En el valle de Laciana, al noroeste de la provincia de León, la historia no solo se conserva en los libros o en los museos. También se encuentra en las montañas. Allí, sobre espolones rocosos que dominan el paisaje, permanecen los restos de antiguos poblados fortificados que hace más de dos mil años fueron hogar de las comunidades astures. Son los castros de La Muela y La Zamora, dos enclaves arqueológicos que se han convertido en extraordinarios miradores naturales sobre el valle del Sil.
Su ubicación en altura explica tanto su origen como su atractivo actual. En la Edad del Hierro, los castros se levantaban en lugares estratégicos desde los que controlar el territorio y proteger a sus habitantes. Murallas, fosos y terraplenes reforzaban estas posiciones dominantes, mientras a sus pies se extendían las zonas de pasto y cultivo que sustentaban la vida cotidiana.
Senderismo con vistas al pasado
Visitar los castros es también una forma de recorrer el valle a pie. Ambos yacimientos pueden alcanzarse mediante rutas de senderismo accesibles, que combinan patrimonio arqueológico y naturaleza.
El castro de La Zamora se alcanza a través de una ruta circular de unos 10 kilómetros y baja dificultad, un recorrido que atraviesa bosques y praderas antes de ascender hasta el promontorio donde se sitúa el antiguo asentamiento. Desde lo alto, el visitante comprende de inmediato por qué este lugar fue elegido hace siglos: la vista se abre sobre todo el valle y permite imaginar la importancia estratégica del enclave.
El castro de La Muela, situado en la localidad de Rioscuro, ofrece también distintas posibilidades para los caminantes. Puede alcanzarse tanto desde Rioscuro como desde Villablino, y existe igualmente la opción de realizar un recorrido circular especialmente agradable. El camino conduce hasta un espigón que se asoma al río Sil, desde donde se obtiene una de las panorámicas más representativas del paisaje lacianiego.
Los astures y el poblamiento
Las investigaciones arqueológicas realizadas en varios yacimientos del valle han permitido reconstruir los orígenes de estos asentamientos. El modelo castreño aparece en Laciana hacia el siglo VIII a. C., en plena Edad del Hierro, cuando comunidades identificadas con los astures comenzaron a establecer poblados fortificados en posiciones elevadas y bien defendidas. Estos poblados formaban parte de un paisaje humano en el que la montaña, los bosques y los valles fluviales eran aprovechados para la agricultura, la ganadería y la explotación de los recursos naturales.
Durante siglos, esta forma de organización del territorio marcó la vida de las comunidades del valle.
Roma y el oro del noroeste
La llegada de Roma, tras las Guerras Cántabras, transformó profundamente este paisaje. A partir del siglo I d. C., el valle de Laciana quedó integrado en una red económica más amplia vinculada a la explotación de las minas de oro del noroeste peninsular. Algunos castros fueron abandonados, otros continuaron ocupados y surgieron nuevos asentamientos en zonas más accesibles.
El castro de La Muela experimentó entonces una etapa de especial actividad. Su posición estratégica lo convirtió en un enclave relacionado con la explotación aurífera, posiblemente vinculado al almacenamiento o control del metal. Las excavaciones han sacado a la luz restos de murallas, estructuras domésticas y espacios que pudieron tener funciones administrativas o logísticas.
El castro de La Zamora, por su parte, destaca por su potente sistema defensivo. Las investigaciones han documentado varias líneas de murallas y terraplenes que protegían la zona más elevada del asentamiento. Fundado hacia finales del siglo VIII a. C., fue probablemente uno de los enclaves más importantes del valle durante la Edad del Hierro, aunque su protagonismo disminuyó con la reorganización romana del territorio.
Un patrimonio que se descubre caminando
Los castros de Laciana forman parte de una propuesta que combina patrimonio, paisaje y turismo activo. A lo largo del segundo semestre del año, el Ayuntamiento de Villablino suele organizar rutas guiadas que permiten conocer mejor el patrimonio cultural y natural del municipio. Entre los lugares visitados destacan estos antiguos poblados, cuya historia se explica durante los recorridos.
Muchas de estas rutas parten del Centro de los Castros de Rioscuro, un espacio interpretativo donde paneles informativos ayudan a comprender cómo vivían las comunidades que habitaron estos asentamientos y qué investigaciones arqueológicas se han desarrollado en ellos. En este centro también se difunde el trabajo realizado durante años mediante campos de trabajo internacionales, que han contribuido a estudiar y recuperar los yacimientos.
El lugar se ha convertido además en escenario de actividades culturales vinculadas a la memoria histórica del territorio. Cada año acoge la celebración del Samhain, una fiesta que recuerda las antiguas tradiciones celtas relacionadas con el cambio de estación y que está considerada uno de los antecedentes del actual Halloween.
Miradores sobre el Valle
Hoy, las murallas que protegían a los antiguos pobladores astures se integran en un paisaje donde naturaleza e historia se entrelazan. Desde lo alto de La Muela o La Zamora, el valle se despliega en toda su amplitud: montañas, bosques y pueblos que conservan el carácter de la montaña leonesa. Quizá por eso la mejor forma de descubrir estos lugares es caminando. Porque en Laciana, cada sendero no solo conduce a un mirador natural, sino también a uno de los capítulos más antiguos de la historia del territorio.
