El Bierzo necesita otra Mirada

Turismo, conservación y el futuro de las montañas del Bierzo

12/10/2026
 Actualizado a 12/10/2026
Senderistas comprometidos con la conservación del Bierzo.
Senderistas comprometidos con la conservación del Bierzo.

Hay una forma de contemplar El Bierzo que consiste en detenerse ante sus montañas y dejar que la mirada recorra lentamente el horizonte. Desde muchos lugares, la comarca parece un inmenso jardín rodeado de cumbres, un anfiteatro natural donde los bosques, los castañares, los viñedos y los pueblos se suceden como las estaciones de una vieja partitura. Es un paisaje hermoso, pero también profundamente humano. Durante siglos, quienes lo habitaron fueron modelándolo con sus manos, abriendo caminos, cultivando laderas, cuidando los árboles y aprovechando los recursos del monte. Buena parte de lo que hoy admiramos como naturaleza es también el resultado de esa convivencia.

Sin embargo, parece haberse instalado entre nosotros una idea extraña. Para conservar la naturaleza, lo mejor sería dejarla en paz, mantener alejados a los visitantes y reducir cuanto sea posible la intervención humana. Esta posición nace, muchas veces, de una preocupación legítima. Hemos visto demasiados paisajes maltratados por la urbanización, la masificación turística o el uso irresponsable de sus recursos. Pero convendría preguntarse si proteger significa siempre impedir, o si también puede significar cuidar, recuperar, conocer y actuar.

No toda presencia humana es una agresión, como tampoco toda ausencia garantiza la conservación. Hay ecosistemas que necesitan muy poca intervención y otros paisajes, especialmente los culturales, cuya biodiversidad está ligada a prácticas tradicionales que desaparecen con el abandono. El problema no es simplemente que las personas entren en la naturaleza, sino qué hacen cuando entran, cómo se relacionan con ella y quién establece las reglas. Esta reflexión adquiere especial sentido en El Bierzo, donde el abandono de numerosos pueblos y actividades tradicionales ha transformado profundamente la relación entre sus habitantes y el territorio. El monte que antes tenía nombres, propietarios, usos y personas que lo recorrían cotidianamente se ha convertido, en demasiados lugares, en un espacio distante. Y lo que deja de conocerse corre el riesgo de dejar de cuidarse.

Hace casi dos décadas, La Mirada Circular nació precisamente de una intuición diferente. Su propósito no era simplemente dibujar una gran ruta turística alrededor del Bierzo, aunque esa fuera su expresión más visible. Aspiraba a conectar las montañas, los pueblos, el patrimonio cultural y los recursos naturales mediante una estrategia de conservación activa y desarrollo rural. El turismo debía servir para devolver actividad, conocimiento y oportunidades a territorios que estaban perdiendo población y capacidad de cuidar su propio paisaje. Aquella propuesta entendía que un camino podía ser mucho más que un lugar por donde caminar. Podía convertirse en un instrumento para recuperar patrimonio, organizar actividades de conservación, promover pequeñas empresas y reconstruir vínculos entre las comunidades y su entorno. La ruta era, en realidad, el hilo con el que se pretendía coser un territorio que empezaba a deshilacharse.

La idea no era nueva en el mundo, aunque sí resultaba innovadora en nuestro contexto. En 1921, el estadounidense Benton MacKaye imaginó el Appalachian Trail, un gran recorrido por las montañas del este de Estados Unidos. Su ambición iba mucho más allá del senderismo. Cuando visité este proyecto en 2010 pude comprobar como conectaba territorios, protegía paisajes y creaba nuevas relaciones entre las personas y la naturaleza. Un siglo después, aquella iniciativa se ha convertido en una de las experiencias más interesantes de conservación participativa. Treinta clubes y miles de voluntarios colaboran con administraciones y profesionales en el mantenimiento de senderos, el seguimiento de especies, la restauración de hábitats y la vigilancia ambiental. Quien recorre aquellos montes puede disfrutar de su belleza, pero también contribuir a protegerla. El visitante deja de ser necesariamente un consumidor del paisaje para convertirse, cuando existe una organización adecuada, en un aliado de su conservación.

Algo semejante conocí en el bosque francés de Fontainebleau, cerca de París, donde los “Amigos del Bosque”, una asociación fundada en 1907, llevan más de un siglo protegiendo su patrimonio natural. Sus voluntarios mantienen senderos, inventarían árboles singulares, detectan especies invasoras y colaboran con la administración. Su trabajo demuestra que la buena voluntad no basta para conservar un bosque. Se necesitan organización, conocimientos especializados, continuidad y responsabilidades compartidas.

En Menorca encontramos otra experiencia reveladora que he podido recorrer en los últimos veranos. El Camí de Cavalls, un antiguo camino que rodea la isla, fue recuperado mediante una ley específica y un plan especial que ordena su conservación y utilización. Su valor no reside únicamente en haberse convertido en un atractivo itinerario turístico, sino en que existe una responsabilidad pública de protegerlo, mantenerlo y regular su uso.

Estas tres experiencias enseñan algo que debería interesarnos especialmente en El Bierzo. La conservación necesita instituciones, pero también comunidades comprometidas. Necesita normas, pero igualmente conocimiento, vigilancia cotidiana y recursos económicos. Y puede encontrar en determinadas formas de turismo una ayuda extraordinaria, siempre que exista una organización territorial capaz de orientar esa participación.

Un guía de naturaleza que recorre cada semana los mismos caminos puede detectar un vertido, una nueva especie invasora o un proceso de erosión antes de que el problema adquiera mayores dimensiones. Una empresa de turismo rural puede colaborar en la recuperación de un castañar. Un grupo de senderistas debidamente formado puede participar en programas de seguimiento ambiental. Los visitantes pueden contribuir económicamente a proyectos de restauración o participar en actividades de ciencia ciudadana.

El turismo de conservación requiere objetivos claros, formación, protocolos y profesionales responsables. No se trata de atraer más visitantes, sino de subordinar la actividad turística a criterios científicos, restringiendo accesos cuando sea necesario y garantizando la participación de los agentes del territorio. La diferencia es esencial. Mientras un turismo utiliza la naturaleza como escenario, el otro contribuye a conservarla.

Esta semana participaré en la mesa redonda «Naturaleza y Turismo», organizada por ATUDEBIAL. Este encuentro ofrece una oportunidad para conciliar la protección ambiental y el desarrollo territorial. Para ello, conviene distinguir entre una actitud conservadora, centrada en evitar cambios, y una conservación proactiva, dispuesta a intervenir sobre la base del conocimiento científico y la participación local. Ambas perspectivas pueden complementarse. La prudencia es imprescindible para evitar daños irreversibles, pero no debe confundirse con la inmovilidad.

El Bierzo necesita recuperar la ambición que inspiró La Mirada Circular, no para multiplicar senderos o visitantes, sino para construir una red territorial de conservación en la que asociaciones como Tyto Alba, ATUDEBIAL, Bierzo Vivo o Bierzo Aire Limpio, comunidades que gestionan sus propios bosques, como la de Labaniego, propietarios, empresas turísticas como la que rescató los restos de La Mirada Circular, universidades y administraciones compartan objetivos. El Bierzo necesita programas de custodia del territorio, proyectos de restauración apoyados por el turismo y empresas comprometidas con el seguimiento ambiental que permitan implicar a cada pueblo en el cuidado de su entorno y avanzar hacia una conservación proactiva, no solo reactiva. Sería una manera de recuperar una relación antigua con el paisaje, pero utilizando los conocimientos y las herramientas de nuestro tiempo. Porque el futuro de las montañas bercianas no depende solamente de cuántas personas vengan a contemplarlas. Depende, sobre todo, de cuántas estén dispuestas a conocerlas, respetarlas y hacerse responsables de su cuidado.

La naturaleza no necesita que la invadamos ni que la abandonemos, sino que aprendamos a convivir con ella. Quizá el mejor turista sea quien, después de recorrer nuestros montes, deja algo más valioso que sus huellas, una contribución a su conservación. Porque el futuro de las montañas del Bierzo necesita otra Mirada.

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