El cineasta leonés Raúl Alaejos ha rodado un documental titulado ‘Objeto de estudio’ (se puede ver hoy, 19:30 horas, en El Albéitar) en el que trata de sacar alguna conclusión sobre el experimento que inició a primeros del siglo XX Robert Peary en Groenlandia. El explorador americano, obsesionado con llegar el primero al Polo Norte, quiso crear una super-raza a partir de su propio mestizaje con la población local, los inuit, a los que terminó llevando a Nueva York para exponerlos en el Museo de Ciencias Naturales como si fueran animales exóticos. Pero más allá de Groenlandia, convertida ahora epicentro de la geopolítica mundial, Alaejos propone una interesante reflexión sobre lo que siempre condiciona la presencia de una cámara, que es al mismo tiempo el pecado y la penitencia del narrador. En una entrevista que hoy publica este periódico, el cineasta dice que los propios inuit, pese a estar tan alejados de todas las civilizaciones, están tan habituados a la presencia de cámaras de fotógrafos y documentalistas como él que, sin que nadie se lo pida, dan una imagen estereotipada de sí mismos.
De Groenlandia se ha hablado estos días en Davos, en foro que más parece una concentración de gallos que de líderes mundiales preocupados por el futuro del planeta. El presidente de Canadá dio un discurso admirable en el que venía a decir, de forma mucho más elegante que yo, que Donald Trump es un salvaje que actúa como un abusón de instituto. Pero resulta que Donald Trump, que ha necesitado amenazar a medio mundo para que dejemos de tomárnoslo a guasa, llegó y dijo que no quería quedarse con Groenlandia sino comprarla. Y con el dinero por delante, en Davos y en Laguna Dalga, todo el mundo te ve de otra manera, hasta los propios inuit, a los que puede prometer cien mil dólares si aceptan la nacionalidad norteamericana, así que ahora quizá hasta les empiece a hacer gracia su peinado.
Por el corral de gallos de Davos pasó también estos días Elon Musk, uno de esos tipos que ya resultaban despreciables antes incluso de hacerse multimillonario. Ha sido capaz de medirse el ego con el mismísimo Trump. Entre otras ideas, Musk propuso al prestigioso foro que algunas de las zonas vacías de España y de Sicilia se llenen de placas solares para convertirse «en la central eléctrica de toda Europa», porque augura que el año que viene el mundo se va llenar de robots humanoides y supongo que los va a manejar todos él. Sé que el panorama no está para andar alardeando de testosterona, que como mínimo hay un facha en cada corrillo y dos o tres en cada grupo de Whatsapp, que la Tercera Guerra Mundial está a punto de estallar, que la violencia nunca es una opción, que luego me arrepentiría y todo lo que haya que decir para poner las disculpas por adelantado, pero, la verdad, joder, así, según bajara de su Tesla o de su nave espacial, ¡qué bofetón le daba!
La España rural, vista desde un atril internacional, es una abstracción cómoda. No tiene nombres propios, ni colegios cerrados, ni médicos a tiempo parcial. No tiene alcaldes peleando por una ambulancia ni transporte a la demanda, ni banderas carlistas en los tractores, ni viejos haciendo cuentas para llegar a fin de mes. Tiene sol. Y eso, en el PowerPoint adecuado, lo explica todo. Por el desprecio con el que habló Elon Musk, así como si fuéramos un descampado, que es donde siempre pasa todo lo malo, creo que sólo se ha fijado en lo que puede ver desde sus satélites y que no propone convertirnos en colonia energética por hacer un homenaje a nuestra arraigada tradición y demostrada maestría en la técnica del enchufismo. ¿Verdad, (ponga aquí el nombre en el que esté pensando)?
Lo que quizá sí le habría contado su propia inteligencia artificial es el informe del Instituto Nacional de Estadística que también se publicó esta semana y que dice que en este rincón del planeta hay tres mayores de 64 por cada menor de 16. Pasa en Zamora, Orense, Lugo y León, que será seguramente donde Musk quiere instalar la central eléctrica de Europa. Da la sensación de que nos ha elegido un algoritmo y que sólo se acuerda de nosotros para cosas así: volar drones, poner molinos, antes hacer pantanos, agujerear la tierra, dejar la ruina y llevarse la riqueza... y en general todo aquello para lo que se necesite campo abierto y poca resistencia. Vamos haciendo campañas rompedoras a las ferias de turismo y luego pasa lo que pasa: Mañueco se presenta en Fitur con el temerario eslogan de «El cielo nos eligió» y resulta que no era para entregarse al misticismo ni para ver iglesias, ni eclipses, ni estrellas, sino para llenarlo todo de placas.
Seguro que Elon Musk ya sabrá a estas alturas, porque lo sé hasta yo, que el resultado de las elecciones autonómicas en Castilla y León va a ser similar al de Extremadura y al de Aragón, con Vox triunfando sin la necesidad de hacer nada (ni siquiera tiene candidato), con el PSOE deseando que su candidato no asome mucho y vendiéndose como salvador ante la extrema derecha pero al mismo tiempo potenciándola y con el PP siendo incapaz de recuperarse, ya casi una década después, del erial que dejaron Aznar yRajoy. Y, por aquí, con alguien siempre tapándole la boca a UPLcada vez que la abre, más aún si es en lleunés, por ser cómplices del abandono socialista. La lógica dice que deberían perder todos, pero las matemáticas dicen que eso es imposible. Son los que tienen que evitar que esto se convierta en un gran huerto solar, así que creo que lo mejor que podríamos ir haciendo los leoneses es aprender a posar ante las cámaras, que se nota mucho cuando las sonrisas son forzadas, para no resultar demasiado estereotipados cuando vengan por aquí de safari los reporteros del NathionalGeographic a retratar cómo es la vida en la central eléctrica de toda Europa.