La vida en León y Kaikoura, en Nueva Zelanda, transcurre igual de tranquila y rutinaria, ajena en ambos casos al hecho de ser los puntos más alejados entre sí del planeta. La antípoda leonesa es una pequeña ciudad en la que mar y montaña se abrazan, conocida por ser un punto óptimo para el avistamiento de ballenas y por deliciosos platos de unas langostas a las que llaman cangrejos.
De hecho, el nombre de esta remota localidad de la isla sur de Nueva Zelanda significa precisamente ‘comer cangrejo’. A Kaikoura, ubicada a 20.000 kilómetros de la provincia, solo se puede acceder desde carreteras de alta montaña y elevada pendiente que descienden hasta el nivel del mar. Allí, alejadas de cualquier otro asentamiento humano, viven unas 4.000 personas, aunque el número de vecinos se incrementa de manera sustancial durante los meses de verano, en el invierno del hemisferio norte, con población estacional de todo el país que llega a sus segundas residencias para pasar sus vacaciones en este entorno privilegiado.
Las antípodas de la provincia de León se encuentran en la conocida como península de Kaikoura, una amplia extensión de tierra repleta de fiordos, al pie de una cordillera nevada y envuelta por el océano Pacífico. En concreto, si se cava un agujero infinito en sus calles se saldría en algún punto de la comarca de la Maragatería y lo mismo ocurriría, llegando al resto de tierras leonesas, desde las inmediaciones de la ciudad y las aguas en las que se realizan cruceros para presenciar ballenas jorobadas en libertad.
De hecho, esta ciudad neozelandesa creció y se desarrolló en base al turismo y a diversos negocios vinculados al avistamiento de ballenas en mar abierto, las cuales van y vienen de forma estacional desde las gélidas aguas del Antártico. En estos cruceros, siempre sujetos a las condiciones meteorológicas y al comportamiento de los cetáceos, se pueden presenciar saltos hacia atrás y otras acrobacias de estos animales, en excursiones marítimas en las que son frecuentes los mareos y los vómitos debido al fuerte oleaje.
Además, en Kaikoura se ven con facilidad delfines nadando, de manera tan elegante como apacible, por el Pacífico y colonias de focas en sus costas. Estas son rocosas, muchas de ellas quebradas por el grave terremoto de 2016, de 7,8 grados en la escala de Richter, cuyos efectos continúan siendo palpables una década después.
Los vecinos de Kaikoura se saludan en maorí diciendo ‘Kia ora’, expresión que podría traducirse como ‘que estés bien’ o ‘que tengas salud’, y a la entrada de la población se encuentra, casualmente, la imagen de un león como emblema de un club local de voluntariado. En sus calles, hay una escuela, una iglesia, un gimnasio, una gasolinera, farmacias, bares, restaurantes, un campo de golf, un apeadero de tren, un embarcadero y hasta un pequeño aeródromo. También se pueden ver numerosos coches clásicos, celebrándose una concentración anual de gran fama en toda Nueva Zelanda.
Respecto a la gastronomía, aunque es popular la carne de uno de sus restaurantes, la pesca local es la protagonista de la mayoría de los platos más valorados, con abulones de un azul muy vivo, mejillones de cáscara verde y sabrosos cangrejos y langostas de kilómetro cero. En las cartas de los restaurantes de Kaikoura tampoco faltan, bajo la influencia británica que unida a la cultura maorí da un peculiar dualismo al territorio neozelandés y a sus gentes, los conocidos como ‘fish and chips’.
"Es muy bonito, pero muy diferente"
Moana, es una camarera de rasgos maoríes de uno de estos restaurantes y muestra curiosidad por cómo es el lugar más alejado de todo el mundo a la ciudad en la que vive. Al ver una foto de la Catedral, justo antes de compartir recomendaciones turísticas en Nueva Zelanda, dibuja una sonrisa sincera y comenta: «León es muy bonito, pero muy diferente a Kaikoura».
No compara y tampoco lo hace Sarah, que trabaja en un local de esmerados desayunos. «Oh, Dios mío. Es increíble», declara esta joven al conocer cómo es la antípoda exacta del lugar en el que vive.
Descubriendo las antípodas
Tracey, que trabaja en el Nin’s Bin, una especie de ‘food truck’ en medio de la nada situada tan a pie de playa como a pie de las montañas, también suelta un largo «guau» al descubrir que León es el lugar más alejado de la Tierra. Mientras prepara una langosta junto a una compañera de corta edad, esta neozelandesa repite con asombro: «El sitio más lejano del planeta».
El resto del paisanaje también contempla con interés imágenes de la provincia leonesa. Virginia, que trabaja en la gasolinera, asegura no conocer la existencia de León y también se queda sorprendida al atender a clientela llegada del otro lado del mundo. Menos importancia parece dar a este hecho Fiona, dueña de un hotel a las afueras de Kaikoura, centrada en prestar el mejor servicio a las personas que visitan este lugar sin duda especial.
Especial para cualquier leonés por ser una especie de ‘alter ego’ de su tierra, pero también para todo visitante que se detenga a contemplar su mar inquieto que se abre entre la bruma, su paleta perfecta de tonos azules que escalan con la montaña en una sucesión de horizontes que terminan por perderse en una cordillera partenal, implacable, solemne. Kaikoura es uno de esos lugares a las que las fotografías no le hacen justicia.
Comunicada con León por un agujero infinito, esta población de Nueva Zelanda comparte con sus antípodas una singular belleza geográfica y un paisanaje que parece mimetizarse con la serena quietud del lugar: gentes absortas en su rutina personal y colectiva, ajenas a las incontables disputas que se suceden casi a cada palmo en ese mundo que los separa. La vida en Kaikoura, a pesar de la distancia, no es tan diferente.





















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