«¡Pobre Mujer, si a la maestra no se le exigía saber escribir, qué cultura podrían esperar las demás!».
(Faustina Álvarez, 1926).
Hoy volveré a hablar de una gran mujer y una gran leonesa, Faustina Álvarez García (León, 1874-Canales, 1927), una DOCENTE -así, con mayúsculas- que nos dejó un legado pedagógico aún de total actualidad en estos días que estamos viviendo, máxime viendo lo que se nos viene encima. Y lo hago porque sí, porque el día veinticuatro se conmemoraba (aunque ello haya pasado sin pena ni gloria) el Día internacional de la Educación, porque el veintiocho de este mes vendrá el Día de la Coexistencia Pacífica, y solo un par de días después, el treinta de enero, también el Día Escolar de la no violencia y la Paz.
La primera de dichas fechas se instaura por la Asamblea General de las Naciones Unidas, para recordarnos que este derecho, reconocido como universal en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no solo es un derecho humano, también es un bien público y una responsabilidad colectiva. Y su universalidad trata de ir más allá, cuando la Convención sobre los Derechos de la Infancia, en 1989, estipula que «los países deberán hacer que la educación superior sea accesible para todos». Ese recordatorio se amplía con el reconocimiento del papel que la Educación desempeña en la paz y el desarrollo de los países, y quizá de ahí el empeño de algunos «poderes» por denigrar, desmantelar o manipular la educación. La segunda de las fechas (28 E), se reafirma en «los propósitos y principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos, (...) incluido el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión», considerando que «la educación es clave para el desarrollo sostenible». Y así, cuando se adoptó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, la comunidad internacional reconoció la esencialidad de la misma, marcando como su objetivo nº 4: «garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos» para el año 2030.
No hace falta irse a los países más desfavorecidos para entender que, al igual que ya pasaba en tiempos de Faustina, ese derecho de educación -que debería ofrecer «a los niños y las niñas (de cualquier parte del mundo) una oportunidad de salir de la pobreza y un camino para alcanzar un futuro prometedor»- se ve vulnerado cada día. Y si las circunstancias de muchos lugares del mundo, sometidos a regímenes dictatoriales, a guerras que aniquilan escuelas, que provocan miles y miles de refugiados, convierten en millones el número de niños y jóvenes que no pueden asistir a la escuela, tampoco deberíamos olvidar –salvando las distancias- todas esas circunstancias mucho más cercanas que dejan de lado la escuela pública poniendo en jaque la igualdad educativa para nuestros jóvenes más próximos, por renta económica o por lugar de residencia. Y es que, se esté donde se esté y en cada caso en su justa medida, «sin una educación de calidad, inclusiva y equitativa para todos, y de oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida, ni los países (ni los individuos) lograrán alcanzar la igualdad de género ni romper el ciclo de pobreza que deja rezagados a millones de niños, jóvenes y adultos». Esta realidad ya la tenía muy clara, hace más de un siglo, nuestra protagonista de hoy, al igual a algunas otras instituciones con las que podemos relacionarla y con cuyos métodos y premisas Faustina tiene un claro paralelismo. En esta selección de fechas no podemos olvidar tampoco la del 30 E, una fecha en la que todas esa premisas mencionadas se concretan en la propia Escuela, un día en el que -como receptores que son de niños y niñas de todo género y condición- «los centros educativos alzan su voz como defensores de la paz y el entendimiento entre personas de distinta procedencia y modos de pensar», comprometiéndose a «educar en y para la tolerancia, la solidaridad, la concordia, el respeto a los Derechos Humanos, la no-violencia y la paz», una educación inspirada (o al menos así habría de ser) en una cultura de no violencia, paz y buen trato que permita al alumnado «adquirir conocimientos, actitudes y competencias que refuercen su desarrollo como ciudadanos globales críticos y comprometidos con sus derechos y los de otras personas», para evitar llegar a momentos como los actuales, dominados por la bronca permanente en todos los ámbitos, empezando por el político desde el que se contamina todos lo demás. O al menos así debería ser.

Faustina Álvarez García ya lo tenía claro y, junto a ella, entre finales del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX, cuando aún estaba muy lejos de aparecer declaración alguna de derechos (los mismos que ahora algunos líderes políticos están tratando de hacer saltar por los aires con sus caóticas y personalísimas actuaciones), otras maestras y maestros que compartían visión de futuro, y también algunas instituciones y/o corrientes educativas que afortunadamente se iban abriendo paso en España como un rayo de esperanza para quienes soñaban con alcanzar la educación que hasta entonces se les había venido negando, ya tenían claras estas necesidades. Esta debía llegar a los pueblos de la mejor manera posible, daba igual su tamaño; y a ella debían tener también acceso las mujeres, en igualdad de condiciones con ellos, ya fueran niñas o personas adultas. En esa línea de pensamiento, Faustina procuró hacer todo cuanto estaba a su alcance por lograrlo. Desgraciadamente, ¡muchas «Faustinas» nos harían falta todavía hoy en el mundo!, también en nuestro país, para mejorar la situación de todos los sistemas educativos que ignoran esa necesaria universalidad, porque de todos es sabido que cuando se produce un recorte de derechos, como sufrientes en primera línea de los mismos están siempre las mujeres y las clases más desfavorecidas; aunque haya sectores que traten de disfrazar esos recortes de «otras» cosas, intentando crear situaciones que se prolongan al servicio del peor patriarcado que podríamos imaginarnos, un patriarcado que no va de frente si no que ataca siempre desde los flancos más débiles.
En estos días en los que se suceden las voces que, agresiva e indiscriminadamente, se alzan contra quienes tratan de seguir luchando por una igualdad cada vez más real y efectiva, entre razas, clases sociales, mujeres y hombres,..., rescatar el pensamiento y el buen hacer de mujeres como ella se hace imprescindible; porque la verdadera Paz descansa en el respeto a todas y cada una de las personas que componen la sociedad, y la única -o la más positiva- manera de impedir esa discriminación es la educación, educación que descansa, fundamentalmente, en manos femeninas; recordando que si no somos nosotras las primeras en salvarnos, si no velamos por quienes vienen detrás, si no somos capaces de mantener los derechos adquiridos durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo, nadie lo hará en nuestro lugar. Precisamente centrándome en el tema «mujer», no sé si en algún momento podría llegar a entender que, ante el acoso de las redes y de las opiniones que estas fomentan, haya jóvenes que sueñen con un futuro que repite pasados, pues cada vez es más común oír aquello de «yo quiero que me mantengan, casarme, tener hijos y ser ama de casa»; lo dicen, claro, jovencísimas que no conocieron una realidad que podía llegar a ser una auténtica cárcel (aunque en ocasiones pudiera ser de oro), quienes consideran que es más cansado luchar que dejarse llevar. ¿De verdad le gustaría verse supeditadas a los hombres, tanto económica como legalmente? Porque esto es lo que había, y porque detrás de una cosa viene la otra, y quienes inoculan este veneno en las mentes de las más jóvenes lo saben muy bien: Domina el dinero, domina las leyes y dominarás el mundo, en este caso a las mujeres. Por eso yo me pondré siempre del lado de Faustina quien, hace más de un siglo, ya abogaba firmemente por la educación femenina, lo más prolongada y profundamente posible para evitarlo.
«Debéis estudiar y preparaos, y a ser posible estudiar una carrera, para no depender nunca económicamente del marido», su frase más emblemática y que continuamente repetía a sus alumnas podríamos decir que está de plena actualidad. Y si no que se lo pregunten a tantas y tantas mujeres castigadas por la violencia de género. ¡Ah, no, que la violencia de género es una patraña de las «feminazis»! No podemos olvidar que, aunque no siempre nos parezca una realidad, estudiar y formarse abre la mente, estimula la capacidad crítica, despliega un mayor abanico de posibilidades a la hora de encontrar una forma digna de buscarse la vida y, ante este última circunstancia, reduce las posibilidades de manipulación y la supeditación, por miedo y dependencia, a quien tiene económicamente el control de tu vida, sea este marido, padre, jefe,... Y no nos faltan ejemplos a los que acudir estos días.
Otra razón más para afrontar este acercamiento de hoy, es que, este año, el cuadernillo que escribió para nuestras maestras, en un Cursillo Pedagógico impartido en 1926, bajo el título ‘La maestra leonesa frente al problema del analfabetismo’, va a cumplir el siglo, habiéndonos dejado toda una serie de ideas que enlazan muy bien con la actualidad, tanto desde el punto de vista del papel de las maestras como del de las inspectoras, en cuyo cuerpo ejercía ya en ese momento, bajo las pautas marcadas por la Institución Libre de Enseñanza (en adelante ILE), muy bien representada en nuestra provincia por la Fundación Sierra Pambley. Con esta tendrá Faustina muchas y profundas conexiones, que me gustaría ir desgranando para ustedes.

Nace Faustina en una época controvertida y dispar educativamente hablando, donde el acceso de las mujeres a la educación es aún lento y restrictivo, todavía más en el medio rural. A pesar de que las ideas de adelantados pedagogos europeos como Pestalozzi, comienzan a encontrar resquicios para entrar en España, a partir de 1806, con un nuevo modelo de formación docente que se iniciará en la Normal de Madrid en 1839, casi al mismo tiempo, gran parte del tejido educativo español estará marcado por «reglamentos» como el publicado por el ministro Calomarde, un Reglamento sobre la Enseñanza Primaria, que, con respecto a la educación femenina, especificaba: «(...)No será condición indispensable en las escuelas de niñas que la Maestra sepa escribir, podrá tener un Pasante (...) El reglamento será publicado en 1825, entrará en vigor en 1938, y su conocimiento provocará en Faustina comentarios como este: ¡Pobre Mujer, si a la Maestra no se le exigía saber escribir, qué cultura podrían esperar las demás! (...)» (León, Cursillo pedagógico. 1926).
Afortunadamente, esa joven a la que le encantan los libros y que sueña con ser maestra, entrará pronto en contacto con las ideas pedagógicas de Pestalozzi, al que convertirá en uno de sus pedagogos de referencia, un adelantado a la concepción de la educación al servicio de la transformación social, quien concibe «la educación del pueblo como un mecanismo para transformar sus condiciones de vida». Para él, la educación elemental habría de basarse en el desarrollo de las capacidades intelectuales, afectivas y artísticas, buscando un desarrollo integral del alumnado, en el que niños y niñas deberían encontrar un sitio por igual.
Eso procurará hacer Faustina a lo largo de toda su vida, tanto de maestra como de inspectora, y muy particularmente con la población femenina de aquellos lugares por los que va pasando, la mayoría de ellos pequeñas poblaciones en las que la educación de las niñas está bastante dejada de la mano. Esas mismas ideas habían sido previamente recogidas por la Institución Libre de Enseñanza, creada en España en 1876, dos años después de su nacimiento; y serían también reflejadas en el ideario de la Fundación Sierra Pambley (Villablino 1887), con el objetivo de ofrecer una educación de calidad a las clases más desfavorecidas de la sociedad, siempre adaptándose a la realidad socioeconómica del lugar. Faustina, desde su posición como docente, seguiría esos mismos pasos, dejándose inspirar por dichas ideas, y aprovechando para ello los recursos que las circunstancias ponían a su alcance. Como en la Fundación, su principal objetivo fueron aquellas escuelas del medio rural en las que pudo ejercer y que siempre quedaron en mejores condiciones de como las había encontrado. Recordemos que, por aquel entonces, la educación de las niñas era exclusivamente obligatoria entre los seis y los nueve años, no formaba parte de la mayoría de los gobiernos municipales (de los que dependía) y los contenidos de la misma estaban claramente restringidos a las cuatro reglas básicas y a una formación de carácter fundamentalmente doméstico. Faustina, trató en todo momento de romper esas barreras, al igual que la Fundación hizo con su programa de educación primaria avanzada.
Pero no solo fue esto lo que conectaba a la maestra con la Fundación. En mi acercamiento a los aspectos que las unen he podido encontrar: intereses comunes, metodologías similares, la existencia de proyectos como las bibliotecas circulantes, la conexión con personas en común, en fin..., una multiplicidad de elementos que unen dos trayectorias, una individual y otra más institucional y a las cuales había que ponerles un contexto común. Una vez hecho esto, nos iremos acercando a esos elementos en común, aunque eso habrá de ser en una nueva entrega. (Continuará...).