«Los agitadores de las masas obreras someten a estas a una sucesión de huelgas. Dicen que el hambre conduce a la desesperación y, por tanto, a la revolución. Esto es falso: el hambre conduce a la miseria y la miseria a la muerte. La desesperación viene de ver obstáculos insuperables en la realización de los proyectos que se esperaban con ilusión».
(‘El pensamiento de Gaudí (agitadores)’, Isidre Puig Boada).
Si durante la Exposición Universal de París de 1878 Antoni Gaudí entró en contacto con Eusebi Güell, industrial catalán que quedó tan prendado de la «vitrina de la guantería Comella» que terminaría convirtiéndose en su mecenas, treinta y dos años después, en la Exposición Universal de París de 1910, el ya fiel amigo y admirador de su obra arquitectónica conseguiría que se celebrase en el Grand Palais una exposición dedicada a Gaudí, dentro del salón anual de la Société des Beaux-Arts de Francia. Gaudí participó a instancias del conde Güell, concurriendo con una serie de fotos, planos y maquetas en yeso de varias de sus obras. La que causó mayor impresión fue «la maqueta de la Sagrada Familia» (2º Proyecto, llamado neogótico, de 1890, donde Gaudí plantea una solución en la distribución muy similar al templo que conocemos hoy) y aunque participó fuera de concurso, recibió muy buenas críticas por parte de la prensa francesa. «Gaudí dispuso de toda una planta para exponer su trabajo […] con la monumental fachada del Nacimiento, de varios metros de altura que policromó Josep María Jujol». (‘Antonio Gaudí. Proyectos perdidos’, J. Ibáñez Puche).
Entre ambas exposiciones de París, se había celebrado la Exposición Universal de Barcelona de 1888 [ver artículo en LNC, titulado: ‘Antonio Gaudí y la Exposición Universal de Barcelona de 1888 (1ª Parte)’]. Desde la primera en Londres (1855), algo fue cambiando en la historia de las exposiciones. Se considera que la organización de la Exposición Universal de 1888 fue el reflejo de la buena relación entre la restaurada monarquía española y la burguesía industrial catalana, que había apoyado el regreso monárquico, en busca de una paz social que permitiese un desarrollo económico. Pero los intelectuales y políticos republicanos y catalanistas, liderados por Valentí Almirall, se manifestaron públicamente en contra de la citada exposición, por considerarla expresión del pacto de la burguesía catalana con la monarquía centralista que sería perjudicial para los intereses de Cataluña.

No sería la única parte negativa, pues provocaría una enorme inflación de precios en la Ciudad Condal, según publicaron los medios de comunicación de la época, con la consiguiente insatisfacción en los ciudadanos y numerosas críticas en los periódicos. Ese malestar social, entorno a la exposición, causó en el joven arquitecto catalán una frustrante sensación, que Isidre Puig Boada recoge más adelante en ‘El pensamiento de Gaudí (revolucionarios)’: «Hay revolucionarios que discursean mucho y después -por las obras los conoceremos- son imitadores de la manera de hacer de los demás. Eso sí, estos critican acertadamente todo lo que es de los demás, de los «anticuados». A estos revolucionarios se les tiene que decir: ‘Si usarais esta crítica, no para los demás, sino para vosotros mismos, ganaríais vosotros y vuestras obras’».
A pesar de todo, el evento fue considerado un éxito, tanto por el número de visitantes como por el rendimiento económico; así como la proyección internacional que le dio a Barcelona. Además, ayudó a urbanizar una importante zona de la ciudad. La exposición, planteada en un momento de depresión económica, revitalizó el sector de la construcción y el número de visitantes proporcionó pingües beneficios a todos los sectores de la ciudad. Como era de esperar, gran cantidad de obras llevadas a cabo durante los meses anteriores a la exposición, no sólo en el recinto ferial, sino, también en otros puntos de la ciudad, movilizaron a miles de operarios que trabajaron incansablemente y, en ocasiones en difíciles condiciones. Todo ello contribuyó a incrementar la concienciación de los trabajadores que debían unir sus fuerzas para defender sus intereses y mejorar sus condiciones laborables. Muestra de ello es que, en agosto de 1888, en plena celebración de la exposición, se fundó en Barcelona el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT) y poco después, el Partido Socialista Obrero Español (Psoe) celebró en Barcelona el primer congreso de su historia. Entre el 23 y 25 de agosto de 1888, el congreso eligió su primer Comité Nacional, de donde saldría nombrado presidente Pablo Iglesias.
Pero volviendo al año 1910, con la Exposición Universal de París que se celebró en el Campo de Marte, Francia se encontraba en plena Belle Époque, una época de gran desarrollo cultural y económico, donde también existían grandes desigualdades sociales. En este contexto se produjeron acontecimientos que pusieron de manifiesto la necesidad de cambios profundos en esa sociedad. Esta exposición fue una oportunidad para que Francia mostrara al mundo sus avances en tecnología, arte y cultura. Uno de los hitos más destacados de la exposición fue la presentación de la aviación, con la demostración del vuelo de un avión por el piloto Louis Blériot. La exposición vino precedida de la terrible inundación de París. Grandes crecidas invaden los barrios a orillas del Sena, dejando a su paso numerosos daños materiales y humanos. Con las calles y el metro inundados, la capital se paraliza; no así las ansias de progreso y libertad, buscando nuevos alicientes a la vida. También fue el año en el que se fundó el Tour de Francia, una de las competiciones ciclistas más importantes del mundo.

Parecía que todo rodaba satisfactoriamente para Gaudí, pero la década de 1910 se puso muy cuesta arriba en la carrera de su vida, ya que acabó sufriendo múltiples desgracias: en 1912 murió su sobrina Rosa; en 1914 falleció su principal colaborador, Francisco Berenguer; en 1915 una grave crisis económica casi paraliza las obras de la Sagrada Familia; en 1916 murió su amigo José Torras y Bages, obispo de Vich; en 1917 se interrumpen las obras de la Colonia Güell; y en 1918 falleció su mecenas, Eusebi Güell. Gaudí dejó escrito: «Mis grandes amigos están muertos; no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así puedo entregarme totalmente al Templo (de la Sagrada Familia)».
Sumido en las desgracias personales, antes de llegar a ese año fatídico de 1918, el ritmo de trabajo tan intenso que desempeñó pudo servirle de atenuante y mitigar su dolor. Los trabajos en la Sagrada Familia los compaginaba con la finalización de la casa Milá, el Park Güell y la construcción de la Colonia Güell; así como esporádicas actuaciones en la catedral de Mallorca. Mas, sus malas costumbres en la alimentación, escasa y estricta, y su rutina de poco descanso corporal, hizo que el arquitecto empezase con mal pie el año, sufriendo una anemia cerebral en la primavera de 1910. Por consejo del jesuita Ignacio Casanovas, Gaudí pasó tres largas semanas en Vic, antes de volver a su actividad frenética. A su regreso, tras recibir un merecido reconocimiento internacional en la Exposición Universal de París de 1910 (la única fuera de España que se le dedicó en vida), una buena parte de esta exposición se pudo ver al año siguiente en el I Salón Nacional de Arquitectura, celebrado en el Pabellón Municipal de Exposiciones del Buen Retiro de Madrid.
Pero sería una fama efímera, ya que, a su muerte en 1926, Gaudí quedó en el olvido, hasta que en los años 50/60 del siglo XX volvió a ser homenajeado; pero en esta ocasión al otro lado de Atlántico, con el arquitecto Lluís Sert, exiliado de la Guerra Civil del 36, como artífice. «Instalado ya en Manhattan, Sert se dedicó a dar conferencias, escribir sobre urbanismo y difundir la arquitectura (moderna) de Antoni Gaudí, sobre todo cuando es llamado por Gropius para continuar su labor en la Universidad de Harvard, junto a una importante colonia de intelectuales y artistas europeos que, como él, habían tenido que huir de Europa». [ver artículo de LNC, titulado: Redescubriendo a Gaudí (1ª Parte) (14-07-2021)].