"Aquella vida era dura pero había unión entre los vecinos"

Piedad Madero Álvarez no es solamente un siglo de memoria viva y lúcida, es un modelo de cabreiresa, trabajadora desde la infancia, emigrante en Barcelona y siempre con la mirada puesta en el regreso a su Cabrera natal

24/08/2026
 Actualizado a 24/08/2026
Recuerdos de Piedad Madero, nacida en Nogar en 1925, emigrante en Barcelona. | L.N.C.
Recuerdos de Piedad Madero, nacida en Nogar en 1925, emigrante en Barcelona. | L.N.C.

Hace un siglo, cuando nació y creció Piedad en Nogar, vivía la Cabrera la doble cara de la realidad de aquella dura comarca: Las casas estaban llenas y habitadas, como los pueblos; y la vida era dura, a veces muy dura, paliada a veces por esa añorada vida comunitaria. Ella creció en una familia de cinco hermanos y hoy, con 101 años, recuerda aquella época con una mezcla de nostalgia y realismo. «Entonces era una delicia porque había mucha gente», explica al recordar Nogar. Había dificultades, mucho trabajo y carencias, pero también existía algo que, a su juicio, se ha perdido: la unión entre los vecinos.

Piedad perteneció a una generación para la que la infancia duraba poco. Desde muy joven tuvo que colaborar en las tareas de la casa y del campo. En Nogar acudió a la escuela, pasando por distintos espacios del pueblo, pero las circunstancias familiares terminaron alejándola de los estudios.

Ella misma reconoce que era estudiosa y que quizá hubiera podido continuar aprendiendo, pero tuvo que dejar la escuela para incorporarse al trabajo y ayudar a su familia.

La vida en el pueblo estaba ligada a la tierra y al ganado. En los inviernos había que atender a cabras y ovejas, llevarlas a beber cuando el tiempo lo permitía y ocuparse de todas las tareas que exigía una economía de subsistencia.

Tras la muerte de su padre, Piedad permaneció en Nogar junto a su madre y se convirtió en la persona que se ocupaba de la casa y de los animales. De los cinco hermanos, fue ella quien permaneció en el pueblo durante más tiempo y quien asumió el cuidado de sus padres.

«Los demás ya habían marchado todos y aquí quedé yo sola con ellos», recuerda.

Pero la vida en Nogar no permitía vivir únicamente del campo. Como tantas mujeres de su generación, Piedad tuvo que emigrar temporalmente para ganarse la vida.

Barcelona se convirtió en su destino. Allí trabajó fundamentalmente en el servicio doméstico, realizando tareas de limpieza, cuidando niños y cocinando. Pasaba los inviernos trabajando en la ciudad y regresaba durante el verano a Nogar, donde las vacaciones significaban, en realidad, volver a trabajar en las tareas de la casa y las fincas familiares.

Su trayectoria es un reflejo de la emigración estacional que durante décadas marcó la vida de muchos pueblos de la Cabrera: marchar para encontrar un salario y regresar siempre que las obligaciones lo permitían.

Imagen 5 roces vert
«Si pudiera estar aquí, en Nogar, no me movería» es la frase que mejor resume su relación con el pueblo que la vio nacer. | L.N.C.

Uno de los episodios que Piedad recuerda de aquellos años refleja también las dificultades administrativas y económicas de quienes intentaban compaginar la vida rural con el trabajo fuera del pueblo.

Mientras trabajaba en Barcelona, tuvo que regresar a Nogar para mantener su condición vinculada al campo y poder seguir cotizando. Para acreditar aquella actividad tenía que demostrar que mantenía una pequeña explotación ganadera.

Aquella situación la obligó a regresar al pueblo incluso cuando sus circunstancias personales hacían difícil permanecer allí sola. Se trataba de una época en la que las cotizaciones agrícolas y los llamados «cupones» formaban parte de la vida cotidiana de muchos trabajadores del medio rural.

Piedad recuerda aquellos años como una etapa dura. La obligación de mantener la actividad en Nogar suponía volver a un pueblo cada vez más vacío, mientras el trabajo y las oportunidades estaban lejos, en Barcelona.

La memoria de un Nogar lleno de vida

Quizá el recuerdo que con más emoción conserva Piedad sea el de aquel Nogar en el que vivían muchas familias y la colaboración entre vecinos era algo natural. «Había mucha unión», resume.
Recuerda reuniones, comidas compartidas y una vida comunitaria que hoy resulta difícil imaginar. En una época en la que había mucha más población, las relaciones entre vecinos eran esenciales para afrontar las dificultades.

Con el paso de los años, sin embargo, aquella comunidad comenzó a desaparecer. Las familias fueron marchándose y las casas quedaron vacías. «Al final no quedó nadie», lamenta.

Para Piedad, el problema no es únicamente que haya menos habitantes. Es que también han desaparecido las generaciones que daban continuidad al pueblo. Los niños que crecieron allí tuvieron que marcharse en busca de oportunidades y sus hijos y nietos ya no tienen la misma relación con el lugar.
Su preocupación por el futuro de Nogar es clara: teme que, cuando desaparezca su generación, muchas de las casas y recuerdos que todavía permanecen en pie queden definitivamente abandonados.

Entre sus recuerdos hay también alguna pequeña historia que refleja la hospitalidad de los habitantes de aquellos pueblos.

En una ocasión, mientras Piedad se encontraba en la fuente recogiendo agua, apareció un hombre que caminaba desde Odollo. El viajero le preguntó dónde podía tomar una cerveza, pero en aquel momento apenas quedaban establecimientos abiertos en los alrededores.

Piedad decidió ayudarle. Bajó con él hasta su casa, sacó una cerveza que tenía fresca y se la ofreció.

El hombre quiso pagársela, pero ella no quiso cobrarle.

Con el tiempo supo que aquel visitante era un escritor interesado en Cabrera y en sus gentes: Andrés Martínez Oria que hacia el mismo recorrido que años antes había hecho Ramón Carnicer y del que salió el libro “Donde la Hurdes se llaman Cabrera”. En esta ocasión Andrés Martínez Oria con motivo de ese viaje publicó el libro ‘Flores de Hinojo’. Piedad no sabía entonces quién era ni la importancia que tendría aquella visita, pero conserva la anécdota como uno de esos pequeños episodios que forman parte de la memoria oral de un pueblo.

Una vida dedicada también a los demás

Piedad no solo cuidó de sus padres y de la casa familiar. Durante años también estuvo muy vinculada a sus sobrinos.

Cuando algunos de ellos eran pequeños, Piedad pasaba temporadas en Barcelona y ayudaba a cuidarlos mientras sus familiares trabajaban. Los llevaba al colegio, se ocupaba de ellos y ejercía, en la práctica, el papel de una abuela, aunque nunca le gustó demasiado que la llamaran así.

Es otro ejemplo de aquella generación de mujeres que asumieron responsabilidades familiares sin apenas reconocimiento y que fueron fundamentales para que sus familias pudieran salir adelante..

«Si pudiera estar aquí, no me movería» Es quizá la frase que mejor resume su relación con el pueblo que la vio nacer.

Piedad sabe que ya no puede vivir allí como lo hizo en su juventud. La ausencia de servicios, la falta de población y sus propias limitaciones físicas hacen que regresar definitivamente sea complicado.

Pero cuando se le pregunta si viviría en Nogar si pudiera hacerlo acompañada, no duda:  «Si yo pudiera estar aquí, no me movería ».

Porque para Piedad Nogar no es simplemente un lugar. Es su casa, su infancia, sus padres, sus hermanos, sus vecinos, sus animales, sus trabajos y toda una vida.

A los 101 años reconoce que la memoria ya no es la misma y que algunas fechas y detalles se le escapan. Pero aun así conserva perfectamente las emociones y los recuerdos.

Recuerda el esfuerzo, la emigración, los inviernos, el trabajo, la soledad y también la solidaridad. Recuerda a las personas que llenaban las calles y las casas. Recuerda un pueblo que hoy es mucho más pequeño, pero que sigue ocupando un enorme espacio en su corazón.

Piedad Madero forma parte de esa última generación que puede contar en primera persona cómo era la vida cotidiana en la Cabrera rural del siglo XX. Su historia es, en realidad, la historia de muchas mujeres cabreiresas: mujeres que trabajaron en el campo, cuidaron de sus padres, emigraron para ganarse la vida, atendieron a sus familias y regresaron una y otra vez al lugar de origen.

Ahora, desde la distancia de un siglo, Piedad contempla Nogar con nostalgia y preocupación.

Sabe que el pueblo ha cambiado y teme por su futuro. Pero también sabe algo que ninguna estadística puede medir: mientras alguien recuerde cómo era aquel Nogar lleno de gente, de trabajo y de solidaridad, una parte de aquel pueblo seguirá viva.

Y Piedad, a sus 101 años, todavía tiene mucho que contar.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído