanza, para volver a coincidir allí con su amigo Alejandro que llegará también como inspector. Ambos organizarán, por ejemplo, «misiones pedagógicas», antes de encontrarse exiliados en Cuba, tras el derrocamiento de la Segunda República. Y he aquí otro punto de conexión entre ellos y Faustina, pues podríamos decir que esta fue una adelantada a tales misiones, cuando complementaba su trabajo directo en la escuela, con las charlas impartidas no solo para las maestras que regían las mismas, sino también para las familias; en los pueblos en los que ejercía su labor de inspección; incluso, con anterioridad a estas, también en las que había ejercido de maestra. Durante la estancia de Herminio en Villablino, Faustina coincidirá así mismo en el tiempo, aunque por un periodo de menos de un año, con María Cuyás Ponsa, joven catalana casada con este, que habría sido compañera de Alejandro y Herminio, un curso por detrás de ellos. Casados a finales de 1926, y tras trasladarse ella también a Villablino, acabaría dando clases a las niñas desde esta misma institución, hasta que deciden irse a Lérida, para que Herminio pueda ejercer su puesto de inspector. Todos ellos comparten, por tanto, las ideas educativas de la ILE, en el caso de Alejandro ya heredadas de su propia madre.
Faustina Álvarez y la inspección educativa marcada por la ILE
Comenzaremos por recordar que la Institución Libre de Enseñanza, fue una asociación privada, fundada en Madrid en 1876 por un grupo de profesores expulsados de la universidad y que, tras su reincorporación, apoyados por los gobiernos liberales, controlaron gran parte de los nombramientos, cátedras y puestos de responsabilidad en el ámbito educativo entre el último tercio del siglo XIX y la II República. Fue uno de sus fundadores Francisco Giner de los Ríos, bajo cuya dirección se puso en marcha un ambicioso programa de reformas educativas. Esas reformas nos son presentadas, por ejemplo, en el libro escrito por Rafael Altamira, Problemas urgentes de primera enseñanza, quien llegaría a ser nombrando primero inspector general de Enseñanza, y poco después director general de Enseñanza Primaria. Tal Dirección General se crea el 1 de enero de 1911 y, en principio, carece de vinculación política alguna. Rafael Altamira (señalar a modo de anécdota que estaba casado con una leonesa), pertenecía al grupo de afines a la ILE y aprovechará el breve tiempo que ocupa este cargo (apenas dos años hasta que lo abandona en 1913, por presiones políticas) no solo para mejorar la situación económica y profesional de los maestros (una circunstancia por la que también venía abogando Faustina con cartas y escritos al correspondiente Ministerio), también para renovar la Inspección Técnica, dotándola de un Cuerpo Femenino inexistente hasta ese momento; así mismo propugnó la Escuela Graduada y reformó los estudios de Magisterio. Preocupado especialmente de las instalaciones materiales de las escuelas y de su dotación bibliográfica, igualmente, intentó introducir métodos de enseñanza novedosos como la Escuela-Jardín y la Escuela al aire libre. Es bajo este paraguas que Faustina llega al cuerpo de Inspección, a través de la primera oposición que admite mujeres, en 1917, tras un proceso selectivo que dura dos años. Si Altamira consideraba al inspector una prolongación de la Escuela Normal, que debe conseguir, con sus visitas, reuniones y conferencias, un «lazo de unión entre su actividad cotidiana, en muchos casos depauperante psicológica o profesionalmente, y la actualización cultural y educativa», Faustina seguirá en el ejercicio de su inspección el mismo camino, hablando del hecho de que las inspectoras han de ser «maestras de maestras». Y siguiendo las mismas pautas marcadas por este, tendrá claro que su labor como inspectora ha de ser la de influir, aconsejar y animar en su caso a las maestras, recordándoles la importancia de su labor, difundiendo las nuevas tendencias metodológicas y de organización escolar. Altamira remarcaba que las escuelas tenían que estar en relación con la Inspección, y, a su vez, estas con las Escuelas Normales de Magisterio, articulando un trabajo conjunto y coordinado con la Dirección General de Primera Enseñanza. Si no se lograba ir en la misma línea, decía: «ni habrá unidad en la acción, ni garantía de cumplimiento de las reformas, ni aún conocimiento seguro de la reacción que producen al contacto con la realidad, dato necesario para su afirmación o corrección». Faustina seguía la misma línea y por estas ideas lucha en su etapa de inspectora, que desarrolla en León – tras un paso previo por la provincia de Murcia- entre 1920 y 1927, año en el que fallece. Podemos verlo de forma palpable tanto a través de los escritos pedagógicos que nos deja como de las notas que nos han llegado de cara a los posteriores informes que tenía que presentar en la correspondiente Dirección Provincial de la Inspección.

A toda su labor inspectora, aparte de las conversaciones pedagógicas y conferencias que a menudo daba por los pueblos, como complemento de la misma se unía también la impartición de clases en la correspondiente escuela de Magisterio de León.
Visitas de Faustina a las aulas de la Fundación Sierra Pambley
En este aspecto, es difícil que –más allá de las relaciones antes especificadas- pudiera darse una visita real de Faustina a las aulas creadas por la Fundación Sierra Pambley en los diferentes puntos de la provincia. Aunque de los siete años que ejerció como inspectora en León, hasta ahora solo hemos conseguido constancia real de las visitas realizadas en el periodo de un año y medio, entre ellas no encontramos alusión alguna a estas escuela más allá de la realizada a la de Hospital de Órbigo. Con el comentario que nos deja, lo que si hay que tener claro es que conoce a la perfección los métodos y contenidos de esta, al menos en lo referido a la ampliación de primaria. Así parece darlo a entender cuando de su visita a la maestra de esta localidad, que recoge por dos veces en su cuadernillo, nos dice: «[...] Hay aquí el Patronato Sierra Pambley, de la escuela salen para él perfectamente capacitadas. Votos de gracias uno cada año. Tienen trabajos de todas las asignaturas. Describen y trazan el mapa de la provincia con detalles curiosísimos a la perfección. Discurren y razonan admirablemente [...]».
Y a estos cursos de «ampliación de estudios», dentro de la Fundación, se accedía a través de un examen que demostrase que el alumnado aspirante a los mismos estuviera suficientemente preparado como para no entorpecer la marcha de los demás.

Por otro lado, esta ausencia de visitas es lógica por dos motivos. El primero de ellos es que el ámbito educativo de la Fundación estaba dedicado fundamentalmente no solo a la ampliación de los estudios primarios sino, prioritariamente, a otros más orientados a la formación profesional, lo que escaparía de sus «obligaciones» como «inspectora de primera enseñanza». A esta circunstancia se uniría, también, el hecho de que las inspectoras solo podían visitar las escuelas de niñas o como mucho las escuelas mixtas regidas por maestras y, dado el caso y las circunstancias, su presencia en la Fundación estaba obligada a ser más bien escasa.
Como podemos apreciar, la labor profesional de Faustina Álvarez estuvo marcada desde el principio por la innovación y la necesidad de adaptar la escuela a la realidad de los lugares donde estas estaban, siempre propugnando el principio de universalidad más allá del hecho de ser mujer u hombre, y de los recursos económicos con los que las correspondientes familias pudieran contar en cada momento. Lo hizo durante su etapa de maestra y continuó con esta labor durante su etapa de inspectora. Nunca una persona y una institución estuvieron tan cerca en cuanto a los objetivos, ideas y métodos para cubrir una de las necesidades más básicas del ser humano como es el derecho a la educación. Hoy, casi un siglo después de su desaparición, muchas de las premisas defendidas por Faustina Álvarez García, siguen estando de total actualidad y la necesidad de una educación universal, en cualquier lugar del mundo. También en los más próximos a nosotros.