Eel éxodo rural, el proceso inevitable de industrialización, el cierre de las minas y todas sus consecuencias han ido bosquejando una forma de país similar a la de un embudo; siendo su zona central «un agujero negro en torno al que orbita un gran vacío». A ese paisaje inusitado que tan familiar nos resulta ya y que hace las veces de mar de tierra le han cantado poetas y le han escrito escritores; lo han descrito gráficas y lo han confirmado estadísticas. Pero no fue hasta 2016 cuando ese particular «país que nunca fue» recibió un nombre: ‘La España vacía’.
Se lo puso Sergio del Molino, cuya publicación generó, sin siquiera pretenderlo, un debate que aún hoy se mantiene abierto. «La mayor parte de las cuestiones que se abordan en este libro, que es una mirada a España desde la despoblación, siguen vigentes y siguen provocando discusión», opina: «No es un libro coyuntural; es un libro que se puede leer en cualquier momento y que no solo afectó al momento en que se escribió hace diez años». Aun así, dos lustros después, «la fuerza del debate ha pasado a un segundo plano». Así lo afirma el autor, que lo considera «normal»: «Todos los temas van sucediéndose con muchísimo frenesí y es muy difícil que uno aguante eternamente en lo alto de la agenda, pero la discusión que a mí me interesa, que es la cultural y social, sigue vigente».
– ¿Ese paso a un segundo plano tiene algo que ver con que al adjetivo se le haya añadido una sílaba?
– Yo creo que eso fue consecuencia de la popularidad del asunto– refleja un escritor que en otras entrevistas ha confesado percibir el nuevo apelativo como uno «horroroso».– Creo que hubo un grupo de activistas que se aprovecharon de esa popularidad para intentar acotar el debate y convertirlo en consigna. Y lo hicieron así, con ese empeño de llamarla «vaciada», que para mí siempre ha sido un error estético fundamentalmente; me parece que rompe toda la eufonía y la evocación poética que tiene esa España vacía.– Lo que pasa es que esa forma de llamarlo reducía muchísimo el campo de debate en lugar de ampliarlo. No sé si fue decisivo a la hora de que pasara a segundo plano. Sí que lo fue, probablemente, la transformación de muchos movimientos activistas que funcionaban muy bien; su conversión en partidos políticos y su posterior irrelevancia.
A su modo de ver, «si se hubieran mantenido como movimientos cívicos habría sido más difícil desplazar el tema de la agenda política porque, como plataformas, tenían una capacidad de influencia que no tienen como partidos». Y es que no surgió aquel bautismo con ninguna pretensión ideológica, como tampoco lo hizo con la intención de convertirse en una definición tan exacta como utilizada. «Hay agencias de marketing muy poderosas y con muchos recursos que están buscando e invirtiendo talento y dinero en crear lo que yo hice en mi casa con mi tricotosa», ríe Del Molino. La hazaña no le pesa: «En todo caso, sí que he intentado gestionarlo para que mi carrera o mi proyección como escritor, como columnista e intelectual no se redujera solo a ser el autor de ‘La España vacía’ y que quedara claro que yo estoy dispuesto a hablar de muchísimas otras cosas».
Esa carrera es prolífica, además de variada. El aragonés de adopción –nació en Madrid– ha escrito tanto de una colonia alemana afincada en Zaragoza como de Felipe González o de su propia familia. Y tanto en clave de novela como en clave de ensayo, de crónica o reportaje; a veces, incluso, mezclándolos todos. Esa versatilidad le ha permitido no desligarse nunca del concepto al que no quiere limitarse: Del Molino también ha publicado ‘Atlas de la España vacía’ y ‘Contra la España vacía’ sin temor a que toda su obra se vea reducida a la noción que un día cualquiera alumbró en su casa con su metafórica tricotosa. «En ‘La España vacía’ hay temas que están en muchos otros libros míos que parece que no tienen relación», relata: «Hay un recorrido que une toda mi obra porque uno de los temas, uno de los leitmotiv es intentar comprender el país en el que vivo».
Ese motivo central es, en sus palabras, «España y su obsesión por la modernización». Lo percibe en el tercer presidente de la historia democrática de este país, en la Moncloa a la que trasladó la sede del Gobierno y que otrora fuera un centro de experimentación agrícola «donde se intentaba modernizar» el proceso. Lo percibe, también, en la obra cumbre de Jovellanos, igual que en la obra general de Francisco de Goya. A su sucesora, Rosario Weiss, le dedica su más reciente publicación, ‘La hija’.

– ¿Por qué dedicarle un libro a ella y no a otros personajes del universo del pintor o al propio pintor?
– Porque era muy despreciada y muy desconocida– responde escueto. No tarda en continuar.– El arte, el poder y la política son tres vértices que siempre están peleados y a veces son afines, pero a veces no. Nunca se sabe muy bien qué lugar ocupa el artista dentro de ese triángulo y la vida de Rosario Weiss está muy marcada por la política, las revoluciones, la agitación, las dictaduras de entonces... Eso nos enseña muchas cosas de cuál es la posición del arte dentro de la agitación cotidiana de un periodo histórico que se parece bastante a la agitación actual en el sentido de que hay dos Españas muy enfrentadas, que todo el mundo está muy ideologizado y todo se mira por el vidrio de la política. Ese mundo fue el que vivió Rosario y no tanto el que vivió Goya. Además, su historia estaba por escribir: de Goya hemos escrito mucho, hay bibliotecas enteras y es inagotable, pero Rosario Weiss es un personaje prácticamente virgen en términos literarios.
Y no se entiende a Weiss sin Goya, pero tampoco a Goya sin Rosario Weiss. Así lo sostiene un autor que, para afirmarlo sin titubeos, tuvo que enfrascarse en una exhaustiva investigación sobre la obra y la biografía del pintor. Una investigación que no le resulta demasiado lejana dado su oficio de periodista. «Del trabajo de periodista, más que de investigación lo que hay es una forma de mirar», revela: «Me ha quedado una forma de mirar de alguien cotilla, de alguien que intenta comprender qué es lo que pasa en un sitio y lo cuenta. Esa mirada del cronista creo que sí está presente en casi todos mis libros, incluso en los que miran hacia el interior, como ‘La hora violeta’, que habla de la muerte de mi hijo, donde me apliqué las técnicas del cronista a mí mismo».
Hay en ese haber literario una costumbre que es también virtud: la de aludir a casos particulares, aludiendo al mismo tiempo a algo más global. «Me interesa lo íntimo porque habla de todos», dice Del Molino: «Creo que en el fondo no hay grandes distancias culturales, ni lingüísticas, ni históricas y que la literatura nos sirve para comprender que todos funcionamos en unas coordenadas muy parecidas. Creo que ninguna cultura humana es lo bastante rara como para que vivamos en un estado de asombro permanente y no seamos capaces de comprendernos unos a otros».
– Este viernes (19:00 horas) recala en el MSM de Sabero, un lugar muy marcado por la memoria industrial y minera. Más allá de lo escrito, ¿qué relación mantiene con territorios tan marcados por la transformación y la pérdida de población?
– Me fascinan esos lugares como el Antiguo Oeste, que se convierten en una especie de fiebre del oro y luego, de la noche a la mañana, desaparecen. Son muy representativos de la voracidad y de la rapiña con la que hemos tratado buena parte del territorio en España, explotándolo sin conmiseración y abandonándolo cuando ya no daba réditos. Son lugares a los que no les hemos prestado la debida atención y cuyas historias en buena medida todavía están por contar y creo que instituciones como este museo nos recuerdan todo lo que ha sido y todo lo que pasó para que seamos conscientes de que tenemos que gestionar el territorio de una manera mucho más humana y social de cómo lo hicieron nuestros abuelos y nuestros bisabuelos.
Así, en una forma de justicia contra esa voracidad y esa rapiña, llega Sergio del Molino a León. Llega con la cabeza llena de sus lecturas y con los bolsillos henchidos de sus escritos. Todo en un intento por comprender el país que le ha tocado vivir y, al mismo tiempo, dejarnos comprenderlo a todos los demás.