«Hasta después de la guerra, alrededor de los años veinte, Mies reconoce la incidencia decisiva del desarrollo técnico en la vida cotidiana, entendiendo este proceso como un factor capaz de transformar tanto los materiales como los procedimientos constructivos, y de alterar, en consecuencia, las concepciones tradicionales de la arquitectura. En este marco, sostiene la posibilidad de articular las energías heredadas con las nuevas formas emergentes, en consonancia con las condiciones de la civilización moderna».
(Blaser, Werner. ‘Mies van der Rohe’. Barcelona: Gustavo Gili, 1980).
La idea de una nueva exposición comenzó a gestarse en 1905, promovida por el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, como una forma de llevar a cabo el nuevo Plan de Enlaces diseñado por Léon Jaussely. Inicialmente, se pensó que el recinto de la exposición estuviese en la zona del Besós, pero, en 1913, se decidió su ubicación definitiva en Montjuic. El proyecto de Puig i Cadafalch recibió el respaldo de la institución empresarial Fomento del Trabajo Nacional, especialmente de Francesc d’Assís Mas. Así pues, en ese mismo año se creó una comisión mixta para la organización del evento, formada por representantes de la institución mencionada y del Ayuntamiento, siendo nombrados comisarios de la organización Josep Puig i Cadafalch, Francesc Cambó y Juan Pich y Pon.
En 1915 se presentó un primer anteproyecto a cargo de Puig i Cadafalch, que se dividió en tres proyectos más concretos, cada uno encargado a un equipo de arquitectos: Josep Puig i Cadafalch -con Guillem Busquets- se reservó la parte baja de la montaña, destinada a la Sección Oficial; Lluís Domènech i Montaner y Manuel Vega y March se encargaron de la parte alta de la montaña, destinada a Sección Internacional; y Enric Sagnier y Augusto Font Carreras desarrollaron el sector de Miramar, destinado a una posible Sección Marítima del certamen, que finalmente no se llevó a cabo.
La Exposición supuso un gran desarrollo urbanístico para Barcelona, así como un banco de pruebas para los nuevos estilos arquitectónicos gestados a principios del siglo XX. Para los arquitectos locales, entre los que se encontraba Gaudí, representó la consolidación del novecentismo, estilo de corte clásico que sustituyó al modernismo preponderante en Cataluña durante la transición de siglo; además, supuso la introducción en España de las corrientes de vanguardia internacionales, en particular el racionalismo, a través del Pabellón de Alemania de Ludwig Mies van der Rohe.

Si bien es cierto que el genial arquitecto catalán dedicó catorce años exclusivamente a terminar en altura el Templo de la Sagrada Familia, obsesionado -hasta el día de su muerte, el 10 de junio de 1926- con la «fachada del Nacimiento» como ejemplo de lo que debería de ser el exterior del edificio, también lo es que no dejó de innovar en su profesión. Desconocemos la opinión de Antonio Gaudí sobre los nuevos estilos arquitectónicos y quizá por ello alguien piense que ya era un arquitecto desconectado de las nuevas corrientes, como el organicismo de Wright Lloyd, pero nada más lejos de la realidad.
«… Gaudí siguió innovando a lo largo de los años…, y el diseño de la «maqueta funicular» fue sustituido por un Cuarto Proyecto, en 1921; este no es otro que el que hoy en día conocemos por sus «pilares arbóreos», paraboloides hiperbólicos e hiperboloides, que dejan pasar la luz cenital y dan forman a la cubierta. Esta cuarta versión, pues, llamada «arborescente» por similitud de los soportes con las ramas de los árboles que se ramifican a medida que ganan altura, no fue un diseño nuevo, sino el proyecto definitivo». [ver artículo de LNC, titulado: Gaudí «el maestro» de la Basílica (2ª Parte) (19-11-2025)].
Volviendo a la Exposición, el proyecto de ajardinamiento corrió a cargo de Jean-Claude Nicolas Forestier, que contó con la colaboración de Nicolás María Rubió y Tudurí; ambos realizaron un conjunto de marcado carácter mediterráneo, de gusto clasicista, combinando los jardines con la construcción de pérgolas y terrazas. Igualmente, se construyó un funicular para acceder hasta lo alto de la montaña, así como un transbordador aéreo para acceder a la misma desde el puerto de Barcelona, aunque fue inaugurado posteriormente (1931). Las obras se retrasaron varios años, siendo finalizadas en 1923; sin embargo, la instauración ese año de la dictadura de Primo de Rivera postergó la celebración del evento, que finalmente se produjo en 1929, coincidiendo con la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Asimismo, el paso del tiempo dejó obsoleto el objetivo de dedicar la Exposición a las Industrias Eléctricas, decidiéndose en 1925 que se denominaría Exposición Internacional de Barcelona.

Aun siendo contemporáneo de las obras que se estaban ejecutando para la exposición de 1929, Gaudí sabía que su mundo ya era otro y que llegaba el momento de ceder el testigo a otros arquitectos más jóvenes que, como él, en 1888 y 1910, se erigieran en protagonistas de una época de exposiciones que se había iniciado con la Exposición Universal de Londres de 1851. Algunos de los elegidos -y no tan jóvenes- para aportar sus diseños, habían sido rivales directos en la «carrera modernista», caso de Lluís Domènech i Montaner y de Puig i Cadafalch (cabe recordar la «Manzana de la Discordia». Se trata de un conjunto de cinco edificios: la Casa Lleó Morera de Lluís Domènech i Montaner, la Casa Mulleras de Enric Sagnier, la Casa Bonet de Marceliano Coquillat, la Casa Amatller de Josep Puig i Cadafalch y la Casa Batlló de Antoni Gaudí), pero otros, como Josep María Jujol, reconocido arquitecto a raíz de su fructífera colaboración en muchos de los proyectos de Gaudí, fue quien recibió el encargo de diseñar la Fuente de la Plaza de España, que resultó ser uno de los elementos más importantes de la Exposición.
A tenor de lo expuesto, parece que Antonio Gaudí era el único de los cinco arquitectos que se retiraba de la apuesta por dejar su impronta en una nueva exposición, después de haber participado en la primera exposición de Barcelona [ver artículo de LNC, titulado: Gaudí «y la Exposición Universal de Barcelona de 1888» 1ª Parte (17-02-2026)] y como invitado en la Exposición Universal de París de 1910.
La revista madrileña Nuevo Mundo del 14 de febrero de 1907 describía el trabajo de los arquitectos modernistas catalanes: «No llegando todavía a la perfección o por lo menos a la conciliación justa de lo bello, lo armónico y lo útil, ni constituyendo todavía sus obras la visión clara y precisa de un arte propio, es anuncio de abundantes aptitudes para llegar a esa meta gloriosa de la cual puede considerarse como más cercano al pintoresco y audaz Gaudí». En respuesta, La Ilustració Catalana publicaba el 10 de marzo de 1907 nos dice: «Los mismos españoles comienzan a rendirse a la realidad y se ocupan y comentan, aunque muy a la ligera, las obras del Domènech, Puig i Cadafalch, Sagnier, Gaudí y tantos otros». En 1904, coincidiendo con la realización de las obras de la Casa Batlló, el rey Alfonso XIII visitó Barcelona, y la Joventut Monàrquica, de la que era presidente José María Milá Camps, decidió que el mejor lugar para recibirlo era el paseo de moda entre las familias acaudaladas. Cuando Alfonso XIII vio el paseo quedó maravillado y en una visita posterior dijo que: «Madrid es muy bella, pero Barcelona la supera en dos cosas: el Tibidabo y el paseo de Gracia».

Veinticinco años después, el rey de España retornó para la inauguración de la Exposición Universal de Barcelona, visitando el Pabellón de Alemania diseñado por Ludwig Mies van der Rohe. Considerado como una de las figuras más importantes de la historia de la arquitectura, el enfoque de Mies de «menos es más» en el diseño fue el patrón de oro para muchas generaciones de la arquitectura moderna. Su legendaria carrera comenzó humildemente en el negocio de albañilería de su padre, lo que le permitió apreciar muy pronto los materiales y las estructuras. Gracias a sus muebles, proyectos residenciales y extraordinarios conceptos de rascacielos, aún no realizados, se ganó el reconocimiento como líder del movimiento moderno alemán. Como tal fue seleccionado para diseñar el Pabellón Alemán, junto a su compañera y socia Lilly Reich. Ambos pergeñaron uno de los iconos del siglo XX, en lo que a diseño se refiere: la Silla Barcelona.
La silla está inspirada en la sella curulis usada por los magistrados romanos, y se reinventó como una suerte de trono moderno, para que los reyes Alfonso XIII y María Cristina se sentaran durante la inauguración de la Exposición. Esta sería la antesala de lo que estaba por llegar. «A principios de la década de 1930, la arquitectura moderna había llegado a ser una fuerza importante y a tener una presencia pública en la cultura de Occidente…» (‘La arquitectura moderna’, W. J.R. Curtis), pero Gaudí ya no estaba allí para analizarla con su ojo crítico de genio innovador.