En las montañas de Omaña Alta, el tiempo no se mide en siglos, sino en milenios. El municipio de Murias de Paredes conserva, dispersos entre valles y laderas, los rastros de quienes lo habitaron mucho antes de que existieran mapas o fronteras.
Uno de los testimonios más antiguos es el Ídolo de Rodicol, una pieza que remite a la Edad del Bronce y certifica la presencia de los primeros moradores en estas tierras. Su silueta esquemática, cargada de simbolismo, habla de comunidades que ya miraban al cielo y a la tierra con sentido ritual. Es la primera huella de una ocupación humana que nunca se interrumpiría.
Siglos después, entre los siglos I y II de nuestra era, otro poder puso sus ojos en estas montañas. El Imperio Romano, en plena expansión bajo emperadores como Trajano, descubrió en Omaña un tesoro subterráneo: el oro. Y allí donde había metal precioso, había ingeniería, legiones y ambición.
‘Hombres dioses’ frente a Roma
Los tres valles que conforman el municipio atesoran vestigios arqueológicos de enorme riqueza. Castros encaramados a los cerros, restos de murallas y asentamientos defensivos recuerdan a los antiguos pobladores que habitaron estas alturas. Plinio el Viejo los llamó Homus Manium, “hombres dioses”, impresionado por su fuerza y valentía.
Desde sus posiciones estratégicas, aquellos habitantes disputaron el territorio al mismísimo Imperio romano, decidido a explotar los recursos auríferos de la zona. La pugna no fue solo militar: fue también cultural. La montaña fue escenario de resistencia, adaptación y mestizaje.
La fiebre del oro en Omaña
Con el dominio romano llegaron las explotaciones auríferas. En Murias de Paredes y en pueblos del cercano Valle Gordo aún pueden contemplarse restos de castros y huellas del complejo sistema minero implantado hace dos mil años.
Las rutas de la minería romana permiten hoy comprender la magnitud de aquella empresa. No se trataba de extracciones puntuales, sino de una organización industrial que transformó el paisaje. Los romanos desarrollaron asentamientos vinculados a las minas y desplegaron una red hidráulica de gran precisión técnica.
Uno de los vestigios más sorprendentes es la llamada Presa Antigua, un canal de aproximadamente nueve kilómetros de longitud que discurría por la vertiente oriental del municipio. Diseñado para conducir el agua necesaria en los trabajos de lavado y arrastre del mineral, este sistema demuestra el dominio de la ingeniería hidráulica romana. Dos mil años después, algunos tramos aún son visibles, integrados en la montaña como cicatrices de piedra.
Un territorio ancestral
Recorrer Murias de Paredes es emprender un viaje al pasado a través de un territorio ancestral. Cada valle encierra capas de historia: desde los primeros pobladores de la Edad del Bronce hasta la maquinaria imperial que removió montañas en busca de oro.
Hoy, lejos del estruendo de las explotaciones y de los enfrentamientos de antaño, el paisaje recupera su silencio. Pero bajo la hierba y entre las rocas permanece la memoria de aquellos “hombres dioses” y de un imperio que quiso dominar la montaña.
Murias no es solo naturaleza. Es arqueología viva. Es la crónica de un territorio que supo resistir, transformarse y conservar, en cada ladera, la huella profunda de su historia.
La mirada de Carmen Coque en La Casona
La Casona de Murias de Paredes se ha consolidado como un centro cultural vivo que, a lo largo de todo el año, acoge exposiciones y actividades de diversa índole, convirtiéndose en un punto de encuentro para vecinos y visitantes.
Este fin de semana, sus estancias se llenarán de contenido con motivo de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. El acto central será la inauguración de la exposición ‘Arquetipos’, de la fotógrafa leonesa Carmen Coque, una muestra cedida por el Instituto Leonés de Cultura (ILC). La apertura tendrá lugar el sábado día 8 a las 17:30 horas y contará con la presencia de la autora y del director del Departamento de Arte y Exposiciones del ILC, Luis García. La singularidad de esta propuesta reside en el uso de la luz y la composición, recursos con los que la artista logra que el espectador no solo contemple un rostro, sino que se reconozca en la lucha, el amor o la sabiduría que transmite cada imagen.

En ‘Arquetipos’, Carmen Coque establece además un sugerente diálogo entre fotografía y psicología, inspirándose en el pensamiento de Carl Jung para recordarnos que, más allá de nuestras diferencias individuales, compartimos una memoria emocional común.