Juana ha vuelto a casa

La primera edición del Festival Juana de La Cándana de Curueño, que tuvo lugar los días 25 y 26 de julio, supuso un encuentro dedicado a la cultura, el feminismo y la ruralidad en recuerdo a la Dama de Arintero

28/07/2026
 Actualizado a 28/07/2026
Un instante de la primera edición del Festival Juana de La Cándana de Curueño. | L.N.C.
Un instante de la primera edición del Festival Juana de La Cándana de Curueño. | L.N.C.

Esta tarde el valle vuelve a hablar bajito. Después de dos días de risas, de conversaciones y de pasos entrando y saliendo de las antiguas escuelas de La Cándana, el Curueño ha recuperado su rumor de siempre. El mismo de hace cien años. El mismo que escuchó Juana cuando todavía no era leyenda y caminaba por estos montes con el nombre sencillo con el que la llamarían en casa. Juana. No la Dama de Arintero. Juana. Me gusta escribirlo así porque los nombres importan. Durante siglos a las mujeres nos han ido quitando el nombre para dejarnos solo el parentesco, el cargo o el título. La mujer de. La hija de. La viuda de. La dama de. Como si nuestra identidad necesitara siempre apoyarse en algo más. Por eso nuestro festival no podía llamarse de otra manera. No es el Festival de la Dama de Arintero. Es el Festival Juana. Porque antes que dama fue mujer. Antes que personaje fue hija de este valle. Antes que leyenda fue una muchacha que tuvo el valor de ponerse una armadura cuando el mundo le decía que aquel no era su sitio. Quizá por eso sigue viva tantos siglos después, porque todas reconocemos algo de ella. La valentía de dar un paso cuando parece que nadie más va a hacerlo. La necesidad de abrir camino aunque dé miedo. Las ganas de demostrar que la historia también pertenece a las mujeres.

Cuando imaginé este festival pensaba mucho en eso. En la necesidad de devolver los nombres a las mujeres. De dejar de recordarlas únicamente por aquello que hicieron y empezar también a quererlas por quienes fueron. Luego ocurrió lo más bonito. El valle respondió. Y una, que lleva años organizando encuentros culturales, sabe distinguir cuándo un acto sale bien y cuándo sucede algo más profundo. Lo que pasó este fin de semana no fue solo un festival. Fue un reencuentro. Una descubre que los sueños nunca pertenecen del todo a quien los imagina. En cuanto los pronuncia en voz alta empiezan a llenarse de otras voces. Llegan mujeres a las que admiras profundamente y, casi sin darte cuenta, el proyecto empieza a caminar solo. Una aporta una idea, otra regala su tiempo, otra comparte aquello que sabe hacer mejor que nadie. De pronto el sueño ya no es de una. Es de todas. Y entonces entiendes que eso también es feminismo. No competir. No intentar brillar más que la de al lado. Sino hacer que la luz de una sirva para iluminar el camino de las demás.

Por eso, mientras recorría las antiguas escuelas de La Cándana durante este fin de semana, no podía dejar de pensar que aquello se parecía mucho a un filandón del siglo XXI. Las Tejedoras del Curueño enseñaban a quien quisiera aprender a hacer las primeras cadenetas. Había quien conseguía, orgullosa, sacar su primer anillo mágico y quien descubría que el ganchillo también puede ser una conversación. Muy cerca, las mujeres del club de lectura A_vidas seguían haciendo lo que llevan tanto tiempo haciendo: mantener vivas las historias, porque los libros también son una forma de hilar la memoria de los pueblos. Alrededor estaban las artesanas, las ilustradoras, las editoras y tantas mujeres que han decidido emprender desde esta tierra demostrando que el talento también nace y florece en los pequeños valles. Y alrededor de todo aquello había algo que me emocionó especialmente. Había hombres. Hombres que ocuparon las sillas para escuchar las charlas, que hicieron preguntas, que compraron un libro, una ilustración o una pieza de ganchillo, que acompañaron y participaron con la naturalidad de quien entiende que este nunca fue un festival contra nadie. Siempre quiso ser un lugar donde aprender juntas y juntos, donde comprender que hablar de salud femenina, de igualdad o de cultura rural no excluye a nadie; al contrario, nos hace una comunidad más consciente, más sana y más fuerte.

Y sobre todo estaba Juana. Ver a Laia Redondo pintándola sobre la pared de las antiguas escuelas fue uno de esos momentos que una sabe que no va a olvidar. Hay murales que decoran y hay murales que devuelven una historia a su pueblo. Cada pincelada parecía decirnos que Juana volvía a ocupar el lugar que nunca debió perder. Ahora se quedará allí, mirando cómo pasan las estaciones, cómo juegan las niñas en el patio y cómo, cada verano, alguien volverá a preguntarse quién fue aquella mujer con armadura. Entonces volveremos a contar su historia. Porque para eso sirven los pueblos. Para recordar. Pero también para imaginar.

Dentro de las escuelas también se sembraban otras semillas. La doctora Concepción Hernando Román nos recordó algo tan sencillo como revolucionario: la importancia de escucharnos. De conocer nuestro cuerpo, de aprender sus ritmos y de dejar de normalizar el dolor o el cansancio. Nos invitó a observarnos con más atención para poder explicar mejor lo que sentimos, porque cuando una médica escucha y una paciente sabe poner nombre a lo que le ocurre, la medicina deja de ser un acto unilateral para convertirse en un camino compartido hacia la sanación. Después, Ana Llamazares abrió otra conversación que muchas necesitábamos escuchar. Nos recordó que la regla no tiene por qué doler y que, cuando duele, el cuerpo está intentando decirnos algo. Habló de la menopausia sin silencios ni tabúes, con una cercanía que hizo que las mujeres del valle empezáramos a compartir nuestras propias experiencias. Y entonces ocurrió la verdadera magia del fin de semana. Las mujeres comenzaron a hablar entre ellas. No porque hubiera un programa que cumplir, sino porque alguien había abierto un espacio donde hacerlo con confianza. Creo que ese fue el verdadero éxito del Festival Juana. No el cartel, ni las actividades, ni siquiera el mural. Lo importante fue ver cómo la gente se quedaba cuando todo terminaba. Cómo las conversaciones seguían en el patio mientras el Curueño continuaba su camino unos metros más abajo. Cómo una recomendaba un libro a otra, cómo alguien enseñaba una labor de ganchillo o encontraba el valor para contar algo que llevaba demasiado tiempo guardando. Eso no aparece en las fotografías, pero quizá sea lo más importante.

Mientras escribo estas líneas desde Sopeña, con la tarde ya tranquila y el valle recuperando su respiración de siempre, no dejo de pensar que las semillas nunca hacen ruido cuando caen sobre la tierra. Tampoco cuando empiezan a echar raíces. Solo mucho tiempo después una descubre que donde parecía no haber nada empieza a crecer un bosque. Me gusta pensar que el Festival Juana es exactamente eso: una semilla. Una de esas que se plantan despacio, sin hacer demasiado ruido, confiando en la tierra que las recibe. Ojalá dentro de unos años ya no importe quién imaginó este festival. Ojalá solo importe que, cada segundo fin de semana de julio, las antiguas escuelas de La Cándana vuelvan a llenarse de conversaciones, de libros, de agujas, de niñas, de abuelas, de hombres que quieran escuchar y de mujeres que sigan tejiendo redes como lo hicieron siempre nuestras ancestras. Porque, al fin y al cabo, esa ha sido siempre nuestra manera de cambiar el mundo: hilo a hilo, historia a historia, mujer a mujer.

 

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