«¡Que alguien pare esto o la humanidad se extingue... bueno, igual exagero, pero a la montaña de León nos están asfixiando hasta que no demos bocanada»... lo dice convencido Pepe ante la puerta cerrada, otra trapa bajada, esta vez en Huergas de Babia y ante un gran clásico de la comida tradicional y otras muchas tradiciones, la charla, el debate, la acogida de montañeros y transeúntes...
- ¿Cuándo cerró?
- Hace unos días.
- ¿Sin previo aviso?
- Bueno, con una carta de despedida que aclara mucho de lo que perdemos y lo solos que nos quedamos.
Un viaje a Babia siempre merece la pena, siempre;pero no se puede aguar la fiesta de, por ejemplo, ir a ver cómo Firmo el de Quintanilla cumple 97 años con la acordeón entre las manos y encontrarte con otra puerta cerrada... Y una de la buenas, la del Moriscal.
Otra trapa bajada más. Últimamente (hace ya demasiado tiempo)se viene repitiendo la noticia de ‘Cierra otro histórico...’ y en los comentarios, una y otra vez, «pues cuando un pueblo se queda sin bares se pierde mucho más que un bar, es un punto de reunión, el lugar dónde acudir... tenían que estar subvencionados».

Ya. Ni así.
Sin viajar mucho a la hemeroteca encontramos que uno de los grandes clásicos, con letras mayúsculas, pues llevaba siglo y medio siendo casa de comidas, ha dicho adiós. Es duro pasar por Getino y ver que Casa Amador-La Venta de Getino está cerrado a cal y canto.
Y no hacía mucho que había sido noticia otra ribera (y ya van tres), la del Curueño, veía poner punto final (esperemos que momentáneo) al Zaguán de Colín en Valdepiélago y Las Colineras, en La Mata de Curueño.
«El histórico bar restaurante Las Colineras, símbolo gastronómico de La Mata de Curueño durante casi cuatro décadas, ha cerrado sus puertas coincidiendo con la jubilación de sus últimos propietarios. El establecimiento abrió el 22 de junio de 1986 de la mano de Marga y Juan, cuyos fogones alcanzaron pronto renombre en buena parte de la provincia. Su célebre pollo con bogavante y otros platos caseros convirtieron al local en un referente culinario y en un punto de encuentro para vecinos y visitantes»lamentaba La Nueva Crónica;y pocas lineas más abajo:«A ello habría que sumar el cierre del Zaguán de Colín, un histórico restaurante leonés que dice adiós después de 25 años de actividad, poniendo fin a una etapa muy significativa para la localidad de Valdepiélago. El establecimiento, que durante un cuarto de siglo fue punto de referencia...». 150 años de historia, 40 años, un cuarto de siglo... y adiós.
Sin contar que en medio también cerró sus puertas El Tejo de Palazuelo de Torío, que con menos años de actividad se había hecho con un hueco entre los viajeros de aquella carretera gracias al buen hacer de Sonia, que se ha ido a Robledo, cerca, pero en otra carretera.
Y desembocamos en El Moriscal que, como nos habían avisado, se fue con una carta ‘made in la casa’, a medio camino entre el adiós y el recuerdo. «Hace muchos años», dice, tal vez no queriendo ni recordar cuántos. «Hemos vivido muchas historias;algunas difíciles de creer... abriendo las cortinas haga frío, calor o resaca. Pero ha llegado el momento, el Moriscal cierra sus puertas».
Y hace un repaso, somero, de lo que allí ocurrió en esos muchos años:«Aquí se sirvieron cafés que despertaron a medio Babia, vinos que arreglaron el mundo (aunque solo por un rato), cervezas bien frías que cayeron sin pedir permiso y alguna que otra ‘la arrancadera’ y nos vamos que acabaron siendo varias, sopas de ajo que resucitan a cualquiera y tortillas de casi cuatro kilos que necesitaban permiso de obra, refuerzos y grúa... Se habló de todo, del tiempo, del ganado, de fútbol y de cosas que no se pueden repetir por escrito. Aquí se brindó, se discutió (un poco), se arregló el mundo y se pasó muy bien».
Dan las gracias a todos los que pasaron por allí. Lo sentirán especialmente los ciclistas, los montañeros, los de la trashumancia y sus derivados, los lugareños, los que iban o volvían de fiesta... «sin vosotros no hubiera sido posible», insisten, pero todo tiene un final y cierran con la sensación de formar parte de la gran familia que han ido construyendo.
Y dejan una frase para el recuerdo, de esas que quedan bien en las tazas que se venden en las tiendas de souvenir, pero que duelen igual: «Cerramos la puerta pero no el recuerdo. Ni las anécdotas. Ni las risas».
Ya, pero hacer falta bares como El Moriscal para contarlas.