No tiene que ver demasiado con el ansia expansionista de Donald Trump, pero el documental del leonés Raúl Alejos no puede llegar más a tiempo. Se titula ‘Objeto de estudio’ y, como otros trabajos de quien se ha convertido en uno de los realizadores leoneses más interesantes de los últimos años, profundiza en dos ideas fundamentales: la forma en la que documentar una determinada realidad la termina transformado y, por otro lado, los resultados del experimento del colonizador Robert Peary para crear a partir del mestizaje con la población autóctona de Groenlandia, los inuit, para poder generar una «super-raza». ‘Objeto de estudio’, película realizada gracias a una beca Leonardo del BBVA y recientemente premiada en el concurso ‘Días de cine’, se iba a ver el viernes en la Fundación, Cerezales, con la que Alaejos ya ha colaborado en más ocasiones, se suspendió por la nevada, pero se puede ver este domingo en El Albéitar (19:30 horas).
- 'Objeto de estudio' cuestiona la propia forma de mirar. ¿En qué momento decidió que la cámara debía convertirse también en protagonista del relato?
- La cámara siempre es protagonista. Lo condiciona todo. Podemos tratar de disimular, pero creo que debemos evidenciarlo de alguna manera y no jugar a la cámara invisible. Objeto de estudio va de esto. De la relación que se establece entre el filmado y el qué filma con una cámara de por medio.
-Tras años trabajando en regiones polares, ¿qué fue lo que más le sorprendió de la vida cotidiana en Groenlandia frente a la imagen que tenemos desde Occidente?
- La realidad del pueblo inuit es compleja y muy heterogénea. No podemos hablar de una sola realidad en un territorio de dos millones de kilómetros cuadrados con pueblos que están verdaderamente aislados. En la zona del noroeste, lo más llamativo es esa convivencia entre la herencia ancestral del pueblo inuit y una occidentalización impuesta. Este choque tiene muchos aspectos dramáticos, pero también es muy interesante ver cómo todo se reconfigura y obtiene nuevos sentidos. Creo que nos viene bien mirar esa polaridad desde otra lógica. Mirar al pueblo inuit como un pueblo con gran capacidad de superponer distintas realidades y con total autonomía.
- La vocación por hacer documentales se puede entender pero, ¿por qué un creador leonés se interesa por un territorio tan remoto como Groenlandia?
- Durante mucho tiempo trabajé para Greenpeace como realizador de sus campañas de comunicación. Hicimos varios trabajos en regiones polares. Eran viajes con una finalidad muy clara: mostrar la belleza del Ártico y dar a conocer lo que allí está ocurriendo . Ahora es bien sabido, pero hace unos años se ponía en duda el deshielo y no se tenía tan interiorizado que el Ártico es una zona clave en el calentamiento global. Para Greenpeace era importante transmitir el mensaje de que lo que ocurre en el Ártico nos afecta a todos. Llevamos a cabo varias campañas de sensibilización. Recuerdo con especial cariño la que hicimos con Ludovico Einaudi por su dificultad y por lo bien que funcionó. Campaña: https://www.youtube.com/watch?v=2DLnhdnSUVs Making off: https://www.youtube.com/watch?v=IUMog65A-nM
- Usted habla de una sensación de práctica “extractivista” en el documental antropológico. ¿Cree que el cine todavía reproduce dinámicas coloniales sin ser consciente?
- Sí, de alguna manera todos lo hacemos. Creo que estaría muy bien que revisáramos nuestra manera de mirar. No solo hacia otras comunidades sino también a quienes tenemos cerca. En la práctica del documental etnográfico se tiene mucho cuidado y se revisa constantemente. En el documental más generalista puedes encontrar miradas paternalistas, condescendientes o exotizantes. Cuando te aproximas a filmar una realidad que no conoces, lo lógico es llevar incrustadas ideas preconcebidas. Por eso me parece importante hacer el esfuerzo de “desaprender" en terreno. Cuando revisé el metraje que había filmado los primeros días, descubrí cómo, sin querer, estaba romantizando el paisaje polar. Siempre encuadraba un gran paisaje con un pequeño personaje en un lado. Incluso, descubrí un encuadre exactamente igual que un cuadro de Friedericth. Objeto de Estudio es un ejercicio de repensar todo esto.

- Cómo fue el contacto real con las comunidades inuit y qué aprendió de ellas más allá de lo que aparece en pantalla?
- Al principio nos costó mucho. Había una frontera idiomática y cultural grande. Por otro lado, Qaanaaq es un pueblo muy remoto, pero a la vez muy filmado al encontrarse allí los últimos cazadores polares. Sin querer, ellos mismos nos ofrecían una imagen estereotipada. En el momento en que aparecía un equipo de grabación asumían su rol sin necesidad de hablar. Lo han hecho muchas veces. Nuestro caso era distinto y nos llevó un tiempo romper esas dinámicas. La propuesta era pasar tiempo juntos, deambular hasta que las escenas fuesen apareciendo solas. Este plan de rodaje tan incierto, al principio era un poco desconcertante, pero, sin embargo, nos permitía establecer otro tipo de relación. Lo que más me atrajo es su relación con el entorno. El inuit no concibe esa separación entre humano y paisaje. Los animales están al mismo nivel ya que históricamente la interdependencia entre ambas especies ha sido total. Siempre están mirando al hielo del horizonte porque siempre están pasando cosas allí.
- El documental aborda el experimento de mestizaje impulsado por Robert Peary, que quería crear una ‘super-raza’. ¿Qué huellas siguen siendo visibles hoy en esas familias?
- Aunque inicialmente era importante para mí encontrar a los descendientes de Robert Peary y Mathew Henson (dos exploradores norteamericanos que tuvieron descendencia con población local a principios del siglo XX) poco a poco me fui dando cuenta de que se trataba de una aproximación totalmente insustancial. Por supuesto, esto no tenía ninguna importancia allí y aunque abandoné esa vía de investigación, en el montaje lo recuperé. Me hacía gracia abordar mi propio fracaso durante el rodaje. En definitiva, ese fracaso también hablaba de una forma de mirar al otro.
- ¿Qué papel juega el humor dentro de una investigación que trata temas tan complejos y delicados?
-Me parece que el humor es una gran herramienta para decir cosas serias. Mientras investigaba cómo la antropología visual había abordado el acto de filmar a otras comunidades, tenía siempre un sentimiento de culpabilidad. Pensaba que grabara lo que grabara iba a tener una mirada colonial. Finalmente, decidí abordar este complejo desde el humor e incorporarlo así en la película. Pensé, junto a David (la persona que llevaba la radio local de Qaanaaq) que podríamos jugar a emitir en la radio consejos sobre cómo filmar al “nativo”. Esta idea extravagante y provocadora solo pretendía enseñar a través del humor mi propia frustración en el terreno. Ha sido sorprendente que en muchas proyecciones me pregunten si esas escenas son reales. Lo cual es bastante significativo. Estamos en un punto de tal sobreexposición que nos parece verosímil que en el pueblo más septentrional del planeta emitan en la radio consejos dirigidos a los documentalistas visitantes, recordándoles cómo filmar a la población con respeto.
- Tras cuatro años de trabajo, ¿qué conclusión personal sacó sobre la manera en la que Occidente observa a “los otros”?
- En realidad, puedo dar pocas respuestas respecto a esto. Esta película siempre la he visto como una película de autoayuda que me pudiera servir para darle una vuelta a todo esto. Para entender mejor cómo funciona ese eje retratado-cámara-filmador. Me apetecía poner en evidencia lo que ocurre fuera del cuadro. Enseñar el truco. Poner al espectador en un lugar incómodo, donde tenga que decidir en qué lugar se posiciona y sacar sus propias conclusiones. La película pretende abrir más preguntas y no tratar de responderlas. Para eso ya existen documentales muy explicativos.
- Donald Trump ha puesto a Groenlandia en el epicentro de la actualidad internacional, ¿cree que la isla sigue siendo vista más como territorio estratégico que como hogar de un pueblo?
- Siempre se ha mirado como un territorio estratégico. Desde los primeros vikingos hasta hoy, Groenlandia ha tenido ese estigma. Es un pueblo que recientemente ha sufrido por parte de Dinamarca un proyecto colonial de modernización muy tutelado y orientado a transformar una sociedad inuit. Groenlandia se encuentra en un momento de autodeterminación que está siendo lastrado por la enorme dependencia económica de Dinamarca. Por eso, es tan delicado que ahora Trump ofrezca dólares. Desde luego, Groenlandia siempre ha sido mirada con ojos extractivistas desde todos los países que forman el Consejo Ártico.
- Después de 'Objeto de estudio', ¿cómo cree que debería cambiar la forma de contar la vida en lugares como Groenlandia desde el cine y los medios?
- Creo que cada uno ha de abordar esto desde su propia experiencia. No hay fórmulas para esto. Al principio le daba muchas vueltas a encontrar maneras de objetivizar, pero en realidad, creo que lo más honesto es asumir tu propia mochila cultural y confrontarla. Cada uno miramos desde un lugar, está bien explicar desde dónde lo haces tú. En este sentido me ayudó mucho un grupo de trabajo que existe en León y que investiga todo esto. No existe ninguna iniciativa tan interesante en todo el Estado. Se llaman LAAV (Lavoratorio de antropología visual experimental) y su blog es formidable: www.laav.es