La casa de los Panero, la familia astorgana que protagonizó durante casi todo el siglo pasado la vida cultural de la ciudad alentando proyectos como la Escuela de Astorga, generación local de escritores surgidos en tiempos de la República (Ricardo Gullón, Luis Alonso Luengo, los propios hermanos Leopoldo y Juan Panero) y sirviendo de anfitriones en Astorga a poetas y escritores nacionales, tanto republicanos, antes de la guerra, como falangistas, luego (Leopoldo Panero, preso en San Marcos por izquierdista, cambió de bando en mitad del río como tantos otros), tiene, pues, la suficiente historia detrás de ella como para haberla dejado caer (o que acabara convertida en un hotel, como a punto estuvo de ocurrir también). Sólo por eso ya el personal empeño de Perandones sería loable y digno de aplauso por más que muchos astorganos lo criticaran en su momento según parece tachándolo de dispendio. Si una ciudad no conserva sus referencias se convierte en una ciudad sin alma. Pero es que, además, la casa de los Panero, cuyo tamaño y emplazamiento a un tiro de piedra de la catedral y en el casco antiguo de Astorga, cerca de otros museos y edificios religiosos y civiles de interés, ofrece todas las posibilidades, por sus características arquitectónicas y su distribución interna, para volver a ser el foco cultural que fue durante muchos años hasta quela desaparición de los hermanos Panero y el desencanto y muerte de los tres hijos de Leopoldo (la de Michi, que era el menor, acaecida precisamente en Astorga, a donde regresó ya enfermo) apagó su luz. El empeño del exalcalde Perandones, que muchos no comprendieron en su momento, pasaría así de ser una idea utópica a convertirse en una realidad. Una de esas realidades que tanto necesitan León y Astorga.
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