El final de los protagonistas de esta historia
El señor cura de Castropodame, que por lo visto no se enteró para nada de lo que se conocía dentro de su casa, falleció en abril de 1767; por tanto, cuando tuvieron lugar los sucesos dentro de su casa que motivaron todo el problema, debía ser, supongo, ya un hombre de edad avanzada. Sé que las malas lenguas, en casos como este, tienden a culpar a los curas. No obstante, en este caso y por lo que sabemos, este cura debía ser ya de avanzada edad y los datos que tenemos apuntan, como he dicho, a que no se enteraba ni de lo que ocurría en su propia casa. No hay noticia alguna de que la Justicia le llamase a declarar y supongo que no le haría ninguna gracia el escándalo desatado por unos hechos que ocurrieron dentro de su propia morada.
Sobre el pretendiente de Matachana (Santiago Raposo), lo único que sabemos es que, al ser rechazado por María, se casó. “Por donde tú vayas, otra volverá”, dijo un día a María, la moza de Castropodame que lo rechazaba, y en efecto otra volvió a su encuentro, ya que, cuando María aún estaba buscando testigos para defenderse en su litigio con Rosendo, el antiguo pretendiente Santiago ya estaba casado. Ya hemos visto que ayudó a la moza que le había dado calabazas de modo reiterado, declarando en el juicio a su favor, pero queda la sombra de si lo hizo de modo desinteresado o, en venganza, sometió a un chantaje a la moza de Castropodame, cuando esta estaba desesperada y perseguida por la Justicia. Es lo que vimos en el capítulo VII.
Puesto que no quiero dejar cabo suelto alguno, señalo que en 1768 en Castropodame vivía un hombre llamado Juan Díez y casado, por lo que parece. ¿Sería el marido gallego de Luisa Cuadrado? Tengo que intentar averiguar más sobre este individuo. Quizá Luisa Cuadrado no abandonó para siempre su pueblo y, al cabo de unos años, regresó a Castropodame. La vida y la historia dan muchas vueltas.
Respecto a Manuel Viñales, el hombre que con tanto ahínco defendió a su hermana y que sin duda ha de ser considerado el héroe de esta historia, hay datos confusos. En 1759 se había casado por segunda vez, al haber muerto su primera mujer. El 4 de marzo de 1767 falleció, dejando una niña huérfana. No obstante, en el Archivo Histórico Nacional (Madrid) he hallado datos sobre un individuo de este nombre que en 1772 tuvo problemas con el Convento de Ntra. Sra. de La Peña y que perdió parte de sus bienes. En cualquier caso, los datos apuntan a sucesos desagradables en la vida de los ¿dos? individuos de este nombre, vecinos de Castropodame por aquellos tiempos. La vida y la Historia no siempre hacen justicia.
La vida, entre tanto, siguió y, a pesar de los graves problemas entre Rosendo y María Viñales, se siguieron registrando enlaces matrimoniales en la parroquia de Castropodame, de los que hace escasos años yo tomé nota en el Archivo Diocesano de Astorga. En 1759, siete nada menos; en 1760, tres; en 1761, cinco; en 1762, tres; en 1763, dos. Uno de estos fue el de Luisa Cuadrado, la moza que también «cayó en la trampa» de Rosendo, resultando embarazada, como hemos visto.
Al hacer un recuento de los enlaces matrimoniales celebrados en la parroquia de Castropodame entre 1758 y 1770, se me ocurrió hacer un análisis que nunca había hecho: contrastar las fechas de los registros de enlaces matrimoniales y las de las fechas de bautismo. Analicé unos 40 casos y, en general, nada extraño observé. Desde las bodas al bautismo del primer hijo pasaban más de 9 meses, pero hubo un caso en que la cuenta fue muy ajustada, aunque sobrada. Nicolás González Cuadrado y María Cuadrado se casaron el 25 de marzo de 1759, tras obtener dispensa por cierto parentesco, y el 24 de enero de 1760 bautizaron un hijo.
En 1760 (día 16 de febrero), Alonso González de Turienzo Castañero se casó con Isabel Fernández Gayola, de Castropodame, y el bautizo de su hijo (o hija) fue el 6 de octubre. Luego o hubo error en el registro o «la cigüeña» tenía algo de prisa por hacer la entrega del bebé. Localicé otro caso mucho más evidente, el de Gerónimo de Llamas (viudo de Madalena de la Fuente) y Marta Fernández. Bautizaron un hijo (a) el 4 de enero de 1761, es decir, a efectos prácticos, a los 6 meses de la boda; luego… «la cigüeña» aceleró de lo lindo. Con calma y paciencia se podrían hacer muchos estudios similares en la enorme cantidad de registros parroquiales que hay desde hace siglos. No obstante, yo nunca los he hecho. Es un tema de estudio que tengo pendiente y que podría aportar datos sobre el comportamiento en estas «lides», pero eso sí, de personas de hace siglos.
El apellido Ramón debió ser conservado hasta el siglo XXI en Castropodame y, en todo caso, aún existe una fuente pública llamada «La Fuente de los Ramones». El apellido Viñales no se conserva hoy en Castropodame. Martínez sí, pero es uno muy corriente. Rosendo se apellidaba Martínez Rodríguez. Los restos de los vecinos que fueron testigos de todo este drama descansarán, en gran medida, en el subsuelo de la iglesia parroquial de Castropodame, que era utilizada entonces (era lo habitual en todas partes) como cementerio. Por lo demás, el paso del tiempo ha ido borrando las huellas, hasta el punto de que, en las últimas décadas del pasado siglo XX, ni siquiera los entonces viejos del lugar sabían ni recordaban nada de aquellos sucesos del siglo XVIII. El paso del tiempo tiende a borrar toda huella.
En la memoria colectiva del vecindario de Castropodame, las aventuras y desventuras amorosas de los mozos y mozas de los años 50/60 del siglo XVIII se borraron por completo. No obstante, la casualidad (soy geólogo, pero no historiador) hizo que, siendo yo un mozo de Castropodame, pero en los años 70 del pasado siglo XX, me empezase a preocupar (simple afición y curiosidad) por saber la historia de mi pueblo. Después de varias décadas de estar en estas labores y ya en este siglo XXI (años 2016-17), supe que en la Real Chancillería de Valladolid había un documento que hacía alusión a un pleito entre Rosendo Martínez y María de Viñales, ambos vecinos de Castropodame. El motivo era que Rosendo había estuprado a la mujer, la había dejado embarazada y había incumplido su promesa matrimonial.
Como el título del documento tenía buena pinta, lo pedí y, al estudiarlo, vi que aquello parecía el guion de una película o el texto de una novela, pero eran documentos para ser presentados ante los tribunales de justicia de la época. Eran, pues, escritos en los que se trató de reflejar lo más exactamente posible la realidad de unos sucesos que tuvieron lugar en el siglo XVIII.
Por otra parte, la suerte y mi afán por investigar me llevaron a buscar detalles interesantes, como, por ejemplo, el lugar exacto donde estaba la casa de Rosendo. También localicé un croquis de la casa del Sr. Cura del siglo XVIII y, por si fuera poco, tengo unos planos bastante detallados de esa vieja casa, que yo mismo realicé en 1988. En esas fechas, el viejo y gran edificio debía presentar aún un aspecto similar al que tuvo en el siglo XVIII, en base a otros documentos que yo conozco procedentes del Archivo Diocesano de Astorga. En definitiva, que tenía muchos datos, tomados de diversas fuentes, que debidamente ensamblados podían dar lugar a un extenso y entretenido relato.
Consideré que era interesante hacer un libro de riguroso análisis histórico de aquellos sucesos (lo hice en el año 2017) porque eran muy llamativos y sé que aventuras y desventuras similares habrán tenido lugar en otras muchas épocas y en otras muchas partes. Precisamente en Castropodame se conoce una antigua canción que se cantaba por las fiestas del Carnaval y que decía: «un buen mozo si lo eres y de muy buen corazón, pero tienes una falta, que eres falso en el amor». Yo apunto, de mi propia cosecha, que eso de buen corazón y falso en el amor son conceptos incompatibles. En Villaverde de los Cestos, una localidad vecina de Castropodame, en 1784 tuvieron lugar unos sucesos en buena medida calcados de los de Castropodame. Una historia de amores y desamores con episodios violentos, que está investigando un buen amigo mío, ‘Toño’ Marqués.
Apreciación exclusivamente personal
A nivel personal y como natural de Castropodame que soy, y dedicado a la investigación de su historia desde hace décadas, me ha resultado muy gratificante investigar a fondo este tema, porque me gusta investigar la historia de mi pueblo y porque también, a su debido tiempo, fui un mozo más de Castropodame y, como a cualquier otro, tuve que afrontar alegrías y penas inherentes a las relaciones entre mozos y mozas. No obstante, y por fortuna, en mi época de juventud no conocí ningún drama similar a este que con tanto esmero he investigado. Hubo, eso sí, los inevitables «disgustillos» (o disgustazos) debidos a los llamados males de amores. Vamos, lo típico.
Guardo muchos recuerdos de aquellos años 70-80 del pasado siglo y de las relaciones entre mozos y mozas de entonces. Son apreciaciones exclusivamente personales y, por tanto, subjetivas. Apreciaciones mías. Por ejemplo, me acuerdo de aquellos locales habilitados como salas de baile. El que mejor recuerdo, lógicamente, es el de Castropodame («Castro»), mi pueblo. Era el llamado «Salón de Conrado». También, ya más vagamente, recuerdo el de Calamocos y San Pedro Castañero. En Turienzo Castañero había otro, del que apenas tengo recuerdos. En ellos era posible hallar a las mozas de cada pueblo. Imagino que en casi todos los pueblos había alguno. El rato del baile en aquellos locales improvisados, a veces, era la principal diversión de mozos y mozas, que hacían del domingo un día diferente. En realidad, el único modo de acercarse un poco (y guardando las distancias, eso sí) a las mozas.
Además, en las fiestas (muchas) que, sobre todo en verano, había en los diversos pueblos del entorno de Castropodame, la actividad en principio más importante para los mozos de mi pueblo era el baile. Allí acudían las mozas de pueblos vecinos. Eran las de los diversos pueblos del municipio (son 7) y las de otros próximos como Almázcara o Congosto, según mis recuerdos. Las mozas solían agruparse en corrillos. Por lo general, en cada uno las de un pueblo concreto (Matachana, San Pedro Castañero, Congosto, Almázcara…).
Los mozos, cuando la orquesta iniciaba una canción, íbamos a cada corrillo a sacar a bailar a alguna moza. Era sencillo conseguir bailar una pieza. «Una pieza se baila con cualquiera», me suena que solían decir las mozas. Pero, acabada la pieza, «cada pardal para su espigal». La moza se iba con sus compañeras o amigas de corrillo y el mozo con los suyos. A la siguiente pieza de baile quizá ya había un rechazo de la moza… o no. Así, a lo largo de las tardes de baile, se iba calibrando el nivel de aceptación. La primera meta (si había interés en alguna moza) era lograr que, al acabar la pieza, la moza, en vez de volver a su «base», es decir, al corrillo de amigas del pueblo, se quedase charlando con el mozo, aunque fuese, obviamente, de asuntos triviales. De vendimiar, de regar las huertas o de recoger la hierba de los prados, por ejemplo. La cuestión era que la moza no se fuese. No era fácil lograrlo.
El siguiente paso lógico era quedar a solas con la moza para tomar algo. Si esas quedadas a solas se repetían, entonces ya se empezaba a hablar de ser «algo» novios y, si se mantenían en el tiempo, «novios formales». El final de todo ello era llegar al matrimonio «según lo manda Dios y la Santa Madre Iglesia», aunque ya en aquellos «lejanos tiempos» se iniciaron los matrimonios civiles e incluso la convivencia matrimonial a todos los efectos, pero sin formalismos legales. Todo ese procedimiento de los años 70-80 del siglo XX no debía existir en el siglo XVIII, donde, como he dicho, se concertaba o acordaba un matrimonio como se acuerda la venta de una finca. Es decir, que por lo que parece, un mozo y una moza que apenas se conocían podían, en cuestión de días, pasar a estar formalmente comprometidos para contraer matrimonio. Vamos, que era un poco jugarse la vida a cara o cruz.
En mi época las cosas no eran como en el siglo XVIII y, desde mi época hasta hoy, las cosas han seguido cambiando mucho. La sociedad y la mentalidad están cambiando continuamente. Los mozos de mi época éramos conscientes de ese cambio y, por ello, a menudo decíamos que éramos «la última generación de mozos». En algunos aspectos, así ha sido. Las típicas y ancestrales rondas que en Castropodame solían tener lugar los sábados por las noches han desaparecido. En ellas lo normal era que participásemos solo los mozos, que deberíamos ir a cantar o rondar a las mozas que quedaban en sus casas y, se entiende, durmiendo o descansando en su cama. Ello dio lugar a una pícara canción que decía: «todos los que cantan bien, cantan a tu ventana… y yo, como canto mal, duermo contigo en la cama».
En las rondas que yo recuerdo de mi época de mozo cantábamos muchas canciones y, entre otras, y como no podía ser menos, muchas que aludían a cuestiones de amores y desamores. La lista es bastante larga y pienso insertarla en un libro de próxima publicación. Hace unos días, un amigo mío y mozo de mi época me decía que casi todas eran quejas por problemas de amores. Pero quizá es una apreciación equivocada. Las historias no siempre han de tener un final negativo. Es cierto que las mozas a veces llevaban «el cesto de las calabazas» y se ponían a repartir, pero no siempre fue así, ya que, en ese caso, todos los mozos de mi época habríamos quedado para «vestir santas», en este caso. La realidad es que, aunque en muchos casos «a trancas y barrancas», todos o prácticamente todos conseguimos parejas más o menos estables.
Epílogo: Rosendo «vuelve» al pueblo
Yo considero que, debido a mis muchas horas de investigación, he logrado que, aunque sea solo de forma virtual, Rosendo Martínez Rodríguez vuelva a su pueblo y también, de modo virtual, pueda ser juzgado por sus hechos. Parece que burló a la Justicia, pero no consiguió burlar a la Historia y, desde mi punto de vista, el veredicto de la Historia sobre este tipejo no puede ser otro que culpable sin paliativos, máxime en una sociedad como la nuestra, en la que el respeto a las mujeres debe ser una obligación para cualquier hombre y en la que cualquier mozo ha de tener a gala ser galante (valga la redundancia) y honesto con las mozas.
Rosendo, por lo que sabemos, fue un impresentable y, si hubiera un libro en el que se asentasen los nombres de los tipos de infeliz memoria de la historia de Castropodame, él debería figurar en el mismo. Para mí es una satisfacción personal haber intentado, con esta investigación y las publicaciones de la misma, hacer «justicia» a ese mozo de mi pueblo. La justicia que posiblemente no tuvo en vida, porque desapareció sin pagar por sus delitos, por lo que sabemos. Escapó a la justicia de su tiempo, pero no logró esquivar el juicio de la Historia. Es una lástima que, lógicamente, no se haya conservado imagen alguna de ese tipo.