Era 2019, es decir Belita Gracia tenía 95 años y habíamos quedado con su hijo Olaf para hacerle una entrevista. «Tiene una cabeza privilegiada, sabe todo de aquel León y, por supuesto, de nuestra familia de fotógrafos, los Gracia, de los que yo soy la cuarta generación y ella —y sus dos hermanas— la tercera, por eso les llamaban ‘las tres Gracias’. La segunda fue Pepe, su padre, con el que empezó a trabajar mamá; y la primera Germán, que fue quien se asentó en León de una manera muy curiosa».
- ¿Querrá ella hacer la entrevista?
- Yo la convenzo.
Y la convenció. Quedamos en las Hoces de Vegacervera, lugar al que le gustaba volver pues allí habían aventado las cenizas de su marido. Llegaron —95 años, recuerdo— en moto. Belita de paquete. No tenía ningún problema en la entrevista si antes hablábamos, le contaba quiénes éramos, de dónde... todo. Belita te cogía las manos, siempre te cogía las manos para hablar, y surgió el imprevisto: «Pero yo con estos pelos no me dejo entrevistar. Quedamos otro día, voy a la peluquería, me maquillo y hablamos».
Así fue. Así lo hizo y ya en su casa del viejo León, donde nos ofreció algo como compensación al retraso: «Siéntate en esa silla, es la del despacho de Miguel Castaño, que lo tenía mi hijo».
No es una anécdota. O no es solo una anécdota, es mucho más. Es el León de los fotógrafos Gracia, de Miguel Castaño, de Vela Zanetti, González Luaces —todos aparecían en la conversación—, aquel León de la burguesía ilustrada y culta, el de gente libre, entre las que Belita fue, tal vez, la más libre, la que más moldes rompió. También era el espíritu juvenil de una casi centenaria a la que encantaba viajar en moto con su singular hijo Olaf, «porque yo fui motera; de las primeras de España, tal vez la primera de León. Con mi marido recorrimos España en moto, por ahí andan las fotos».
Y mirando para Olaf, imposible retratar la ternura con la que miraba a su hijo, sonreía: «Y también fui rockera, a ver de dónde le viene la afición a mi hijo».
Por cierto, pocas imágenes más entrañables que la inseparable pareja Belita-Olaf; para su hijo —el jugador de rugby, el líder de una banda de rock, el fotógrafo, es un Gracia— todo giraba en torno a Belita. Se viajaba cuando ella podía. Y siempre regresaban desde la Barcelona en la que vivían a ese León que llevaba en la cabeza y jamás se borró de sus recuerdos.
Nada dejó de interesarle a Belita, jamás. En aquella primera conversación Olaf le habló de la lucha leonesa y al verano siguiente Belita (y Olaf, claro) aparecieron en el corro de Matallana de Torío. Nuevamente te cogió las manos y lo preguntó todo, le llamaba la atención todo, quiso hablar con alguno de los luchadores que le había gustado cómo competían y que alucinaban con aquella mujer que les preguntaba las mañas, les tocaba los brazos... pero, sobre todo, quería hablar con las luchadoras, a las que cogía de la mano y las felicitaba por luchar tan bien, por hacer lo que les gustaba, por ser libres, por ser mujeres en cualquier ámbito... Era Belita.
- Olaf, hazme una foto con esta niña tan valiente.
Tal vez Belita se veía reflejada en sus recuerdos de cuando era ella la que rompía moldes y barreras, la fotógrafa, la motera, la viajera, la rockera, la actriz de teatro aficionada, la 'mujer acomodada' que, sin embargo, tenía muy claro dónde quería posar sus ojos y sus reivindicaciones. Y así, hace unas décadas, cuando se definía a sí misma como una joven de casi 80 años (y lo era) escribía: «Soy gente corriente, una joven de setenta y muchos años (entonces), que llora y que sufre tanto que el cuerpo siente dolor al contemplar el llanto y el dolor de los seres pisoteados y oprimidos por otros seres estúpidos a los cuales no sé quién les dio el poder. Me uno a la gente que grita en la calle No a la guerra, me quedan lágrimas por los niños mutilados, por los viejos que entierran a sus seres queridos. Mi llanto no tiene fin, pues la injusticia no cesa».
No sé si se puede decir más claro. Y en su voz sabes que suena a verdad.
Por suerte, de su obra fotográfica da cuenta la magnífica exposición comisariada con Ana Valiño, la investigadora que ha tenido el enorme privilegio de compartir horas y obras con Belita Gracia para hacer a los leoneses el último regalo de ‘la tercera Gracia’, la exposición que hace tan solo unos días cerró sus puertas en el Centro Leonés de Arte después de tener que prolongar su duración ante la excelente acogida que tuvo la muestra, en la que ofrecía la «mirada distinta y personal» de Belita, en ella todo lo era.
Una exposición en la que las fotos se salen del marco para darte la mano.