Adiós al Tótem

Detrás de la nube de polvo que levantó la demolición de Compostilla se vislumbra, literalmente, un horizonte de Futuro

16/02/2026
 Actualizado a 16/02/2026
Acuarela de la caída de la chimeneas en una acuarela de Alfonso Fernández Manso.
Acuarela de la caída de la chimeneas en una acuarela de Alfonso Fernández Manso.

Hay símbolos que no se levantan solo con hormigón, sino con ideas. Y las ideas, cuando se incrustan en el paisaje, se vuelven casi eternas. Durante medio siglo, las chimeneas de Compostilla fueron algo más que ingeniería: fueron una cosmovisión vertical. Dos columnas de 290 y 270 metros que no solo perforaban la niebla del Bierzo, sino también nuestra imaginación colectiva. Eran el eje de un mundo.

Conviene preguntarse con serenidad filosófica: ¿qué eran realmente esas chimeneas? Desde la estética, podrían haber encarnado lo sublime. Lo sublime, decía Kant, es aquello que nos sobrecoge por su magnitud, que nos empequeñece y, al mismo tiempo, nos eleva. En medio del Bierzo, aquellas lanzas de hormigón imponían respeto. Dominaban el horizonte como una catedral térmica. Convertían el paisaje de la Hoya del Bierzo, tan agrícola y forestal, en un escenario casi metafísico. Bajo sus sombras, uno sentía la grandeza de la técnica, la potencia de una época convencida de que la energía era el nuevo dios.

Pero lo sublime tiene trampa. A veces confundimos grandeza con poder. Y poder con verdad. Las chimeneas no eran columnas dóricas ni campanarios espirituales. Eran productoras de nubes tóxicas: miles de toneladas de dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y partículas con mercurio que durante décadas atravesaron nuestros pulmones y se depositaron en los bosques bercianos. Eran máquinas de aire sucio, culpables de una atmósfera que enrojecía los atardeceres y ennegrecía las hojas. El rojo del cielo no era una acuarela romántica; era química destructiva.

Hay gente que parece añorar todavía aquellos atardeceres encendidos de ocres, como si fueran postales de Turner; como si la boina de contaminación que durante años cubrió El Bierzo hubiera sido un filtro poético. El mismo cielo podía resultar estético para unos y asfixiante para otros. Yo no sentí ni una pizca de pena cuando contemplé la demolición de las chimeneas, ni nostalgia alguna por aquel olor a azufre. La belleza es una cuestión de perspectiva; la contaminación, no.

La historia de Compostilla es la historia de una idea: la de que el progreso consiste en quemar recursos no renovables hasta convertirlos en luz y plusvalía. Fue la alianza perfecta entre extracción y producción eléctrica, la central “a pie de mina”, el matrimonio entre el carbón y la turbina. Carbón, tren y embalse: la Santísima Trinidad del desarrollismo.

Pero toda cadena insostenible tiene un final. Y en el último eslabón estaba el proletariado berciano: mineros, operarios, transportistas, familias enteras que vivieron una realidad contradictoria. Abundancia económica relativa, salarios dignos durante un tiempo, comercios abiertos, bares llenos. Y, al mismo tiempo, drama sanitario, ambiental y social. La prosperidad tenía un reverso invisible que se medía en enfermedades cardiorrespiratorias, en suelos degradados, en dependencia estructural.

Y hay que recordarlo todo. Mientras tanto, un pequeño grupo de empresarios obtenía plusvalías de aquella trata carbonera. Porque durante más de la mitad de la vida de la central, el carbón ya no venía solo de nuestras cuencas; llegaba en barcos desde el extranjero. Se quemaba aquí, se contaminaba aquí, se enfermaba aquí. El beneficio viajaba con más facilidad que el humo.

Lo sublime, entonces, no era la altura de las chimeneas, sino nuestra capacidad para defenderlas incluso cuando sabíamos lo que representaban: esa columna sostenedora, casi fálica, símbolo de testosterona industrial que supuestamente empoderó a la comarca. Había en su verticalidad una metáfora del orgullo: éramos productores de energía, éramos necesarios, éramos modernos. Y, sin embargo, éramos también infinitamente dependientes.

La contradicción humana es fascinante. Podemos saber racionalmente que algo nos perjudica y, sin embargo, sentir apego por su símbolo. En estos días he descubierto que esto ocurre con las chimeneas de Compostilla. Sobrecogían, daban identidad, hacían sentir a muchos bercianos parte de una epopeya industrial. En un mundo rural que siempre tuvo complejo de periferia, aquellas columnas eran una declaración de centralidad: aquí se produce energía, aquí importa lo que hacemos.

El monocultivo del carbón fue, como el tiempo ha demostrado, más que una estructura económica; fue una mentalidad. Como todo monocultivo, empobrece la diversidad. Se apostó todo a una carta, a un recurso finito, a una tecnología destinada a quedar obsoleta en el nuevo credo ambiental europeo. Cuando en noviembre de 2018 se solicitó el cierre y en junio de 2020 la central se desconectó definitivamente, lo que quedó al descubierto no fue solo una infraestructura, sino un vacío.

Hoy quedan esas ochenta hectáreas industriales sin un solo movimiento, salvo el del desmantelamiento y la demolición. La empresa que nació y creció en nuestra tierra, que se hizo grande gracias a ella, no ha dejado un proyecto de envergadura que sustituya el humo por ideas. La demolición ha sido más diligente que la reinvención.

Por eso su caída duele, incluso a quienes no derramarán una lágrima. Porque lo que cae no es solo hormigón; es una narrativa. Pero quizá haya que reformular el sentido de lo sublime. Lo verdaderamente sublime no es la altura de una chimenea, sino la capacidad de una comunidad para reinventarse. No es el poder de quemar miles de toneladas de carbón, sino la inteligencia para imaginar otro modelo. No es la testosterona del humo, sino la serenidad del paisaje verde que asoma tras el polvo.

Hasta nunca, tótem. Que tu desaparición no sea motivo de amnesia, sino de conciencia. Que recordemos lo que significaste en toda tu complejidad: progreso y dependencia, empleo y enfermedad, orgullo y sumisión. Que no confundamos lo sublime con lo dañino ni la nostalgia con la justicia.

El Bierzo no necesita más columnas que prometan salvaciones externas. Necesita ideas arraigadas en su territorio, diversidad económica, proyectos que no dependan de un único recurso finito. Necesita sustituir el monocultivo por un mosaico. Algún día cambiaremos las cosas. Tal vez el cambio empiece al aceptar que el verdadero empoderamiento no era tener las chimeneas más altas del noroeste, sino ser capaces de imaginar un futuro sin ellas.

El tótem nunca es el objeto, sino la fe que depositamos en él. Las chimeneas como creo que todos sabemos fueron eso: la columna donde proyectamos progreso y orgullo, aunque también ocultaran dependencia y humo. Al caer, no se derrumba solo el hormigón; se resquebraja la creencia de que algo externo nos sostiene. Y quizá ahí comience la madurez de una comarca.

Detrás de la nube que levantó la demolición se vislumbra, literalmente, otro horizonte. Sin columnas de hormigón, el valle recupera su escala; la montaña vuelve a ser protagonista y el cielo, sin cicatrices industriales, se ofrece limpio. Hay algo profundamente simbólico en ese instante: el polvo oscurece por unos segundos y luego se posa, revelando un paisaje que siempre estuvo ahí. No queda un vacío metafísico, sino un espacio, y todo espacio es una posibilidad. Eso, y no el humo rojo del pasado, es lo verdaderamente sublime: un futuro más respetuoso con la Tierra.

Archivado en
Lo más leído