Isabel Cantón: "Una escuela cerrada es una memoria que desaparece"

La catedrática emérita de la Universidad de León ha publicado su cuarto ejemplar sobre escuelas del medio rural leonés, reivindicando su valor social, humano e histórico

09/06/2026
 Actualizado a 09/06/2026
Isabel Cantón Mayo es la autora de ‘Las escuelas rurales de La Vega y la Valduerna’ (Eolas, 2026). | L.N.C.
Isabel Cantón Mayo es la autora de ‘Las escuelas rurales de La Vega y la Valduerna’ (Eolas, 2026). | L.N.C.

La investigadora Isabel Cantón Mayo, catedrática emérita de la Universidad de León, reflexiona sobre el esfuerzo de rescatar un legado olvidado y la necesidad de preservar una memoria educativa que forma parte de la identidad colectiva de la provincia. Lo hace en el marco de la publicación ‘Las escuelas rurales de La Vega y la Valduerna’ (Eolas, 2026), su cuarto libro sobre centros educativos del medio rural.

- Después de cuatro libros dedicados a las escuelas rurales leonesas, ¿qué le sigue empujando a continuar con esta labor de recuperación de memoria y patrimonio educativo?

-Es una pregunta que yo misma me formulo muchas veces, especialmente cuando percibo el escaso —y en ocasiones nulo— interés institucional y social por rescatar un patrimonio que forma parte esencial de nuestra historia colectiva. Las antiguas escuelas rurales, que fueron el corazón cultural y humano de tantos pueblos, parecen condenadas al silencio y al olvido precisamente cuando quienes pasaron por ellas alcanzan la madurez y podrían reconocer su verdadero valor. Sin embargo, sigo adelante movida por una mezcla de compromiso, amor y responsabilidad hacia la escuela. Hay algo profundamente humano y casi íntimo en estas aulas abandonadas: las casonas y casitas escolares en ruina, los pupitres vacíos, la caligrafía olvidada en una pizarra, la luz entrando por ventanas que durante décadas contemplaron generaciones enteras aprendiendo a leer, a escribir y a entender el mundo. Cada escuela cerrada es una memoria que desaparece; cada edificio derruido es una página arrancada de la historia rural leonesa. Mi empeño nace del deseo de impedir que ese legado desaparezca definitivamente. Porque las escuelas rurales no solo enseñaron conocimientos: vertebraron comunidades, combatieron el aislamiento y representaron durante décadas la esperanza de progreso para miles de familias. Esa convicción es la que sostiene mi constancia, incluso cuando el trabajo resulta poco valorado o, en demasiadas ocasiones, directamente ninguneado.

- En su mensaje habla de un “titánico esfuerzo” y de un patrimonio “ninguneado” e incluso “despreciado”. ¿Por qué cree que las escuelas rurales no han recibido el reconocimiento académico e institucional que merecen?

- La recuperación de la memoria escolar exige un trabajo inmenso, casi arqueológico. Investigar las huellas del pasado supone dedicar años a localizar documentos dispersos, interpretar datos fragmentarios y reconstruir historias que muchas veces sobreviven únicamente en testimonios orales o fotografías deterioradas por el tiempo. Cada libro es, en realidad, una labor de ensamblaje paciente y minucioso, como quien recompone una vidriera rota pieza a pieza. La investigación requiere consultar una enorme diversidad de archivos y fondos documentales: el Archivo Histórico del Ministerio de Educación, el Archivo General de la Administración del Estado, el Archivo Histórico Provincial de León, el Archivo de la Diputación, el Instituto Leonés de Cultura, los archivos de Inspección Educativa, fondos municipales y numerosas fuentes bibliográficas locales y provinciales. A ello se suma un imprescindible trabajo de campo: recorrer pueblos, escuchar recuerdos, recopilar fotografías familiares, rescatar cuadernos escolares, certificados, mapas y pequeños objetos cotidianos que ayudan a devolver vida a esas escuelas desaparecidas. Solo quien ha dedicado incontables horas a esta tarea comprende la magnitud del esfuerzo necesario para estructurar, ordenar y redactar obras como las dedicadas a Cepeda, Maragatería, Valdería, Jamuz, Vega del Órbigo-Tuerto o Valduerna. Y todo ello realizado, además, sin ayudas económicas ni respaldo institucional a pesar de haberlo solicitado. Creo que durante mucho tiempo la escuela rural fue considerada un elemento menor dentro de la historia educativa, quizá por asociarse a territorios periféricos o despoblados. Pero precisamente ahí reside su enorme valor: en haber sostenido la educación en condiciones difíciles, en haber sido refugio cultural y emocional de generaciones enteras. Las escuelas rurales representan una épica silenciosa de maestros, alumnos y familias que lucharon contra el aislamiento, la pobreza y las carencias materiales con una dignidad extraordinaria. Por eso considero que preservar este patrimonio no es un ejercicio de nostalgia, sino un deber cultural y moral. Cuando desaparece una escuela rural no se pierde únicamente un edificio: se desvanece una forma de entender la convivencia, el aprendizaje y la identidad de nuestros pueblos.

- Este nuevo volumen se centra en las escuelas rurales de la Vega, Órbigo, Tuerto y Valduerna. ¿Qué tienen en común estos territorios y qué particularidades ha encontrado en ellos?

- En este trabajo hay una parte común y hasta solapada con los libros anteriores concretamente en la contextualización de la situación escolar en la provincia de León desde la Ley Moyano a la actualidad. Por otra parte, hay en todos ellos un capítulo específico referido a las comarcas cuyas escuelas se estudian: las escuelas dependen del lugar en que se ubican, tanto por la delimitación del terreno como por sus productos y por la abundancia o pobreza del lugar. A zonas más pobladas con terreno de regadío corresponden escuelas mas grandes y hasta nobles como es el caso de San Félix de la Vega, Castrillo de la Valduerna, Riego de la Vega, o Soto de la Vega, Destriana, Robledino, Toral de Fondo, San Juan de Torres, Requejo o Villarnera, Cebrones del Rio, Fresno,etc. construidas con planta y piso en piedra o ladrillo. Por el contrario, en zonas más de secano o con menos habitantes corresponden escuelas de planta baja como Toralino, Velilla,Robledo,  Miñambres, Oteruelo, Santibáñez y Santa María de la Isla, Ribas, Palacios de la Valduerna, Regueras de Arriba y de Abajo, Castrotierra, Posada y Torre, Redelga, Valle, Villalis,Villamontán, San Martín de Torres. Pero lo más penoso es encontrar pueblos en los que no queda vestigio de la escuela, ni en el pueblo, ni en los Archivos, como ocurre con Alcaidón. Otra de las partes comunes a estos libros es la relación de arquitectos que informaron, proyectaron y dirigieron estos edificios escolares. Entre ellos: Francisco Blanch, Juan Torbado Franco, Ramón Cañas del Río, Pedro Sánchez Sepúlveda, Antonio Flórez Urdapilleta o Luis Aparicio Guisasola.

- ¿Cuál ha sido el trabajo de investigación detrás del libro? ¿Cuánto tiempo ha necesitado para recopilar testimonios, fotografías, documentos y recuerdos?

- El tiempo en investigación tiene parámetros difíciles de medir y cuantificar: depende de los vestigios y de los datos encontrados en el rastreo por los diferentes lugares que he señalado y de la existencia de documentación específica para cada escuela: Así, mientras en algunos casos hay sobreabundancia de datos en otros nada se conserva, o al menos no lo hemos localizado en este caso. El tiempo medio de cada libro son cuatro años de venébolo trabajo. Ese tiempo también depende de la resistencia de la memoria y de las huellas que el pasado ha querido conservar. Hay escuelas que todavía hablan a través de abundante correspondencia, proyectos arquitectónicos, planos, expedientes municipales, fotografías, testimonios orales y documentos cuidadosamente guardados por familias o archivos. En esos casos, el investigador siente que el pasado aún respira. Pero existen otras escuelas sumidas casi por completo en el silencio. Lugares donde apenas queda un papel, una imagen o un nombre perdido entre legajos deteriorados. Entonces la investigación se convierte en una auténtica labor de rescate, casi de arqueología emocional, en la que cada dato encontrado ilumina una parte de la historia colectiva de un pueblo. Para reconstruir ese universo desaparecido es necesario recorrer archivos, visitar localidades, escuchar durante horas a antiguos alumnos y maestros, revisar fotografías familiares y ordenar fragmentos dispersos hasta darles sentido. Cada libro ha requerido, de media, cerca de cuatro años de paciente y silencioso trabajo benedictino; un tiempo sostenido únicamente por la pasión de recuperar aquello que parecía condenado al olvido.

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- En un mundo cada vez más digitalizado y urbano, ¿qué enseñanzas cree que todavía pueden aportar aquellas antiguas escuelas rurales a la educación actual?

- Las antiguas escuelas rurales siguen teniendo mucho que enseñarnos, quizá ahora más que nunca. Se atribuye a Santayana la idea de que quienes olvidan su pasado están condenados a repetirlo, y esa reflexión cobra especial sentido cuando hablamos de educación. La escuela de cada pueblo constituye el gran depósito de la memoria colectiva de sus habitantes: allí no solo se aprendía a leer o escribir, sino también a convivir, a compartir esfuerzos y a construir comunidad. Conocer cómo enseñaban aquellas escuelas, cuáles eran sus carencias y también sus virtudes, nos ayuda a comprender de dónde venimos y hacia dónde queremos avanzar. La célebre metáfora popularizada por Isaac Newton -“llegamos tan altos porque subimos a hombros de gigantes”- resume perfectamente esa continuidad del conocimiento humano: cada generación aprende gracias al legado de quienes la precedieron. La educación contemporánea, aunque profundamente transformada por la tecnología y los nuevos métodos pedagógicos, sigue bebiendo de muchas intuiciones nacidas en aquellas humildes aulas rurales. La Inteligencia Artificial sabe poco del pasado de las escuelas. Hoy se recupera la importancia de la creatividad, de la cercanía humana, del aprendizaje activo, del juego y de la participación; elementos que, de una u otra forma, ya estaban presentes en muchas de aquellas escuelas donde un solo maestro enseñaba a varias generaciones a la vez y convertía la escasez en ingenio. Al mismo tiempo, la escuela actual ha sabido dejar atrás aspectos más rígidos o dolorosos del pasado —el castigo, el excesivo memorismo o la enseñanza basada en el miedo— para construir una educación más abierta, estimulante y humana. En cierto modo, la mejor escuela contemporánea nace precisamente de esa síntesis entre tradición y renovación: conservar la esencia del aprendizaje como experiencia vital y comunitaria, pero adaptándola a las necesidades y sensibilidades del presente. Como decía Saturnino Calleja, se trata, en definitiva, de “enseñar deleitando”.

- Muchas personas recuerdan la escuela de sus pueblos como algo más que un lugar para aprender. ¿Qué papel tenían aquellos centros en la vida social y emocional de los pueblos leoneses?

- Las escuelas en la época decimonónica y en el siglo XX constituyeron en algunos pueblos, gracias a la infatigable labor de los abnegados maestros, laboratorios de vida, de relación, de orientación, de proyección de futuro, que consiguieron que las generaciones que aprovechaban sus enseñanzas se proyectaran primero hacia la educación secundaria y luego a la superior, existiendo escuela que fueron semilleros de profesionales cultivados. Se atribuye a Santayana el dicho de que “cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Por lo tanto, la escuela de cada pueblo es el repositorio de la memoria colectiva de los naturales de cada lugar, y esa es su principal enseñanza: saber de dónde venimos puede explicar en muchos casos a dónde deseamos llegar y cómo hacerlo. La métafora de que llegamos tan alto porque subimos a hombros de gigantes popularizada por Isaac Newton, resume a la perfección cómo el conocimiento humano avanza gracias a quienes nos precedieron. En la educación actual se usa el conocimiento atesorado por las antiguas escuelas sobre enseñanza y metodología para potenciar lo mejor de ambas haciendolas atractivas (juegos, actividad, atracción, inventiva, creatividad, etc.) y rechazar lo menos bueno de las mismas (castigos, reiteración, memorismo, culpas, etc) consiguiendo sintetizar en la escuela actual una evolución altamente positiva y gratificante para aprender deleitando como ya decía Calleja.

- A lo largo de la investigación, ¿ha habido alguna historia, maestro o escuela concreta que le haya emocionado especialmente?

- Cada escuela, cada maestro y cada pueblo tienen ese matiz de “lieu de memoire” para sus convecinos y sus asistentes, y sería muy prolijo analizarlos a todos: desde las batallas de muchos de los Alcaldes con el Gobierno de la Provincia, (San Juan de torres, Riego de la Vega, Oteruelo, Requejo, Palacios) en que se recogen cuatro o más misivas de peticiones y rectificaciones administrativas sobre las escuelas o las casas de los maestros, con los Arquitectos escolares o con las ventas de tierras para construir la escuela que la administración negaba a los vecinos y éstos con su esfuerzo y su saber terminaban construyéndola antes de que la Administración resolviese los farragosos trámites para solicitar. Se exigen y las recogemos, tanto para la escuela como para la vivienda de los maestros: acta del Concejo aprobándola, propiedad e idoneidad del solar certificado por el Arquitecto escolar y por la Inspección, Proyecto de un Arquitecto escolar, subasta de la obra y las sucesivas comprobaciones para los pagos fraccionados. Un caso curioso se da en la escuela de Castrillo de la Valduerna en el que en una visita del Obispo de Astorga Julián de Diego y García Alcolea al pueblo reconoció la inteligencia y cualidades del entonces niño José Riesco, y decidió llevarlo a Astorga como paje y luego becar sus estudios de maestro ejerciendo en Galicia, en Luyego de Somoza y finalmente en castrillo donde falleció.  Cuestiones curiosas como el arca de las dos llaves de Villarnera, o el reloj de Ribas añadidos a los restos de mobiliario escolar en muchos casos tienen un excepcional valor patrimonial que no debiera caer en el olvido.

- Usted ha desarrollado gran parte de su trayectoria profesional en la Universidad de León. ¿Cómo valora la relación entre la universidad y la conservación de la memoria educativa y cultural de la provincia?

- La Universidad de León ha desempeñado un papel fundamental como espacio de reflexión, investigación y de proyección cultural sobre la memoria histórica leonesa. Desde ella se ha iluminado, con rigor académico y sensibilidad humanística, buena parte del patrimonio material e inmaterial de la provincia, permitiendo que numerosas investigaciones rescaten aspectos esenciales de nuestra identidad colectiva que de otro modo correrían el riesgo de desaparecer. La ULE ha acogido además a investigadores de enorme relevancia y prestigio en ámbitos muy diversos de la historia, la etnografía, la antropología o el patrimonio cultural. No me atrevería a citar nombres porque serían muchos y todos merecedores de reconocimiento, pero sí puedo afirmar que existe en la ULE un altísimo nivel investigador y una profunda vocación de servicio cultural hacia León y sus comarcas. Es cierto, sin embargo, que el estudio específico de la memoria escolar rural no ha ocupado un lugar prioritario dentro de las líneas de investigación universitarias. Y ello no responde a una falta de interés intelectual, sino más bien a una realidad pragmática: los investigadores se ven inevitablemente condicionados por los ámbitos que reciben financiación, respaldo institucional y reconocimiento académico. Cuando las administraciones no consideran prioritario preservar el patrimonio educativo -ni desde la Junta ni desde el Ministerio-, estas investigaciones quedan relegadas frente a otros campos que sí cuentan con apoyos económicos y estructuras consolidadas. Aun así, sigo creyendo que la universidad tiene una responsabilidad esencial: evitar que el conocimiento desaparezca y actuar como depositaria crítica de la memoria colectiva. Porque cuando una sociedad deja de estudiar sus escuelas, en el fondo también deja de preguntarse cómo aprendió a ser lo que hoy es.

- El libro aparece en un momento en el que el medio rural sigue luchando contra la despoblación. ¿Cree que recuperar esta memoria también ayuda a reivindicar el valor de los pueblos y de quienes vivieron en ellos?

- Sin duda. La llamada España vaciada se ha ensañado especialmente con las escuelas rurales, porque allí donde desaparece una escuela comienza muchas veces a apagarse lentamente la vida de un pueblo. Las escuelas eran mucho más que edificios educativos: eran centros de convivencia, lugares de encuentro, espacios donde se transmitía no solo conocimiento, sino también identidad, afectos y sentido de pertenencia. Las decisiones administrativas que impulsaron la supresión de numerosas escuelas, especialmente a partir de los años noventa, aceleraron profundamente el proceso de despoblación. Primero llegaron las concentraciones escolares, que se llevaron a los niños como el flautista de Hamelín; después, la transformación en CRA dejando a las pocas escuelas que resistieron dependiendo del centro en el lugar más grande próximo; más tarde, las familias comenzaron a trasladarse allí donde estudiaban sus hijos, buscando para ellos mayores oportunidades y convivencia con otros niños. Y así, poco a poco, muchos pueblos fueron perdiendo su alma escolar cotidiana. Recuperar hoy la memoria de aquellas escuelas quizá no permita reabrirlas como centros educativos, porque en muchos casos ya no existe población suficiente para sostenerlas. Pero sí puede devolverles un nuevo sentido y evitar que desaparezcan definitivamente de la conciencia colectiva. Las antiguas escuelas podrían convertirse en espacios culturales, centros de memoria, archivos etnográficos o lugares de encuentro comunitario donde se conserve la historia viva de cada localidad. Cada escuela rural encierra la biografía íntima de un pueblo: sus esperanzas, sus dificultades, sus generaciones enteras aprendiendo juntas frente al frío del invierno o el calor de las cocinas de leña. Rescatarlas del olvido significa también dignificar la vida de quienes habitaron esos territorios y recordar que el mundo rural no fue un espacio marginal, sino una parte esencial de nuestra historia común.

- Después de este cuarto libro, ¿queda todavía mucho patrimonio escolar leonés por rescatar o siente que está llegando al final de este gran proyecto de memoria educativa?

- Sinceramente, creo que este será probablemente mi último libro dedicado a las escuelas rurales leonesas, esas escuelas que ya no existen físicamente pero que todavía sobreviven en la memoria de quienes las vivieron y en las páginas que intentan rescatarlas del olvido. Son varios los motivos que me llevan a pensar así. Por un lado, la enorme dificultad para encontrar financiación o apoyos que permitan continuar esta labor investigadora y editorial. Se han patrocinado estudios sobre los puentes, los palomares, los edificios industriales… pero no sobre patrimonio escolar. Resulta doloroso comprobar el escaso interés institucional e incluso local hacia un patrimonio que pertenece a todos. Y, por otro lado, también pesan el tiempo, la edad y el desgaste emocional que supone sostener durante años una investigación tan extensa y exigente prácticamente en soledad. Lo que más lamento es la inmensidad de lo que todavía queda por hacer. La provincia de León cuenta con cuarenta y ocho comarcas, más de mil doscientos pueblos con la menos otras tantas escuelas, muchas de ellas ya desaparecidas sin dejar apenas rastro documental. Mis estudios apenas han podido abarcar una pequeña parte de ese universo: alrededor de doscientas escuelas rescatadas frente a un patrimonio muchísimo más amplio y vulnerable. Y esa es quizá la mayor tristeza del investigador de la memoria: saber que innumerables historias, voces y edificios desaparecerán sin haber podido ser contados. Cada escuela que cae, cada archivo que se pierde, cada fotografía que nadie identifica, es una parte irrepetible de nuestra historia que se desvanece para siempre. Aun así, me consuela pensar que estos libros han logrado salvar al menos una pequeña porción de ese legado. Mientras exista alguien que recuerde aquellas aulas, los nombres de sus maestros y el eco de los niños entrando cada mañana en la escuela del pueblo, una parte de esa memoria seguirá viva. Lamento también que solo haya podido llegar a cinco Comarcas de las 48 que tiene la provincia de León con 1266 pueblos y sus respectivas escuelas, amén de que algunos pueblos tienen dos otres centros mientras mis estudios patrimoniales solo abarcan unos 200 de ellos. La pérdida será irreparable pero la carencia de medios y apoyos nos aboca al abandono de esta ilusionante línea de investigación patrimonial.

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