«'Las peras de Dios' es Pereira en estado puro». Lo dice su sobrino, asimismo responsable de la fundación que lleva el nombre del autor villafranquino. Lo dice Joaquín Otero, que prefiere que el resto lo digan la autora de la versión dramática del cuento, Nuria Rubial, y el director de la obra, Javier Bermejo.
«Pasamos de no tener narrador a que todo se convierta en diálogo y conocer a los personajes por lo que dicen y lo más importante casi: por lo que de ellos dicen», cuenta Rubial sobre el proceso de escritura. «No sé si Pereira me lo perdonará», le escribió al escritor Julio Llamazares, a modo de consulta, antes de embarcarse en el proyecto. «No solo te perdonará, sino que te estará agradecido», recibió a modo de respuesta. Fue el de Vegamián el primero en leer el texto. «Su buena crítica me dio el empujón definitivo para proponerle a Bermejo que la dirigiera», confiesa la autora.
– No es la primera vez que ‘Las peras de Dios’ sale del papel. Ya llegó a la pantalla con ‘El filandón’ de Chema Sarmiento. ¿Bebe esta obra de esa película?
– Yo intenté no verla más porque la película tiene el potencial que tiene el cine de cargarte de imágenes– continúa.– Volví al cuento y, de hecho, hay algún detalle que en la película está y en el cuento no y al revés. Intenté despojarme de los recuerdos de Chema, de las peras de Chema, y tirar más de lo que estaba en el cuento de Pereira y yo creo que en la obra se ve reflejado.
Cuenta Rubial que la elección de este cuento y no de otro de entre los muchos –muchísimos– escritos por el gran cuentista que fue Antonio Pereira responde a una cuestión de lógica: «Lo que nos interesaba es que apareciese el alumnado de la Escuela de Arte, que estuviese dentro del elenco, y era el relato ideal para también aunar distintas generaciones». Y es que el reparto compuesto por Isabel San Millán, Miguel Barajas, Chiqui Fernández, Sofía García, Iván Caballero, Alberto Iglesias, Aitana Castro y la propia Rubial abarca un amplio abanico de edades, que oscilan entre los 18 y los 70 años.
«Yo no distingo la manera de trabajar», explica Bermejo: «Unos te dan una cosa y otros te dan otra». Sentado en la silla de director, durante todo un verano de ensayos, se ha convertido en testigo directo de cómo «a los mayores les ha venido muy bien trabajar con gente joven» y de cómo «a los jóvenes les ha venido estupendamente ver cómo los mayores manejan otros tiempos, otra sabiduría».
– Además de ser un elenco intergeneracional, también son muchos actores en escena. ¿Es habitual?
– No, no es nada habitual. Además, está de moda llevar funciones de dos, de tres intérpretes como mucho por cuestiones económicas y de logística– apunta el director.– Estas cantidades de actores a día de hoy, y es muy triste, solo las pueden mantener las compañías nacionales o las compañías de teatro público porque es donde hay dinero.
Habla de «fortuna» al aludir a la Fundación Antonio Pereira, encargada de la producción de la pieza y aportación necesaria para su puesta en marcha. A ella acompañan como ingredientes esenciales las tareas como ayudante de dirección de Elsa Pérez, la escenografía de Bermejo y Rubial, el vestuario y atrezo de Rubial, la iluminación y el espacio sonoro de Bermejo y Raúl Diez –asimismo técnico de iluminación y sonido junto a Raquel Tello– y el diseño gráfico de Miguel Mielgo –de la Escuela de Arte–, autor de la cartelería y el dosier que cuenta, además, con el texto original del villafranquino adornado con las ilustraciones de @hades_tintar –también de la Escuela, igual que cuatro intérpretes de la obra–.

Todos conforman un equipo que ha convertido a lo escénico una comedia que recurre al humor para hablar de «la autoridad, la sexualidad, la familia, la educación y la literatura». Una comedia que, además, ya ha podido disfrutarse en la tierra natal del escritor, en el Teatro Villafranquino, igual que Carrizo. Una comedia que, por si fuera poco, ya tiene preparadas multitud de próximas citas en León.
– ¿La idea es salir de la provincia?
– La provincia parece razonable para ser el punto de partida, pero no tenemos límite temporal ni tenemos límite geográfico– considera Joaquín Otero entre bromas.– Quiero decir con esto que, si nos llaman de Broadway o de Londres o de Nueva York, pues vamos. Se representará hasta que se agote la representación y empecemos con otra. No puedes establecer un calendario: los espectáculos se van dando a conocer, se van divulgando... La gente va sabiendo y en muchos sitios te lo van a pedir y en otros lo pediremos nosotros.
– Si lo van pidiendo, entonces es que la acogida hasta el momento ha sido bastante buena...
– Extraordinaria– rectifica:– lleno en Villafranca, lleno en Carrizo.
Lleno, también, en el Auditorio Ciudad de León, donde este viernes podrá verse la función. «Mándales a La Bañeza», apunta Rubial, entre risas. Será en su teatro municipal donde este sábado, desde las 20:30 horas, hará escala el equipo en un evento para el que la entrada será libre hasta completar aforo; algo que, si se atiende a su trayectoria, ocurrirá con toda seguridad.
Todo de la mano de ‘Las peras de Dios’; un cuento «muy representativo» de Pereira por sacar a relucir el «erotismo diocesano que le dio a conocer en muchos lugares»; un erotismo que, precisamente, por diocesano, «no molesta ni a los obispos ni a los curas». «Alguna vez Antonio dijo que este cuento podía definirse en dos palabras; erótico frutal», rememora su sobrino: «Y quiero añadir una cosa. Lo que él pediría es que la obra sea eficaz por dos motivos: porque ha servido para entretener al público durante hora y cuarto y porque ha servido para que el público que ha asistido aborrezca las peras, al menos, durante una semana».
Todo de la mano de unas peras literarias que salieron de entre las páginas de un berciano. Que después fueron a parar al cine de otro berciano. Que, finalmente, han venido a dar con la dramaturgia de otra berciana. «Yo no sé si el cuento hubiera admitido una adaptación por parte de alguien que no fuera berciano», opina Otero. Nada más cerca de la realidad: lo que encontró Rubial en ‘Las peras de Dios’ fue algo de su propia casa, de su propia infancia. «Yo me he criado siempre con Társilas... Con mi madre, con mi abuela, con el matriarcado de mis tías», recuerda: «Si me mandan hacer un cuento de un murciano no sabría cómo resolverlo, pero esto fue sentarme en el jardín y que saliera porque es tu origen, es lo que has vivido, son tus expresiones, es todo».
Hay mucho del Bierzo en la pieza que subirá a las tablas en la capital leonesa –y la bañezana–. Mucho de un Bierzo de los años ochenta que hoy parece lejano, pero que mantiene, de alguna forma, su esencia. Lo hace sin pretensiones; sin querer convertir las palabras de Pereira en unas que hoy se dicen pero que él no diría. «No vamos a perder lo que dijo él», zanja Rubial: «Es un error perder lo local por querer hacerlo universal. Lo local es lo universal. El botillo es lo universal. Las peras al vino son lo universal». Tan universales como Antonio Pereria.
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