Nueva publicación sobre la historia de Castropodame

Rogelio Meléndez publica en un libro la serie “Amor y Justicia en el siglo XVIII en El Bierzo” del caso de un agravio amoroso que adelantó en LNC

Rogelio Melendez
19/07/2026
 Actualizado a 19/07/2026
Portada del libro a punto de salir a la luz.
Portada del libro a punto de salir a la luz.

A lo largo del pasado año 2025 y durante parte del presente fui publicando, en este mismo medio mes tras mes, una serie de capítulos (13 en total) sobre una historia que tuvo lugar en Castropodame en el siglo XVIII. Se publicaron bajo el título general de “Amor y Justicia en el siglo XVIII en El Bierzo”. La historia fue un drama que afectó principalmente a Castropodame, pero también a Matachana y sobre todo a San Miguel de las Dueñas y, en especial, a la comunidad de monjas que había y aún hay allí, que sin duda llevaron un sobresalto de los que no se olvidan en toda la vida.

El principal responsable del desaguisado fue un mozo de mi pueblo llamado Rosendo Martínez. Debía ser al parecer muy atractivo para las mujeres, atrevido y chuleta, además, claro está, de un auténtico sinvergüenza que incluso con la moral machista del siglo XVIII fue perseguido por la justicia debido a su mal comportamiento con las mozas de Castropodame. La historia es muy similar a la que infinidad de veces a lo largo de los siglos y en diferentes partes de España ha ocurrido y es más, ha seguido ocurriendo hasta hace escasas décadas. Cuando yo era uno de los mozos de Castropodame (“Castro” a secas se suele decir a menudo), hace ya unos 50 años, la moral imperante seguía siendo en buena medida la misma que en el siglo XVIII, aunque por fortuna nunca ocurrió en mi época algo similar.

La historia está rigurosamente documentada a partir de un voluminoso conjunto de documentos (más de 300 páginas) existentes en la Real Chancillería de Valladolid y complementada con otras fuentes. Aunque es una historia auténtica, bien podría ser el argumento de una novela o de una película. Por ello el título que le pongo en este libro, que acaba de ver la luz hace menos de una semana, es el siguiente: “Parecía un cuento, pero fue una realidad”.

Yo no tengo posibilidad de llevar al cine el argumento de este libro, ni creo que tenga capacidad (tampoco me gusta) para hacer una novela y por ello opté por publicar en “La Nueva Crónica de León” y en la forma ya indicada esta historia. Creo que es interesante para el público en general. Reuní el contenido de los 13 capítulos y leí, releí, miré y revisé de modo reiterado los documentos originales, incluso tras la publicación de La Nueva Crónica. Así pude añadir, puntualizar o matizar algunos detalles por mínimos que fuesen. Tras todo ello, hacer una nueva publicación sobre el asunto era tarea relativamente sencilla.

Eso es lo que hice y como resultado es este nuevo librito (164 páginas), en el que además de contar con pelos y señales los sucesos del siglo XVIII con el más absoluto rigor y distinguiendo nítidamente lo que son hechos documentados y las suposiciones razonables, he realizado una serie de reflexiones sobre el amor, el desamor y la justicia en el mundo rural, tanto referido al lejano siglo XVIII como a los años 70/80 del cercano y pasado siglo XX, época en que yo era uno de los mozos de Castro. Como los mozos y mozas de este pueblo y otros de su entorno (Congosto, Almázcara, Calamocos, San Pedro Castañero, Matachana…), me vi envuelto en líos de amores y desamores que todavía recuerdo bastante bien y que comento a menudo con otros amigos de mi pueblo, e incluso con alguna o algunas de las que hace medio siglo eran compañeras de esas aventuras y desventuras, pues hubo de todo. Cuando hay líos de amores y desamores, es interesante contar con la opinión de ambos bandos.

El siglo XVIII y ahora

En el siglo XVIII la moral católica de la época imponía una serie de normas muy claras. Nada de relaciones sexuales fuera del matrimonio. Matrimonio que era indisoluble (“hasta que la muerte os separe”) y ordenado por Dios. “Quieren contraer matrimonio, según lo manda Dios y la Santa Madre Iglesia…”. Es más, he leído alguna fórmula mucho más curiosa, en la que ante notario (escribano), se hacía constar: “Siendo la voluntad de Dios que fulanito y fulanita hayan de contraer matrimonio…”. En aquella sociedad tan impregnada de la religión cristiana, eso de considerar que dos personas (hombre y mujer siempre y no otras formas modernas) se uniesen en santo matrimonio por voluntad de Dios debía tener bastante peso moral. ¿Quién se atrevía a ir contra la voluntad de Dios?

En cuanto a relaciones sexuales fuera del matrimonio, la ley religiosa, la opinión pública y también la justicia seglar vigilaban para que esos actos torpes y escandalosos no tuviesen lugar. Se han investigado muchos casos (Vicente Fernández Vázquez) y yo, de mi propia cosecha, conozco además de este follón de Castropodame otro que tuvo lugar pocos años después y también en el siglo XVIII, pero en Villaverde de los Cestos, un pueblo vecino. Cuando una moza denunciaba a un mozo (la mayoría de edad se alcanzaba a los 25 años) por haberla dejado embarazada tras haber mantenido “actos torpes”, automáticamente las autoridades locales ordenaban el arresto y la prisión del mozo. Claro que ¿cómo se probaba quién era el autor del preñado?, como entonces se decía. A menudo la moza no tenía pruebas (palabra del uno contra la de la otra) y entonces el mozo quedaba libre y la moza avergonzada, humillada y “pringada” para toda la vida. Por ello las mozas, y con toda lógica, andaban con cuidado. No solo cuando se hallaban a solas con algún mozo, en actos “indecentes” o retozando como se decía. También incluso se cuidaban mucho las apariencias. Eso de que un mozo y una moza, aunque fuese a plena luz del día y en camino público, estuviesen hablando, ya era motivo de mosqueo de los cotillas que había y sigue habiendo en los pueblos. La fama de ser “moza fácil” podría resultar muy perjudicial para cualquiera de ellas, en caso de que se viera embarazada.

La única forma de borrar o disimular el deshonor de las mujeres “manchadas” era el matrimonio. Un mozo que dejase a una moza embarazada debía casarse con ella forzosamente (con aquiescencia de la moza) y en caso contrario indemnizarla con una fuerte suma de dinero, para que así la moza pudiese rehacer su vida. Creo que en aquel contexto era totalmente justo. Cada cual ha de ser responsable de sus actos, por mucho que cambie la moral. En el caso que yo he analizado en el libro se refleja claramente esta situación. Por ello algún investigador ha escrito que la promesa de matrimonio era la llave mágica que empujaba a las mozas a mantener relaciones sexuales (llamadas a menudo actos torpes y deshonestos). El problema es que los mozos no siempre han sido honestos y recurrían al engaño. Prometían y prometían… pero luego no cumplían. Fue justamente lo que hizo aquel mozo de mi pueblo del siglo XVIII (Rosendo Martínez). “¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!”, escribió en el siglo XIX Gustavo Adolfo Bécquer, en una de sus celebérrimas Leyendas.

Esta situación del siglo XVIII, creo que en gran medida se mantuvo hasta por lo menos cuando yo era mozo hace medio siglo. Conozco de primera mano un episodio que le sucedió a un amigo mío , antiguo mozo de Castro. En el baile, en una plaza pública de un pueblo vecino de Castropodame, la moza con la que estaba bailando (sería un baile de los que llamábamos lentos) se le acercó tanto, que el cuello lo tenía a escaso centímetros de los labios del mozo. Este no pudo resistir la tentación y le dio un beso…en el cuello. La moza se soltó y le arreó un bofetón, del que aún se acuerda medio siglo después. Quizá el mozo no sabía, que precisamente el cuello es una zona muy sensible del cuerpo femenino. De este modo lo aprendió en un instante. A palo limpio a veces es como mejor se aprende.

Ahora ignoro como estará el asunto. Hace décadas que estoy fuera de esas lides; pero si se que el asunto es muy, muy diferente y que además nos enfrentamos a situaciones que hace sólo unas décadas podrían resultar inimaginables. Pero a los de mi edad (ya hasta en el metro de Madrid, me ceden el asiento porque me ven cara de viejo), todos estos digamos (por decir algo) “inventos” o modas modernas, ya nos dan un poco de lado. Nuestros descendientes…ya verán lo que hacen.

Para terminar este repaso al siglo XVIII, señalo que hay algunos detalles que me parecen curiosos. Uno es la importancia que se daba a la promesa de matrimonio. Hasta la justicia local, indagaba si había habido o no promesa de matrimonio, que no tenía que haber quedado registrada por escrito. Hoy en día sin embargo, aunque exista no ya una promesa, si no un contrato firmado ante Dios y los hombres, el vínculo matrimonial se rompe con más facilidad que una de las copas del banquete de la boda. Que cada cual opine lo que quiera.

Otra cuestión curiosa es que la etapa de noviazgo, que en los años 50-60-70-80…del pasado siglo XX, era algo habitual, en el siglo XVIII, no existía. Se debía considerar que no era necesaria. Un contrato para casarse era similar a un contrato para vender una finca. Un mozo y una moza que apenas se conocían o eran simples moradores del mismo pueblo, pero sin ningún tipo de amistad; pasaban en cuestión de días de no ser nada a estar formalmente comprometidos para toda la vida. Un poco arriesgado parece pero…quizá salía bien. Ahora se piensa, repiensa, sopesa, mide, comprueba y al final el matrimonio acaba a menudo…en separación a los pocos meses. Otro motivo para la reflexión del tipo de sociedad que tenemos.

Aunque las mujeres en general llevaban siempre la peor parte y las de perder, la justicia también sacudía a los varones. En este libro se refleja como el mozo de mi pueblo acusado, también fue perseguido por la justicia y en el caso de conozco de Villaverde de los Cestos sucedió lo mismo y recibió “de caliente”. La justicia además tenía a gala ser dura y temible. Es decir inspirar temor o incluso terror, con el fin de disuadir a potenciales delincuentes. “El miedo guarda la viña”. Hoy en día a veces existe la sensación de que ocurre justo lo contrario. “Roba bien y no mires a quién”. Otro motivo más para la reflexión. “Ahora a los delincuentes les castigan pegándoles con un pañuelo”, decía a menudo mi padre.

La trama del drama

No puedo contar por razones de espacio, todo el argumento de esta historia real que parece, insisto, una novela y que se inició del modo más absurdo. Un mozo de Castro (Rosendo Martínez) que debía ser en mi opinión- repito una vez más- un sinvergüenza, pero con mucho “gancho” entre las mozas del pueblo, engañó (es lo más probable) a una moza, que era su vecina y una de las criadas del señor cura de la localidad. La moza se llamaba María Viñales y legalmente era menor de edad entonces, aunque ya tenía 21 años cumplidos. La moza ante la promesa de matrimonio de su vecino el mozo guaperas, accedió de forma voluntaria y temeraria, a dormir con él y no sólo eso de paso a perder su honor y virginidad. Era la noche del día de Corpus Christi del año 1758 a finales del mes de mayo. Maldita fecha y hora pensaría después la moza. Maldita sobre todo porque fue ella misma quien franqueó a su vecino la puerta de la casa del señor cura (D. Juan Antonio Merino). Entonces las criadas dormían en casa de sus amos. Como ella tenía que pasar la noche en casa del señor cura, abrió la puerta a Rosendo para que le hiciese “buena” compañía. La moza declararía en su momento, que aquella noche tuvo con él mozo “varios actos torpes”. Vamos que la noche dio bastante de si.

El mozo por su parte, parece que  quedó con ganas de repetir y por ello apenas dos meses después (agosto de aquel año y en fechas bien concretas que la moza recordó nítidamente) volvió a dormir con la moza y repetir los actos torpes, en otras dos noches seguidas. En esta ocasión la moza no le facilitó la entrada, pero el tipo era osado y atrevido. Entró de noche por una de las ventanas del pajar de la casa del señor cura y se las apañó para cruzar la gran casa hasta la habitación donde dormía María Viñales. Esta podría haber gritado (además del cura dormía en la casona otra de las criadas del cura), pero en vez de ello volvió a repetir los actos torpes.

El problema es que a finales de agosto, la moza empezó a percibir que posiblemente estaba embarazada. Lógicamente se lo dijo a su vecino el mozo guapo y atrevido para que cumpliese su promesa de matrimonio, pero este contesta con evasivas y excusas de mal pagador como hoy decimos. “Promesas amorosas,…que luego se lleva el viento”, como cantaría siglos más tarde Manolo Escobar. La “solución” que el mozo atrevido propuso a su moza con la que había tenido tan estrecho trato, fue “genial”: que dejase su trabajo de criada del cura de Castropodame y que fuese de criada al cercano Monasterio de San Miguel de las Dueñas.

La moza aceptó. Para salir del paso no estaba mal. Encerrada dentro de los muros del convento estaría a salvo de miradas indiscretas y cotillas que sin duda había (hay aún) en cualquier pueblo. El problema es que la cigüeña ya estaba en camino y el bebé llegaría en el momento y lugar menos adecuado. Para más complicaciones llegó muerto…al parecer. Tanto la justicia de Castropodame, como de San Miguel de las Dueñas, como incluso de la Real Chancillería de Valladolid, acabaron interviniendo y tuvo lugar un auténtico drama del cual en su momento se habló (así consta) en muchos pueblos del Bierzo.

Al final el resultado fue que dos mozas de Castro acabaron con su vidas destrozadas; las monjas de San Miguel de las Dueñas, se llevaron un buen disgusto ; un mozo de Castro que al parecer  era bastante honesto, entró en depresión; un juez ordinario de Castropodame y al parecer corrupto ayudó a su sobrino, aunque era un delincuente; otro juez ordinario de Castropodame que perseguía al delincuente se cogió unos buenos cabreos ; hubo mucho jaleo en Castro y San Miguel de las Dueñas y … el que con toda probabilidad era el principal responsable de los graves daños causados, (Rosendo Martínez), despareció sin que haya quedado constancia de su paradero final y sin rendir cuentas ante la justicia. Así es la historia. No siempre existe la justicia.

El único “consuelo” es que este tipejo que consiguió burlar a la justicia de su pueblo y también por lo que parece a la justicia de la Real Chancillería de Valladolid, no consiguió burlar el juicio de la historia y todo ello gracias a que otro mozo de Castropodame (yo mismo) y debido a mi afición por la investigación histórica, me enteré de sus andanzas y malas artes y ahora cualquier vecino de Castropodame sabe que si hubiera que hacer una lista con personajes de Castropodame, de infeliz memoria, Rosendo Martínez Rodríguez aquel mozo que en 1758 vivía junto a la casa del señor cura del pueblo, ha de figurar en la misma. Esta es por desgracia sólo justicia virtual.

                

 

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