En un tiempo en el que cada vez son menos quienes deciden quedarse en los pueblos y vivir del campo, Adelina García Pérez representa el ejemplo de una mujer que ha hecho de la ganadería mucho más que un trabajo: una forma de entender la vida.
Nacida en Saceda, en el seno de una familia de ganaderos, Adelina creció rodeada de ovejas, vacas y jornadas interminables de trabajo. Sus padres vivían principalmente de un importante rebaño de ovejas y mantenían también algunas vacas destinadas a las labores agrícolas, cuando los animales eran la fuerza que movía carros y arados. Aquella infancia marcó para siempre su destino.
Desde 2002 dirige su propia explotación ganadera y hoy vive en Sigüeya, desde donde atiende un rebaño de entre 120 y 130 reses, de las que unas setenta son vacas madres y el resto novillas y terneros. En momentos puntuales como pueden ser el reunir la vacada para el saneamiento o recogida de terneros, siempre cuenta con la ayuda de su hermano, también ganadero, su pareja y amigos.
«Yo nací ya con el ganado», resume con una sonrisa. Una frase sencilla que explica toda una vida.
Cada temporada Adelina selecciona las mejores terneras para asegurar el futuro de la explotación. Las jóvenes sustituyen a las vacas más viejas o a aquellas que han sufrido enfermedades como la mamitis, una infección que puede dejar inutilizada parte de la ubre e incluso provocar la muerte del animal si no se trata a tiempo. Siempre hay que ir renovando el ganado para mantener la explotación», explica mientras observa con atención a cada una de sus vacas.
Los toros son otra de las piezas fundamentales. Todos son de raza Limusín pura, cuidadosamente seleccionados. «Por muy buena que sea una vaca, si no tienes un toro bueno, el ternero no va a salir igual.» Las vacas, en cambio, son una mezcla de distintas razas, fruto de muchos años de selección buscando rusticidad, facilidad de parto y adaptación al terreno.
Cuando se le pregunta si cambiaría su profesión por otra, la respuesta es inmediata. «Mi trabajo me hace feliz». No duda ni un segundo. Reconoce que pocos pueden afirmar que disfrutan trabajando, pero ella sí. «Estoy haciendo lo que realmente me gusta».

Esa felicidad, sin embargo, tiene un precio. Los inviernos en La Cabrera son largos y duros. Durante los meses de frío las vacas abandonan los pastos de alta montaña y bajan a cotas más bajas, donde reciben alimentación suplementaria con hierba y forraje.
Las novillas destinadas a reposición permanecen varios meses estabuladas hasta alcanzar la edad adecuada para incorporarse al rebaño y ser cubiertas por los toros.
La jornada nunca termina. Cada día hay que recorrer kilómetros de pistas de montaña, vigilar los animales, comprobar que ninguno esté enfermo y atender cualquier incidencia.
Un paisaje privilegiado
Durante el recorrido por los montes de Sigüeya, el paisaje deja sin palabras. Desde las cumbres se divisan Las Médulas, los valles de La Cabrera, los pueblos bercianos y una inmensa extensión de montañas que parecen no tener fin. «Solo trabajar aquí ya merece la pena», asegura. Ese contacto permanente con la naturaleza es una de las razones por las que nunca se ha planteado abandonar esta vida.
Si hay un asunto que preocupa especialmente a los ganaderos de la comarca, ese es el lobo. Para Adelina no se trata de un debate político ni ideológico. Es una realidad que vive cada año.
Recuerda perfectamente una mañana, que se encontró una res y cuando llegó hasta el animal ya apenas quedaban restos. Días después llegó incluso a ver salir siete lobos del lugar donde había quedado el cadáver.
Conocer cada vaca
Mientras reparte un poco de pienso, las vacas acuden tranquilamente. Muchas responden incluso a su voz. Conoce perfectamente el carácter de cada una, sus problemas sanitarios y hasta sus costumbres.
Durante el reparto observa los ojos de los animales para detectar posibles casos de conjuntivitis infecciosa, una enfermedad muy contagiosa que puede llegar a provocar ceguera, pero hace todo lo posible por evitarlo. Separar los distintos grupos durante el verano ayuda a reducir el riesgo de contagio. Ese conocimiento diario solo se adquiere tras muchos años conviviendo con el ganado. Recalca que lo que si es cierto que el lobo les hace mucho daño.
Los ataques deben comunicarse inmediatamente a los agentes medioambientales para que certifiquen que realmente han sido causados por el lobo. Solo entonces puede iniciarse el procedimiento para solicitar una indemnización o recurrir al seguro ganadero que han contratado.
Aunque reconoce que existen ayudas, considera que las pérdidas económicas y el sufrimiento de los animales nunca quedan totalmente compensados.
La historia de Adelina García Pérez es la de tantas mujeres rurales que durante décadas han sostenido el mundo ganadero con un esfuerzo silencioso. Lejos de los focos, recorre cada día caminos de montaña, atiende partos, cura enfermedades, controla la alimentación y protege un patrimonio que forma parte de la identidad de La Cabrera.
No habla de sacrificio. Habla de felicidad. Porque para ella no existe mejor oficina que las montañas, ni mejor recompensa que ver crecer un ternero sano entre los pastos donde ella misma comenzó a caminar siendo una niña.
Adelina es mujer, cabreiresa y ganadera. Tres palabras que resumen una vida entera dedicada a lo que le hace feliz, al campo, y que representan el carácter de una tierra donde la tradición, el esfuerzo y el amor por la naturaleza siguen escribiendo historias que merecen ser contadas.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
