Fin de raza

‘El desencanto’, la mítica película sobre la familia Panero, cumple medio siglo

Bruno Marcos
02/07/2026
 Actualizado a 02/07/2026
Michi Panero en un fotograma de la película ‘El desencanto’ (1976) de Jaime Chávarri.
Michi Panero en un fotograma de la película ‘El desencanto’ (1976) de Jaime Chávarri.

Han pasado cinco décadas desde que se rodase una de las películas más inquietantes de la historia de nuestro cine, aunque parece que hiciera mucho más tiempo porque toda ella da la sensación de ser un mal sueño de otra época todavía anterior.  

‘El desencanto’ fue filmada por Jaime Chávarri casi completamente en la casa de los Panero, en la ciudad leonesa de Astorga. Premeditadamente, se grabó en blanco y negro cuando ya había cine en color y la cinta es el retrato de la familia del poeta Leopoldo Panero catorce años después de su repentina muerte. 

La acción se reduce a una sucesión de monólogos y diálogos que enfrentan el sosiego narrativo de la madre con las actitudes extravagantes de los tres hijos. El mayor, Juan Luis, transforma el relato familiar en una parodia que acaba por ridiculizarle también a él mismo. El mediano, Leopoldo María, encuentra la ocasión perfecta para lanzar reproches a su madre justo en el momento en el que está iniciando su deriva por manicomios y prisiones. Y el pequeño, llamado Michi, se muestra convencido de que la historia de sus parientes era auténticamente fotogénica, es decir, de película.

El tiempo le ha dado la razón a este último porque no sólo se hizo este largometraje sino, además, una segunda parte sobre ellos en 1992, ‘Después de tantos años’, dirigida por Ricardo Franco, y porque se ha seguido hablando de esta película mucho más que de otras. De hecho, se ha convertido en una pieza de culto que recibió este año un homenaje en el Festival de Málaga en el que se la declaró «Película de Oro». También se proyectará en el de San Sebastián y el 21 de julio se celebrará en Astorga un congreso internacional sobre ella.

Vista hoy, le pasa como a muchas de las obras que se van volviendo clásicas: tiene lecturas diferentes, evoluciona sobre sí misma a través del tiempo y cambia con nosotros. De aquella inicial interpretación política, en la que se tomaba por alegoría de la descomposición del franquismo, pasamos a otra visión más universal. Hoy, con ella, el espectador siente asistir a una sesión intensa en la que se muestra el deterioro como algo hipnotizador, la decadencia final de una familia que, como de todas, acaba por disolverse en la fundación de otras o en la nada. Los hijos Panero, que consiguen en muchos momentos caer simpáticos aunque se han desprendido hasta de la última gota de piedad, en pleno clímax de su autodestructiva elocuencia ante la cámara, dan con el término preciso que los define: «Fin de raza». Extraído directamente de su gran cultura afrancesada, uno de los temas fundamentales del decadentismo. Lo daban por descontado, con no tener descendencia ninguno de ellos, se detendría el descenso hacia la degeneración y el absurdo, aunque el más joven de ellos tenía, por entonces, tan sólo veintidós años.

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