El Bierzo lleva siglos conversando con sus viñas. Entre bancales antiguos y cepas que se aferran a la tierra roja y negra, generaciones enteras han hecho del vino una forma de vida, casi una forma de memoria. Hoy, cuando el mundo mira al enoturismo como una oportunidad para reconectar paisaje, patrimonio y economía, la comarca berciana se descubre preparada para dar un salto que otros territorios ya dieron hace años. Pero ese impulso, advierte Bierzo Enoturismo, corre el riesgo de frenarse por falta del respaldo institucional decidido de las entidades locales y comarcales, pero sobre todo de la Diputación de León.
La presidenta del colectivo, Consuelo Ysart, lo resume con una claridad que no necesita metáforas «el último convenio firmado con la Diputación de León data del año 2021 y estamos esperando la firma de un convenio por importe de 60.000 euros con carácter retroactivo para las anualidades 2022, 2023 y 2024 prometido y comprometido pero que no acaba de llegar”. Desde 2022 la Diputación de León no ha abonado las subvenciones comprometidas. Son 20.000 euros por año, 60.000 acumulados, que deberían permitir a la Ruta del Vino consolidarse y crecer.
“Está costando más que un parto firmar el convenio, cuando la justificación del mismo está prácticamente hecha y solo la firma de ese documento nos permitiría acceder a créditos, pero no la tenemos», lamenta. Ysart insiste en que lo que está en juego no es una cifra, sino el futuro de un proyecto que nació para dar una salida a una comarca golpeada por el cierre de las minas y amenazada por los efectos del cambio climático. Un proyecto público-privado que pretende convertir al Bierzo en un territorio enoturístico de referencia, igual que la Toscana, donde más de cuatro millones de visitantes generan cada año miles de millones de euros. Y, sin embargo, aquí, en un Bierzo que reúne en apenas unos kilómetros el Camino de Santiago, Las Médulas y uno de los viñedos históricos más singulares del país, la Ruta del Vino avanza sin el «abrazo» que sí reciben otras zonas.
«En otras rutas los ayuntamientos ponen muchísimo más dinero, y las administraciones los secundan con fuerza. Aquí nos falta ese respaldo», reprocha Ysart. El contrasentido es evidente: mientras el proyecto crece -un 20% más de socios este último año- y suma ayuntamientos, bodegas, hoteles, restaurantes y espacios patrimoniales, la financiación se sostiene sobre cuotas privadas y la ayuda de la Junta de Castilla y León y los Consistorios.
La Diputación, sin embargo, sigue sin desbloquear una subvención que, según la entidad, es vital para poder participar en ferias, promocionar la comarca, lanzar experiencias o realizar ferias propias de fin de cosecha por ejemplo.
El enoturista, recuerda Ysart, es un visitante distinto: se queda más tiempo, gasta el doble que un turista convencional, busca cultura, naturaleza y gastronomía. Quiere escuchar historias, pisar caminos, adentrarse en bodegas centenarias. Y el Bierzo, con sus castillos, templos, rutas fluviales, antiguas minas romanas y viñas que se pierden en la niebla, puede ofrecer todo eso.
«Hay muchos Bierzos dentro del Bierzo» dice la presidenta, convencida de que la fuerza del proyecto está precisamente en unirlos: visitas culturales, experiencias gastronómicas, bodegas familiares, rutas de naturaleza, alojamientos singulares. «No es lo mismo que cada uno vaya por su cuenta que ofrecer un conjunto». De hecho, Bierzo Enoturismo ya se ha convertido en una de las 38 rutas oficiales de España y trabaja para que cada socio suba sus experiencias al portal de comercialización nacional. El crecimiento es real y palpable. El despegue, inminente. Pero la pregunta persiste: ¿cómo despegar sin combustible?
Ysart insiste en que este es «un año clave». Se han sumado nuevos municipios gracias al convenio con la Fundación Las Médulas y, por primera vez en mucho tiempo, la comarca parece creer en el potencial del enoturismo. «Me encantaría que los propios bercianos fueran conscientes de lo que tenemos. Que nos lo creamos», expresa.
«El enoturismo crece un 20% anual. Es sostenible, cultural, respetuoso. Es una respuesta natural a la descarbonización», defiende Ysart. «Solo pedimos que no se deje escapar esta oportunidad». En el Bierzo, las viñas han resistido siglos de historia, incendios, despoblación y crisis. Ahora buscan una ruta para abrirse al mundo. Lo paradójico es que el camino está trazado. Lo único que falta es quien lo quiera recorrer con ellas.