La tierra donde vivimos, muchas veces, es un preciado bien que no siempre aprovechamos. No es el caso del cabreirés de Sigüeya Javier Carracedo que llegó al mundo de la apicultura como una afición más, con bastante presencia en su comarca, y el tiempo le ha llevado a ser un ejemplo de buen hacer en ese fascinante mundo.
Aprovechó Carracedo el moverse por este rincón privilegiado de la Cabrera leonesa, donde los brezales y los castaños cubren las laderas por encima de los 900 metros de altitud, y allí ha hecho de la apicultura mucho más que un oficio. Natural de Sigüeya, aunque residente en O Barco de Valdeorras, este apicultor de 51 años gestiona junto a sus tres hermanos alrededor de 500 colmenas certificadas en producción ecológica, repartidas por distintos parajes del valle del río Cabrera.

Lo que comenzó casi por casualidad hace una década es hoy una empresa consolidada que comercializa miel en varias ciudades españolas sin renunciar a la esencia artesanal de sus orígenes. "Todo empezó con dos colmenas que un vecino ya no quería. Las iba a quitar y decidimos quedárnoslas. Al año siguiente ya teníamos quince y vimos que la gente valoraba mucho la calidad de la miel. Poco a poco fuimos creciendo", recuerda Carracedo.
El apicultor cabreirés tiene muy claro cuál es el secreto de su producto: la ubicación. "No me gusta sacar miel de zonas bajas. Para mí una buena miel tiene que producirse por encima de los 800 metros de altitud".
Las colmenas se encuentran repartidas entre distintos pueblos del valle —Lomba, Silván, Sigüeya o Llamas—, donde predominan dos floraciones que definen el carácter de la miel: el brezo y el castaño. Cada año realizan una única cosecha, entre mediados y finales de agosto, ya que la altitud y el clima no permiten una segunda extracción, como ocurre en zonas más cálidas.
La práctica, la afición, las ganas de producir un buen producto llevan a Carracedo a llevar la conversación por derroteros de la apicultura. Así Javier desmonta uno de los errores más frecuentes entre los consumidores. "La miel buena siempre acaba cristalizando. Cuando se pone dura significa que es pura", explica y advierte además de un error muy habitual en muchas casas. "Nunca hay que meter la miel al baño María ni al microondas. Si supera una temperatura elevada pierde todas sus propiedades. Nosotros decimos que es una miel muera".
Ante ello, su recomendación es sencilla: "si la miel cristaliza, basta con colocar el tarro bajo agua templada, aproximadamente a la temperatura del agua caliente del grifo, hasta que recupere parte de su fluidez".
Las 500 colmenas de Javier están certificadas como ecológicas, una condición que obliga a seguir estrictos protocolos de producción. "No podemos alimentar las abejas con productos artificiales. Cuando recogemos la miel dejamos siempre llena la cámara de cría con su propia miel para que pasen el invierno".
El control lo realiza el organismo certificador correspondiente, que inspecciona periódicamente las explotaciones para garantizar el cumplimiento de la normativa ecológica.

Aunque la imagen romántica de la apicultura pueda sugerir un trabajo sencillo, Carracedo asegura que cada año resulta más complejo mantener sanas las colmenas.
Entre los principales enemigos cita la avispa asiática (Vespa velutina) y la varroa, un ácaro que debilita gravemente a las abejas. "La velutina se coloca en la entrada de la colmena y va capturando las abejas una a una. Cuando la colonia queda muy debilitada entra dentro y prácticamente acaba con ella". A ello se suman los cambios climáticos, las enfermedades y el incremento constante de los costes de producción.
Uno de los aspectos más sorprendentes de su trabajo es la cría de reinas. Carracedo produce sus propias reinas mediante un proceso que requiere experiencia y precisión. "Hay que dejar una colmena huérfana, sin reina, preparar larvas de un solo día con jalea real y después introducirlas para que las abejas críen una nueva reina".
Un trabajo minucioso que demuestra hasta qué punto la apicultura combina tradición, observación y conocimientos biológicos.
Con unas 300 colmenas productivas, la explotación obtiene entre 15 y 20 kilos de miel por colmena, una producción condicionada por las enfermedades, el clima y la presión de la avispa asiática. Según explica, es posible vivir de la apicultura, aunque sin grandes lujos. "Se puede sacar adelante una familia si trabajas bien y sabes gestionar la explotación".
Actualmente comercializan la miel en establecimientos de Madrid, Oviedo, Ourense, Ponferrada y O Barco, además de seguir ampliando poco a poco su red de distribución.
Y recuerda Carracedo algunas realidades que no siempre se valoran. "Si desaparecen las abejas, desaparece buena parte de la agricultura."
Explica que la función de estos insectos es imprescindible para la polinización de árboles frutales y numerosas especies vegetales.
"La abeja lleva el polen de una flor a otra. Gracias a ese trabajo se produce la fecundación y nacen los frutos. Sin ellas habría muchas menos cerezas, manzanas, castañas, almendras, etcétera".
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