El día que fuimos el centro del universo

Las primeras comuniones adquieren una presencia especial en estas fechas; Fernando Rubio viaja a la suya

25/05/2026
 Actualizado a 25/05/2026
El día de la comunión los niños eran los protagonistas, tomaban las calles, todo el barrio se volcaba con ellos, vestidos de punta en blanco. | FERNANDO RUBIO
El día de la comunión los niños eran los protagonistas, tomaban las calles, todo el barrio se volcaba con ellos, vestidos de punta en blanco. | FERNANDO RUBIO

Niños vestidos de primera comunión recorren las calles, corren felices —y ya sucios en muchos casos— por los restaurantes, son los protagonistas en corrillos, cuentan los regalos... Han cambiado los tiempos pero se mantiene el rito, es muy complicado robarle a un niño ese día en el que se sienten el centro del universo.

Mayo y junio son los meses, el Corpus la fecha central, el negocio para los restaurantes, los sueños para el niño. En aquellos 70 de Fernando Rubio eran aún mucho más importantes y guardará tantas fotos en su archivo que prefiere fijarse en unas que, además de cumplir el propósito de recordar las primeras comuniones le llenan de recuerdos y tiene muchos más frescos todos los detalles: "en el baúl de mis recuerdos encontré una fotografía de mi hermano Justo y yo el día que hicimos la Primera Comunión; una imagen que encendió la luz del desván de los recuerdos de aquellos años en los que el sacramento no era solo un rito religioso: era el acontecimiento social del año, capaz de detener la vida de un barrio entero. Desde la primera lección de catequesis hasta la última peladilla, todo giraba en torno a ese niño o niña vestido de marinero o de princesa. Para quienes lo vivimos, es pura nostalgia; para las nuevas generaciones, casi arqueología sentimental".

Niños vestidos de primera comunión recorren las calles
Niños vestidos de primera comunión recorren las calles. | FERNANDO RUBIO

Recuerda Fernando el componente religioso ‘inicial’, ya que en los "colegios de los cincuenta, sesenta y setenta se nos repetía que aquel sería el día más feliz de nuestras vidas porque recibiríamos a Dios por primera vez. Pero la verdad infantil era otra: la felicidad venía envuelta en forma de regalos. En una época en la que los obsequios eran escasos, un reloj, una medalla o una pluma estilográfica tenían el brillo de un tesoro" y un componente fundamental de la magia de este día era el traje que se lucía aquel día: "El vestuario era un despliegue solemne. Los niños lucían trajes de marinero o de almirante; las niñas, vestidos largos de organdí blanco, encajes, velo, guantes y un pequeño bolso para el rosario. En los sesenta, la estética era casi nupcial; en los setenta, algo más sobria, con velos discretos y líneas más modernas en las que cambiaron las alturas de sus faldas".

La suya fue algo anterior, Fernando y Justo vivieron esta celebración en 1957. "Fue en el colegio de los Maristas de San José. Vestíamos de almirantes —o de algo que pretendía serlo—, con guantes, calcetines y zapatos blancos. En una mano, el rosario de nácar; en la otra, el misal con las tapas a juego. Una jornada a la que se llegaba tras meses de catequesis siguiendo el catecismo del padre Ripalda, llegábamos al gran día debatiéndonos entre el amor de Dios y el terror al pecado mortal".

Mayo y junio son los meses, el Corpus la fecha central, el negocio para los restaurantes, los sueños para el niño
Mayo y junio son los meses, el Corpus la fecha central, el negocio para los restaurantes, los sueños para el niño. | FERNANDO RUBIO

Terror del pecado que tenía uno de los momentos más complicados y temidos de todo el proceso en la confesión, en los debates sobre qué hay que confesar y qué no, qué es pecado mortal y cuál es solamente venial. "La víspera tocaba confesarse por primera vez. Aquello era un drama infantil en toda regla: había que inventar pecados porque una simple mentira parecía insuficiente para justificar la absolución. Cumplida la penitencia —unos cuantos padrenuestros y avemarías—, salíamos convencidos de que el alma brillaba como el nácar del misal".

También la ceremonia ha cambiado mucho en estos casi setenta años (69), aún no habían llegado los cambios del Concilio Vaticano II. "En mayo o junio, en la fecha señalada, entrábamos en procesión a la iglesia con el cirio adornado con un lazo. La misa aún era en latín, un idioma que sonaba a misterio y que nos situaba ante un umbral solemne: la edad de la razón. El templo estaba abarrotado de familiares que contenían la emoción mientras nosotros intentábamos no tropezar. El momento de comulgar se vivía en un silencio absoluto. La hostia, tan fina, se pegaba al paladar y más de un niño, dominado por los nervios, terminaba escupiéndola en el pañuelo. ‘¡He perdido a Jesús!’, solían exclamar, mientras el cura los tranquilizaba con una sonrisa indulgente".

Tres momentos de una celebración que ha marcado los recuerdos de generaciones de niños leoneses
Tres momentos de una celebración que ha marcado los recuerdos de generaciones de niños leoneses. | FERNANDO RUBIO

Después llegaban los esperados rituales del día: las fotos con cara de ángel; los recordatorios con los nombres y datos de los niños que aún aparecen en los cajones de tantas casas; los banquetes, que en aquellos años cincuenta y sesenta no eran en restaurantes sino en las casas de los niños, con su familia y sin que faltara el chocolate y, sobre todo, los regalos: "Eran pocos, generalmente útiles y cargados de simbolismo: una medalla, un reloj, una pluma".

Desde la mirada del fotógrafo Fernando Rubio completa la estampa recordando cómo "tuve la fortuna de documentar comuniones en parroquias, colegios, pueblos y casas de campo. Las diferencias sociales se desvanecían ante la misma ilusión infantil: la de sentirse, por un día, protagonista absoluto. En mi archivo guardo cientos de imágenes, y en todas ellas se repite la misma verdad: la familia entera se reunía alrededor del recién iniciado como si custodiaran un pequeño tesoro".

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