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Que las ratas no distraigan la oración o el verso…

Que las ratas no distraigan la oración o el verso…

EL BIERZO IR

El cantautor berciano Amancio Prada. Ampliar imagen El cantautor berciano Amancio Prada.
| 25/02/2019 A A
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Que las ratas no distraigan la oración o el verso…
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Una señora inculta y maleducada, que presidía los plenos de las Cortes cuchicheando sonrisitas sin el mínimo respeto a los procuradores, se va del PP por despecho y ambición, haciendo todo el daño posible, tras «dos décadas de lujo y escándalos» (Diario.es) y sin rendir cuentas a la Justicia (Gürtel, Púnica, Tierra de Sabor, las patatas de su novio, el  millón de euros del marido y lo que saldrá). Las ratas huelen el peligro y el Partido Popular de Castilla y León es un barco que se hunde.

En el cauce del Ebro hay carteles que dicen “Hasta aquí llegó la crecida de 1961”. Pongan en Google «silvia clemente corrupción» y verán el listón de la infamia marcado por Silvia Clemente: «Hasta aquí llegó la mierda del PP en 2019». Menos mal que está Ciudadanos para rescatar a las ratas náufragas.

Escribir una sola línea más sobre tal basura sería desperdiciar esta página que LNC me brinda generosamente cada lunes. Mejor que labios mentirosos de silicona, prefiero hablarles de labios que cantan versos y de verdades que ensanchan el corazón y elevan el espíritu. Los labios de una poeta berciana, Rosalía de Castro, cantada por un gallego universal, Amancio Prada.

Hablemos, pues, de verdad y poesía, de sentimientos y emociones, de la vida real. La sociedad real no es la que sale en los telediarios cada vez más casposos y reduccionistas. La sociedad real son las mil personas de carne y hueso que anoche llenaron la iglesia de San Fernando en Santiago de Compostela para compartir poemas y canciones con Rosalía de Castro y Amancio Prada.

El templo parroquial de San Fernando –diseñado en forma de asamblea por el arquitecto Fernández-Albalat en 1967– es un ejemplo de sencillez: no tiene decoración, ningún lujo, ni un solo capitel dorado. Las paredes de cemento desnudas, las cruces apenas dos travesaños de madera, una sola imagen central de Jesucristo; nada distrae la oración, la confesión o el silencio.

Mientras mil convecinos del Ensanche, de todas las edades, creyentes o no, nos sentábamos en los bancos corridos codo con codo, en respetuosa compañía, en las lujosas estancias del Vaticano se reunía un cónclave de varones de avanzada edad, vestidos con faldas y solideo escarlata. Los encubridores de todos los vicios –«La puta de Babilonia» dice el Apocalipsis– también tienen, como las ratas, un puesto destacado en la Historia universal de la infamia. Desde luego, no nos representan, no son la sociedad real, que llora y ama.

Una parte recogida y humilde de la España real estaba anoche sentada en la asamblea musical de Rosalía. ¡Qué gran idea concelebrar el 182º aniversario del nacimiento de Rosalía de Castro en una iglesia, convertida en auditorio de la verdad!

La verdad sencilla de los versos escritos por una mujer maltratada, la hija bastarda de un cura, huérfana de nadie, se llamó a sí misma La hija del mar (novela autobiográfica cuya protagonista, Teresa, es “una pobre huérfana abandonada”). A ver si de una vez llamamos a cada cosa por su nombre y los apellidos robados de las hijas e hijos abandonados o manoseados por todos los curas del mundo llenan de ecos la Capilla Sixtina.

Igual que a María Rosalía Rita le robaron su infancia –nunca pudo decir ‘Papá’ al párroco don José Martínez Viojo–, a nosotros nos han robado a la verdadera Rosalía: la mujer feminista que en el prólogo de La hija del mar reivindica a Madame Roland, Madame de Staël, Rosa Bonheur, Jorge Sand, Teresa de Jesús, Safo, Catalina de Rusia y «tantas otras que protestaron contra la vulgar idea de que la mujer solo sirve para las labores domésticas».

La poesía casi clandestina de Rosalía era subversiva cuando publica Follas novas en 1880, o cuando afirma «todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben»; y sigue siendo subversiva y peligrosa en la actualidad. Para diluir su verdad, su grito poético, han pintado una mujer débil y enfermiza, vestida con encaje de bolillos por la Sección Femenina. Los mismos meapilas de la literatura hicieron la misma deturpación con Enrique Gil y Carrasco, de cuya voz profunda y sentida bebieron Rosalía y Bécquer. Los mismos que enterraron a Lorca y ahora ensucian la memoria de Machado, muerto en el exilio. Lean la reciente columna de Julio Llamazares.

Pero la poesía, que solo es poesía si duele, se abre camino para decir los sentimientos «que todavía no están permitidos a las mujeres». Ni a los gais ni a los sobrinos del señor cura. Y cuando es Amancio Prada –que crece como artista, y nos hace crecer, en cada concierto–quien pone voz y música a esos sentimientos, la lírica sobrevuela la ecclesia de los humildes y penetra en los corazones como «la estrella que brilla y como el viento que zoa».

“Si cantan –Gil, Rosalía, Lorca, Amancio– eres tú que cantas, si lloran, eres tú que lloras, y eres el murmullo del río y eres la noche y eres la aurora”. Para huir del lodazal de las ratas, necesito contarles que la vida real no sale en el telediario, que la belleza está ahí fuera, en los ojos húmedos del vecino del Ensanche que, al acabar el concierto, abrazó a Amancio: «Hacía mucho tiempo que no lloraba de emoción».

Mientras en el Vaticano se empañan los cristales con el vaho de la hipocresía y la soberbia, a las orillas del Sar orballan lágrimas de misericordia y repican, en la guitarra centenaria de Amancio Prada, las campanas de Bastavales. ¡Arriba las ramas!
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