No me gustaría que sonase a llanto este homenaje al Caballo rojo, la casa de comidas sita en Federico Echevarría, que estos días baja el telón y cierra la trapa tal como fue, tal como éramos. Pero parece evidente que es una más de las señales del fin de un tiempo, de un mundo que se nos escapa entre los dedos sin darnos cuenta. No quisiera regodearme en la nostalgia, pero parafraseando el tango de Discépolo dedicado al Cafetín de Buenos Aires, diría: "Cómo olvidarte en esta queja, amado Caballo rojo, si sós lo único en la vida que se pareció a mi vieja".
Y es que el Caballo rojo olía a madre, a hogar, a parroquia. Sonaba, como suenan las salas de máquinas de los barcos, con sus ollas a todo vapor en la cocina. El Caballo rojo tenía el sabor a un tiempo de menú ajustado para viudos y viudas que ya no querían o no podían cocinar, pero sabían lo que era comer de casa. Y para todos en general. Para tantos que quedaremos huérfanos de su cocido. Para el barrio que quedará tan triste al perder este lugar en que los inviernos eran cálidos como el caldo y los veranos frescos como una ensalada campera. Así que es mejor cantarlo que llorarlo.

Sería exagerado decir que el Caballo rojo no tenía dueño, que era de todos. Y lo era, pero por la gracia y generosidad de José Manuel, saliendo de toriles, y Turi, delineando los caldos y la cháchara en la barra. De Elena, desde siempre, y de Camino en los últimos tiempos, manejando con dulzura el tráfico de los encuentros.
Cuando algo así desparece, todos nos volvemos un poco poetas: "Cerrar las puertas de un restaurante no es solo apagar los fogones; es poner el punto final a un capítulo lleno de historias, sabores y encuentros. Dicen que un buen restaurante no se mide por las estrellas, sino por las historias que se cuentan entre sus paredes…", escribió, con gran tino Luis, el kioskero vecino, para leerles a los parroquianos de siempre en el último ágape.
Aquella "última cena" fue una comida y cuentan que el menú fueron "restos". Lo que quedaba del cariño de sus padres Matías y Lola, tan presentes siempre. Lo que quedaba de las viandas: callos, oreja, calamares en su tinta, cecina de chivo… Las últimas tazas de ribeiro. Los restos de las risas y las tertulias de los parroquianos. En un cartel podía leerse: "Se alquilan borrachos para fiestas. Más de quince años de experiencia. Nos adaptamos al presupuesto. Diversión garantizada. Máxima discreción. Somos gente seria. Entregar currículum en la barra".

Nunca faltaba el humor por allí y de los paisanos aprendíamos los más jóvenes sus retruécanos: "Oye, a este agua le habéis echado vino", decía uno, mientras otros reían en la muy codiciada esquina junto a la puerta, que era como el cuarto de lo cabales de los flamencos. Los pollos de goma amarilla sobre la falsa campana y las gaseosas verdes con capuchón blanco, en medio de los papones a escala en una repisa, no podían aguantar la carcajada. No faltaban la botella de orujo con escalera dentro para las gotas, ni el San Pancracio, ni la baldosa con la leyenda: "hace un día precioso, verás como viene alguno y lo jode", ni la vasija de barro para las propinas que rezaba: "dinero negro". También había sus enigmas: Úrculo mirando a Nueva York en un cuadro en la pared o el incomprensible tablón estadístico a todo color que se renovaba puntualmente cada tanto y que no sabías si refería al motociclismo, al precio de los áridos o al índice Nikkei. Mejor no preguntar. Pregunté. Ahora sí que ya no lo sé.

El Caballo rojo tenía trazas de casa de Galicia o de aquellas casas de comidas portuguesas. Lugares de aluvión, de mezcla, de los que ya casi no quedan. Buscar, ahora, un caballo rojo es como buscar un unicornio azul. Pero por allí pasábamos cada día pescadores, fiscales, currelas con mono, profesoras, poetas, piratas, los de la pachanga de baloncesto, bancarios, farmacéuticas, sabios del balompié, filósofos de la vida cotidiana, periodistas, jubilados, cazadores, parados, perdidos, extranjeros, turistas, bomberos, aficionados al morapio y otros personajes del montón.
Todos estos seres y momentos se perderán como "lágrimas en la lluvia", que decían en aquella película. Ya no hay comida para llevar en la memoria. ¿Y de postre?, como preguntaría el lacónico Turi. De postre, aquí queda escrito esto en el periódico de hoy, que mañana solo servirá para que no te queme la pequeña tortilla que te llevas para comértela en tu otra casa. Hasta siempre, caballito rojo.