Inquieto como pocos, este investigador, profesor y director de la Escuela de Arte de León ha sido el principal impulsor del Congreso sobre cines y teatro leoneses que arrancará el próximo día 22 de sepotiembre y el coordinador del libro que La Nueva Crónica distribuirá a partir del próximo sábado 19 por 29,95 euros.
– ¿Cómo nace la idea de publicar ‘Teatros y cines leoneses’ y qué vacío pretende cubrir dentro de la historia cultural de la provincia?
– La idea nace de una constatación muy sencilla: conocemos los grandes nombres y los grandes edificios, pero muchas veces hemos olvidado la historia cotidiana que hay detrás de ellos. Un teatro o un cine no es solamente un inmueble; es un espacio en el que una sociedad se reúne, conversa, se emociona y construye sus propios recuerdos. Por eso queríamos recuperar esa memoria y hacerlo desde una mirada amplia, que abarcase tanto la historia arquitectónica como la social, cultural y patrimonial. En mi caso, he trabajado tres siglos de historia teatral en León, desde el patio de comedias hasta el Teatro Emperador, con documentación que permite conocer aspectos poco divulgados y muchos de ellos inéditos.
– ¿Qué criterio siguió para reunir a los distintos especialistas y distribuir entre ellos las épocas, los territorios y las salas estudiadas?
– Uno de los criterios fundamentales ha sido contar con especialistas capaces de estudiar cada periodo y cada espacio desde su propia perspectiva. El resultado es una obra global, en la que se analizan, en mayor o en menor profundidad, prácticamente los casi 200 teatros y cines que existieron a lo largo y ancho de toda la geografía leonesa, con especial atención a León capital, Ponferrada, La Bañeza, Villafranca del Bierzo, Astorga y también las cuencas mineras. Esa diversidad era imprescindible porque la historia del espectáculo en la provincia no se explica únicamente desde la capital, sino que cuenta con numerosos y variopintos escenarios teatrales y cinematográficos repartidos por toda la provincia. Además, el libro nace vinculado al congreso y pretende precisamente que la investigación salga del ámbito académico y llegue a la sociedad de una manera dinámica .
– ¿Estamos ante un libro fundamentalmente histórico o también ante un ejercicio de recuperación de la memoria sentimental de varias generaciones de leoneses?
– Sin duda. La documentación histórica nos permite saber cómo eran aquellos lugares, pero las anécdotas nos permiten entender qué significaban para la gente. Como bien se recoge en el prólogo, Antonio Pereira contaba que conoció a su mujer en una cola de cine; José María Merino convirtió el cine Mary en materia literaria en ‘El niño lobo del cine Mary’, incluso Luis Mateo Díez le da título a una de sus últimas obras en el ‘Limbo de los cines’; y Julio Llamazares recuerda el Cine Minero de Olleros de Sabero, una experiencia que después aparecería en ‘Escenas de cine mudo’. Son historias que demuestran que detrás de cada sala había una vida social enorme. Incluso Juan Pedro Aparicio, en ‘El año del francés’, evoca precios, espectadores, olores y ambientes de los cines leoneses. Esos detalles son los que convierten el patrimonio en memoria viva.
– Usted dedica su capítulo a tres siglos de historia teatral en León, desde el patio de comedias hasta el Teatro Emperador. ¿Cuál ha sido el descubrimiento que más le ha sorprendido durante la investigación?
– Me ha resultado especialmente revelador comprobar hasta qué punto existe una tradición teatral muy temprana en León. Ya que, en 1651 se planteaba la necesidad de contar con un lugar adecuado y estable para llevar a cabo las representaciones, teatrales de festividades como el Corpus, mientras que, cinco años más tarde, ya se documenta la construcción del patio de comedias en la plaza de San Marcelo. Y cuando uno entra en los detalles aparecen cuestiones muy curiosas: el coste de las obras, la distribución de los espectadores en función de la procedencia o condición social o las diferencias en el acceso de hombres y mujeres. Son datos que nos acercan en gran medida a la sociedad leonesa de la Edad Moderna y nos hacen comprender que la cultura del espectáculo formaba parte de la vida urbana mucho antes de lo que solemos imaginar.
– ¿Qué papel desempeñaron los teatros y los cines en la modernización social y cultural de León, especialmente cuando apenas existían otras formas de ocio?
– Pues fundamental porque, en una época en la que apenas existían otras formas de ocio y de acceso a la cultura, se convirtieron en auténticas ventanas al mundo. No eran solamente lugares donde se iba a ver una película o una función: eran espacios -a veces los únicos- de encuentro, de conversación, de sociabilidad y también de aprendizaje. Este aspecto se ve claramente en las cuencas mineras que estudia Francisco Balado. El cine permitía a los trabajadores y a sus familias evadirse de la dureza de la vida cotidiana y acercarse, aunque fuera a través de una pantalla, a ciudades, paisajes, músicas, modas y formas de vida que estaban muy lejos de su realidad. Pero, al mismo tiempo, la propia sala contribuía a modernizar las costumbres y el consumo cultural. Y hay algo muy significativo: el cine ayudaba a crear comunidad. La sesión del domingo era un acontecimiento; allí coincidían generaciones distintas y, después de la película, lo que se había visto se comentaba en la calle, en la taberna o en el economato. Incluso un pueblo que tenía un cine adquiría mayor centralidad dentro de su comarca, porque atraía público, generaba movimiento en el comercio y se convertía en un punto de referencia y encuentro común.
– El libro amplía la mirada más allá de la capital y recorre Ponferrada, La Bañeza, Villafranca del Bierzo y las cuencas mineras. ¿Fue muy diferente la experiencia cinematográfica en los pueblos y en las ciudades?
– Hay diferencias, pero también muchos puntos en común. En León capital encontramos una evolución ligada al crecimiento urbano y a la aparición de grandes teatros y cines, mientras que en los pueblos las salas tuvieron una dimensión comunitaria todavía más evidente. En las cuencas mineras, por ejemplo, el cine podía convertirse en uno de los principales espacios de ocio. Hay una anécdota muy gráfica: quienes no tenían dinero podían quedarse observando los carteles de las películas; otros compraban una entrada y aprovechaban las sesiones continuas, e incluso existían aquellos jóvenes que hacían lo imposible por saltarse la censura y colarse en películas que no tenían permitida.

– ¿Cuánto patrimonio arquitectónico relacionado con los teatros y los cines leoneses se ha perdido y qué edificios considera que todavía deberían protegerse o recuperarse?
– Hemos perdido numerosos cines en la ciudad como el Azul, el Mary, el Avenida o el Lemy, otros se encuentran en un estado latente o descontextualizados por sus nuevos usos, como el Condado o el Abella, pero sobre todo hemos perdido espacios de memoria. El Teatro Principal desapareció en 1966, coincidiendo con el ascenso del Emperador como gran referente de la ciudad, y después su solar pasó a formar parte de la ampliación del Ayuntamiento. Muchos cines terminaron convertidos en discotecas, almacenes, supermercados o viviendas; otros sencillamente quedaron abandonados. Sin embargo, también hay historias de resistencia. En 1986, por ejemplo, la recién creada Junta de Castilla y León frenó el derribo del Trianón e inició su declaración como Bien de Interés Cultural. Un proceso que se dilató durante más de tres décadas y que, aunque no prosperó, facilitó su conservación.
– El Teatro Emperador ocupa un lugar destacado en la publicación. ¿Qué representa este edificio para León y qué futuro cree que debería tener?
– El Emperador representa un momento de modernidad y de ambición cultural para León. Se inauguró el 22 de septiembre de 1951 y desde el principio fue concebido como un gran teatro-cine. Su inauguración tuvo incluso una dimensión festiva y simbólica muy especial, a la que acudieron representantes de la sociedad leonesa, destacando la presencia del escritor y responsable de la obra cultural de la Diputación, Francisco Roa Rico, quien realizó un brillante discurso a modo de loa del edificio, elogiando a la empresa promotora, contando con la actuación de la compañía austriaca Los Vieneses y su revista ‘Sueños de Viena’. Lo relevante del teatro no es solamente su contenedor, de gran valor arquitectónico, sino su significado emocional para los miles de leoneses que durante décadas acudieron a representaciones y películas de historias soñadas, sino el hecho de que se acabara convirtiendo en un centro neurálgico de la vida cultural leonesa. Por eso, su recuperación no solo es necesaria sino urgente y en épocas como la que estamos viviendo, en la que el teatro vive uno de sus mejores momentos, concentrándose exclusivamente en el Auditorio, con mayor sentido.
– El libro se presentará el 21 de septiembre como antesala del congreso que comenzará al día siguiente. ¿Qué asuntos se abordarán en ese encuentro y qué especialistas participarán?
– Aporta riqueza y también contraste de miradas. El Congreso ‘Teatros y cines en León y provincia’ permitirá reunir investigaciones y experiencias muy diversas, con especialistas que se adentrarán en la arquitectura, la historia, la literatura y el patrimonio teatral y el cinematográfico leonés. Esa pluralidad se refleja en el libro y permite entender que no estamos hablando únicamente de edificios, sino de cultura, de ciudadanía y de identidad. También participan voces literarias que ayudan a cerrar ese círculo entre investigación y memoria, como la del premio Cervantes, el leonés Luis Mateo Díez, a través del relato ‘Crisol’ de una de sus obras, bajo el prisma de la especialista Ángeles Encinar. El objetivo era que el conocimiento académico pudiera dialogar con la sociedad y contribuir, además, a la conservación y puesta en valor de este patrimonio tan frágil.

– Cuando los lectores terminen el libro, ¿qué le gustaría que permaneciera en ellos: un mayor conocimiento histórico, el recuerdo de sus antiguas salas o la conciencia de que este patrimonio todavía necesita ser defendido?
– Me gustaría que se quedara con dos ideas. La primera, que León tiene una historia teatral y cinematográfica mucho más rica de lo que a veces pensamos y que merece ser conocida. Y la segunda, que el patrimonio no se defiende únicamente porque un edificio sea antiguo o bello, sino porque detrás de él hay experiencias, personas y memoria colectiva. Por eso me gusta tanto la idea con la que comienza el libro, del director leonés Chema Sarmiento: “El cine es un encuentro, una conversación alrededor de una hoguera”. Creo que resume muy bien lo que fueron aquellas salas y lo que todavía pueden llegar a ser. A partir del próximo sábado 19 de septiembre, cuando el libro se distribuya con La Nueva Crónica, espero que muchos lectores reconozcan lugares que forman parte de su propia historia y, quizá, descubran otros que no conocían. Porque la memoria es también esa pequeña luz que permanece encendida y que, al acercarnos de nuevo, vuelve a iluminar rostros, voces y lugares que creíamos olvidados. Ojalá estas páginas sirvan para mantener viva esa hoguera y para que, alrededor de ella, sigamos encontrándonos.
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