Tras todo un fin de semana paseando por las calles de lo que un día fue una remota aldea en el corazón de Asturias, en un lugar en el que a pesar de su aislamiento geográfico- las huellas de las mujeres se veían reflejadas en la educación, pero también en otras áreas como la inspección educativa, la promoción cultural, el mundo farmacéutico,..., (algún día volveré sobre la realidad histórica de ese lugar en el que un par de leonesas dejaron también sus huellas); mientras mi mirada se llenaba de los rincones y paisajes que el pueblo de Besullo me ofrecía, impresionantes a la mirada de cualquier fotógrafo que se precie, saltaba de nuevo a mi mente la figura de otra pionera, también leonesa, y en este caso fotógrafa. Su presencia en el día de hoy estaba planteada desde hace tiempo, y pasear por estos lugares, dignos de ser fijados por el ojo experto y sensible de una fotógrafa como ella, me ayudaron a centrar lo que quería decir de ella, además de reafirmarme en la importancia que -a pesar de las duras circunstancias educativas y de oportunidades de todo tipo, y de visibilidad- han tenido las mujeres siempre, para abrir senderos por los que asomarse allí donde se les cerraban los caminos; sin importar el área.
No es la primera vez que en estas páginas me he referido a las fotógrafas. Afortunadamente, como ya he comentado tantas veces, en la actualidad no son pocas las que destacan en este campo dentro de nuestra provincia y, en diferentes casos, su trayectoria es bien reconocida, al menos, dentro del campo en el que ejercen, aunque no podría asegurar que eso también sea así a nivel del público en general. Pero el caso de nuestra protagonista, por edad, no enlaza con ellas sino con esos modelos que tantas veces y hasta ahora mismo nos habían negado, haciéndonos creer que no existían, aunque siempre han estado ahí. Como me imagino que muchos lectores habrán ya intuido, la protagonista de nuestro artículo de hoy no es otra que Belita Gracia, pionera del mundo de la fotografía a cuyo conocimiento ha contribuido (está contribuyendo) el ímprobo trabajo de otra de nuestras grandes fotógrafas como es Ana Valiño, que durante tres años trabajó codo a codo con ella para recuperar gran parte de su trabajo y sacarlo a la luz; de momento gracias a la exposición retrospectiva que se llevó a cabo, pronto (así lo esperamos, al menos) a través de un libro digital que nos permita acceder de forma más amplia a su legado fotográfico y a través del documental ‘¿Quién es Belita Gracia?’, en el que la propia Ana Valiño trabaja para dárnosla a conocer tanto a ella como al resto de figuras femeninas que formaron parte de una saga de fotógrafos de cuatro generaciones, en las que han sido más las mujeres que los hombres. Y es que si de este lado contamos con el abuelo (Germán), el padre (pepe) y el nieto (Olaf), por parte de las mujeres fueron las dos generaciones intermedias las representantes: Isabel (esposa de Pepe, que además de ayudar en la composición y ser una estupenda relaciones públicas, nos dejó fotos en las que ella posa con un espíritu plenamente transgresor), y las tres hijas, conocidas como «las tres gracias»: Ninfa, Rosa y Belita. Aparte de lo que iremos viendo sobre Belita, Ninfa, por ejemplo, fue «una gran retocadora que enseñó este arte en los tiempos en que no existía ni el photoshop ni el retoque digital» tan extendido hoy en día.

Belita Gracia (1924 -2026), en realidad Isabel Gracia, nace en León, la tercera de los cuatro hijos de Pepe Gracia e Isabel López, en el marco de una familia que poco a poco se irá convirtiendo en una saga fotográfica de la que Belita es la tercera generación, que va dar paso a una cuarta en la figura de su hijo Olaf. Su abuelo acaba instalándose un poco por casualidad –no sabemos si a causa de una nevada que le retiene en la ciudad o por haber realizado aquí la mili, en cualquier caso tras conocer a Ninfa, abuela de Belita, con la que se casará– en León, donde, en 1887, fundará uno de los primeros estudios fotográficos de la ciudad, compaginando su pasión como fotógrafo y también como pintor. Su hijo Pepe Gracia, padre de Belita, seguirá sus mismos pasos, y acabará también montando su propio estudio, en la calle Ancha, por encima del café Victoria. Belita, al igual que su hermano mayor, Pipo, y sus hermanas, Rosa y Ninfa, crecerá entre cámaras, negativos y el cuarto oscuro, ayudando a su padre dentro de lo que se convierte en toda una tradición personal. Belita no solo lo ayudará en el estudio familiar sino que, ya desde muy niña, lo acompañará también por pueblos y comarcas de León, visitas en las que la joven irá construyendo su propia visión fotográfica que se dará lugar a su propia colección cuando, a partir de 1955, se quede para sí, una cámara Kodak Retina que le regalan a su marido y que él nunca utilizará. Sin necesidad de dedicarse profesionalmente a la fotografía, Belita, sin embargo, lo retratará todo: la vida en Ribadeo, donde también vivió junto a su marido, los paisajes y gentes de su tierrina de León, que abandonó hace cincuenta años pero al que nunca pudo sacar de su corazón sintiendo a menudo «morriña» de ella. También los primeros años del rock & roll en la Barcelona de los comienzos de los años setenta... En lo relativo a León, podemos considerar que su colección de fotos es hoy una auténtica e imprescindible memoria visual del León del siglo XX, en la que tampoco faltan sus lugares preferidos, entre los que se encuentra el río, como hace un tiempo le comentaba a Ana Gaitero, sin querer mencionar otros «muchos sitios bonitos porque no los estropeen como el Everest».
La recuperación, el reconocimiento de la obra de esta magnífica fotógrafa se la debemos sin duda a la también fotógrafa Ana Valiño, fascinada por «su afán de buscar la belleza en todo» y que ha comisariado la exposición retrospectiva que nos ha permitido acercarnos brevemente a ella apenas hace un par de meses, y con cuya clausura coincidió la partida de Belita, que el 31 de enero pasado veía apagarse definitivamente su estela vital a los 102 años de edad, y aún con ganas de vivir un poquito más. Lo hizo, eso sí, por la puerta grande, mostrando por fin al mundo una selección importante de su trabajo fotográfico, que nos ha permitido conocerla no solamente en León sino también en el panorama nacinal.
Con un espíritu joven y verdaderamente adelantado a su tiempo en el que destacaba su inclinación rockera, que le llevó a fotografiar primero y grabar después a algunos grupos de este movimiento, fue también una motera que recorrió las carreteras españolas junto a su marido, en una etapa en la que casi no había tráfico por las mismas. A través de su obra, alineó su pensamiento con valores del siglo XXI como son el cuidado del medio ambiente o la defensa de los derechos de las mujeres, por ejemplo durante una etapa verdaderamente experimental que, hacia los años 80, la lleva a crear una serie de collages fotográficos, bajo una mirada transgresora y adelantada a su tiempo. Entre los mismos incluye uno dedicado a un tema para el cual aún no existía ni nombre: el maltrato ejercido sobre las mujeres que quedaba exclusivamente en el ámbito privado de las cuatro paredes donde estos sucesos ocurría, es decir, la violencia de género. La obra, en la que se compaginaban varias técnicas (al igual que en su momento su propio abuelo compaginó la fotografía con la pintura), surgiría –contaba ella– tras el momento en el que «oí a un vecino que pegaba a su mujer». En aquel entonces tenía las manos atadas para intervenir, pero sí podía lanzar –a modo de denuncia– su propio grito ante una realidad que le dolía profundamente y que supo plasmar a través de una mujer desnuda suspendida sobre una alambrada de espino y alrededor de la cual revolotean varias palomas.

Técnicamente, Belita consideraba que en fotografía «la luz lo es todo», y esta lección supo transmitírsela, por ejemplo, a su propio hijo Olaf, también fotógrafo, un consejo que él mismo reconoce tener siempre presente. Las fotografías de Belita «son limpias, claras, alegres y luminosas, con una frescura y naturalidad que hacen que el espectador quede prendido en ellas», cuenta el también fotógrafo leonés Vicente García. La obra de Belita Gracia no se desarrolló en la línea que seguía los circuitos oficiales. Dotada de una gran libertad creativa, además de cuestionar los modelos de representación, especialmente los referidos a las mujeres, como es el caso del collage mencionado y referido a la violencia de género, su obra recoge paisajes y escenas cotidianas, retratos urbanos, el día a día de la ciudad de León pero también «momentos épicos en Barcelona en los primeros años del rock & roll», ciudad a la que se trasladó junto a su marido y sus hijos hacia 1972-73. Ella misma contaba que siempre iba con la cámara al hombro y que, como ya todos la conocían y esperaban sus disparos, tal situación provocaba la naturalidad de los fotografiados. Con una gran presencia de la fotografía en blanco y negro, de la que es una gran maestra y en la que consigue dotar a sus imágenes de un gran fuerza, recurriendo a «una delicada y profusa escala de grises», con el paso del tiempo introduce también el color, otro elemento más que incorpora a sus imágenes para continuar dotándolas de esa misma fuerza de la que ya gozaban sus imágenes en blanco.
Todo esto y más pudo apreciarse en la exposición de hace apenas unos meses, que de la mano del ILC y el magnífico trabajo de Ana Valiño, nos habló de una fotógrafa pionera «atenta a la vida cotidiana, a las mujeres y a las transformaciones sociales de su tiempo». Quizá parte de su mirada se la aportara esa formación como maestra que tuvo en su momento, aunque nunca llegara a ejercer como tal, una mirada en la que se descubre «un toque especial de curiosidad por todo lo que veía y vivía» y que acabó concretándose en el abundante material acumulado: decenas de álbumes de fotos, cientos de negativos y diapositivas... que Ana Valiño fue revisando e identificando para su salvaguarda.
Así, la colección de fotografías rescatada de entre la obra de Belita, supondrá, para quienes ya tenemos una edad, el recordatorio de una época, de tiempos que ya pasaron y que forman parte de nuestra memoria. A los más jóvenes, les supondrá conocer como vivían aquellas gentes sin renunciar a la belleza plástica con la que aquellos momentos fueron recogidas por esta excepcional fotógrafa que se adelantó en el tiempo a la mirada de las que hoy están, algo más visibles de lo que ella estuvo en su momento.
Belita Gracia, mujer menuda pero con una mirada joven en sus ojos de más de cien años, solo fue vencida por la movilidad, lo que no mermó en absoluto una tremenda vitalidad que conservó hasta el final de su vida, junto a una envidiable lucidez. Hace poco más de un mes que Belita nos abandonó, dejándonos afortunadamente el regalo de su memoria en la magnífica exposición que durante unas semanas pudimos disfrutar. Esperemos, ahora, poder contar pronto con ese documental en el que Ana Valiño sigue trabajando y que, con ello, su figura y su trabajo lleguen a las nuevas generaciones interesadas en este arte que es la fotografía. Belita ya no estará aquí para disfrutarlo pero al menos los demás podremos tener un documento gráfico en el que su testimonio directo nos hablará de una realidad vivida que servirá de espejo para otras mujeres que quieran encaminar sus pasos por este campo de la creación, y también de la documentación de lo que cada día acontece a nuestro alrededor.
Trabajos como el de Ana Valiño me hacen sentir un poco menos sola en este campo de la reivindicación de nuestras mujeres que, tanto desde los campos más artísticos como desde otros más educativos o sociales, poco a poco vamos sacando adelante cada vez más personas, especialmente mujeres. Por mi parte, he calculado mal y lo que podía haber sido un homenaje más en vida, ha acabado en realidad en un obituario, aunque si sirve para que algunas de las personas que se acerquen a este artículo sigan indagando sobre ella, aplicaremos la máxima aquella del refrán que dice «nunca es tarde si la dicha es buena».
