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No cometerás ‘faltas impuras’

No cometerás ‘faltas impuras’

OPINIóN IR

10/11/2018 A A
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No cometerás ‘faltas impuras’
No es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero para la ortografía probablemente sí. El escolar que pretendía cursar el Bachillerato, en el periodo comprendido entre 1953 y 1970, debería, en el año que cumpliese diez años, superar la Prueba de Ingreso. Algunos lectores quizás lo recuerden: el dictado, en el que no se podían cometer más de tres faltas de ortografía, las operaciones matemáticas, los mapas colgados en los que había que distinguir ríos, cordilleras…, y otras cuestiones de cultura general. Examinaban unos profesores de instituto, desconocidos, que para un niño suponían mucho respeto, y si superabas las distintas pruebas, la calificación obtenida era ‘Apto’; y el ‘No apto’ conllevaba volver a la escuela para presentarse de nuevo al año siguiente.

Hay quienes atribuyen a la exigencia para aprender una actitud dictatorial, cuando no excluyente y discriminatoria. Sin embargo, estudiar supone un esfuerzo y una disciplina, sin los cuales no es posible adquirir unos conocimientos, y tampoco el que despierte en uno la imprescindible curiosidad por llenar de contenido las palabras, tanto las comunes como las propias. De la enseñanza han desaparecido pruebas externas, a cargo de profesores funcionarios, para acceder a la enseñanza secundaria, de suerte que donde en las décadas antes citadas existían, además de la Prueba de Ingreso, dos reválidas y el examen de acceso a la universidad, en la actualidad solo pervive la última. No obstante, habría que reconocer que el anterior bachillerato, BUP y COU, garantizaba una mayor homogeneidad en las aulas, y que la opción profesional, a los 14 años, propiciaba la formación cualificada para determinados oficios y profesiones, sin el apartamiento total de una cultura humanística.

Desde 1990, en que se implanta la Logse, los zarandeos en los currículos educativos han sido constantes, lo cual no deja ser la manifestación más palpable de una política de poco vuelo, tan cainita para con el principal tema que representa la entidad de un pueblo. A ello hay que sumar el desbarajuste creado por las condiciones con que han sido transferidas las competencias de educación a las regiones y comunidades, y el desentendimiento de los gobiernos por tomar medidas eficaces de armonización, sin pruebas comunes para todo el Estado, incluidos el temario y tribunal de oposiciones; o sin competencias para decidir los libros de texto, cuando no un aprendizaje ajeno, o manipulado, de los hechos culturales, históricos, que fundamentan la existencia de la nación.

Factores tan diversos, como los reseñados, y otros nuevos surgidos con las nuevas tecnologías, vienen perjudicando el dominio de nuestro principal bien educativo: la lengua, el español. Por muchas teorías de pedagogos, sicólogos y sociólogos (a los que se les ha dado un papel predominante en los diseños de la enseñanza, en detrimento del parecer de los más competentes, los profesores), la corrección lingüística se alcanza sin sofisticadas estrategias curriculares. Según el profesor Alarcos, es «una cuestión puramente de uso y perfeccionamiento particular de cada uno. Y eso solo se consigue leyendo, hablando y escribiendo». No es esta la única reflexión de este insigne académico, sino que denunció cómo los profesores en vez de enseñar lengua se ven obligados a impartir gramática, cuando hasta la adolescencia no es procedente exigir apenas teoría gramatical.

Leer, hablar, escribir, con soltura y corrección son, por lo que se comprueba en la actualidad, competencias de las que carecen muchos opositores a la enseñanza; y ello explica el que en distintas autonomías, en las que se penalizaron las faltas de ortografía, hayan quedado este año vacantes el 9,6 % de las plazas convocadas. Como si fuera un nuevo descubrimiento, grandes titulares en los medios informativos han abordado este fracaso, que solo ha sido verificado en algunos territorios. Mas solo hay que ir a sus páginas en Internet, antes de la corrección para la versión impresa, y comprobar la existencia de errores garrafales, que no se hubieran aceptado para aprobar un niño la antigua Prueba de Ingreso.

La desestima por el español en el uso ortográfico, en la aceptación gratuita de anglicismos y en lo no menos dañino, por la supina ignorancia de lo que es una lengua por cuantos lo quieren imponer, el llamado ‘lenguaje inclusivo’, amenazan la esencia de nuestra cultura, que se expresa esencialmente con palabras; y la propia unidad de una lengua propia de unos 500 millones de hablantes.

Resulta que en aquellas décadas de los pasados cincuenta, sesenta, sin bibliotecas públicas, se gozaba la lectura con el préstamo por las librerías (previo abono de una pequeña cantidad) de manoseados relatos, y apenas se cometían faltas de ortografía; y, ahora, que ‘cunde’ el derroche en libros lujosamente ilustrados, hasta hay aspirantes a profesores que carecen de la competencia fundamental para ejercer la docencia de la lengua y la literatura.

Y, entretanto, la educación, a la que si algo le conviene es responsables discretos y un trabajo concienzudo en su concepción, sigue siendo motivo de rivalidad y de propaganda en pildoritas.
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