Era una mañana de mierda en Cubillos del Sil y vino José María Figaredo, portavoz de Vox en materia económica y presupuestaria en el Congreso de los Diputados, a nublárnosla un poco más. Devorado ya completamente por el personaje, todo en su hiperbólica puesta en escena sorprende por contradictorio, ese mal de la política que a su partido, instalado en la bronca y sin asumir responsabilidades, de momento no le echan en cara sus votantes. Sorprende, en primer lugar, su desfase trisecular: un joven nacido en 1988 vive atrapado en un señor nacido en 1898. Sorprende ese aire de intelectual, cuando menos de individuo reflexivo, que se desvanece en cuanto abre la boca, doblando siempre cada una de sus descabelladas apuestas. Sorprende, confieso, que las barbaridades que dice no vengan de una voz torrencial sino, más bien, todo lo contrario. Quizá lo uno por lo otro y eso lo explica todo. Sorprende que parezca siempre enfadado con el mundo cuando, en realidad, se está riendo de todos nosotros.
En la mañana de mierda quiso Figaredo ser más borrasca que todas las borrascas. Para que alguien le diera pie, sus secuaces se buscaron un periodista afín y le pasaron una serie de temas (no se le pueden llamar preguntas a balbucear: «Entonces... esto de las borrascas y las políticas verdes...») y se levantó el telón de su teatrillo. Ahora la narrativa de la política ya no se basa en sesudos discursos sino en generar momentos virales (lo sabe bien Rufián), así que soltó una chapa infumable en la que empezó hablando de las centrales térmicas y de las zonas de bajas emisiones y terminó hablando de pintores y de verduras frescas. Vino Figaredo a repartir lecciones básicas de gestión y dignidad política justo el día que había pedido permiso para no acudir al pleno del Congreso de los Diputados pero votar desde la distancia, por lo que tan jugoso sueldo público recibe todos los meses, luego supimos que amparado en un permiso de paternidad que, en cambio, utilizó para conciliar únicamente con su partido. Aprovechó para hablar de terrorismo ecologista, de soberanía energética, de que la térmica era una mina para el Bierzo (campanas había oído, no se puede decir que no) y a hacerse fotos, entre otros, con un individuo condenado por agredir a otro político, lo que supone un mensaje demasiado temerario incluso tratándose de un temerario como Figaredo.
El listado de temas que le habrían mandado desde Madrid, que reenvió después a sus secuaces y que sus secuaces le reenviaron luego al periodista afín también incluía, pese a todo ello y sin anestesia, lecciones varias de ética periodística. A la sesuda pregunta de «entonces, lo de entrar en TVE con un lanzallamas... ¿o era mejor con una motosierra?», respondió Figaredo sin titubear: «¡Con una bomba nuclear!». Supongo que de ahí viene lo de la soberanía energética. Para completar el circo, en el lodazal de las redes, los matones virtuales a sueldo de su partido compartían después la escena añadiendo un «así es como Figaredo tapa la boca a un progre-periodista».
Yonki de la tensión narrativa, agitador de vísceras, su in crescendo a cámara terminó de forma absolutamente genial. Obviando su enésima contradicción (fue su partido el que autorizó que se demoliesen las torres de la central térmica durante el poco tiempo que se atrevió a asumir el poder en la Junta y, en cambio, ahora hablan de traición a los bercianos), se fue viniendo poco a poco arriba con sus palabras, yendo siempre un poco más allá en las comparaciones y dejando que se le fueran definitivamente de las manos todas sus alegorías. Todo le parecía poco. Se escuchaban explosiones, los insultos de sus palmeros y varias sirenas que le daban a la escena un punto todavía más dantesco. A su lado, su propio candidato ponía cara de «a ver si con un poco de suerte este hombre no me viene a ayudar más veces». Se le veía a Figaredo con la intención de hacer coincidir el final de su perorata con la caída de las chimeneas para completar un documento cinematográfico a la altura de los más grandes de Hollywood, así que tuvo que ir estirando sus palabras, rebuscando los adjetivos, conjugando peligrosos verbos, que si «el último clavo del ataúd», que si el «fusilamiento al bienestar de los españoles», hasta que él mismo se cansó y decidió apostar por el silencio, a buen seguro que con la intención de sobrecoger a los espectadores. Por si no había quedado el mensaje claro, Figaredo quiso añadir justo al final que «levantaremos todo lo que ellos destruyan» mientras, al fondo de la imagen, cuando se disipa el humo, se ve que una de las chimeneas ha permanecido en pie, dejándonos demasiadas metáforas flotando en la mañana de mierda.