Homenaje al pionero que dio a conocer Valdevimbre por sus cuevas restaurante

El Ayuntamiento reconoce como Hijo Predilecto al hostelero Cesáreo Álvarez Alonso que en 1979 abrió la Cueva del Túnel, germen de un modelo gastronómico y turístico que transformó la localidad

12/06/2026
 Actualizado a 12/06/2026
Ángel Cueto entrega el reconocimiento de Hijo Predilecto a Cesáreo Álvarez. | SAÚL ARÉN
Ángel Cueto entrega el reconocimiento de Hijo Predilecto a Cesáreo Álvarez. | SAÚL ARÉN

Valdevimbre vivió este viernes una tarde de emoción, memoria y reconocimiento colectivo con el nombramiento de Cesáreo Álvarez Alonso como Hijo Predilecto de la localidad, uniéndose así a la figura de Manolo Cadenas. El Centro Cívico Municipal acogió a partir de las siete de la tarde un acto especialmente emotivo en el que familiares, amigos, vecinos y paisanos arroparon a uno de los nombres propios de la historia reciente del municipio.

El Ayuntamiento de Valdevimbre quiso reconocer así la trayectoria de un hombre emprendedor, pionero y profundamente ligado a su pueblo, que en el año 1979 abrió la Cueva del Túnel, una iniciativa que acabaría convirtiéndose en mucho más que un restaurante. Aquel proyecto fue el punto de partida de una nueva forma de mirar a las cuevas tradicionales, hasta entonces vinculadas al vino y a la vida agrícola, y abrió un camino que después seguirían otros establecimientos, situando a Valdevimbre en el mapa gastronómico y turístico de la provincia.

El alcalde de Valdevimbre, Ángel Cueto, subrayó durante el homenaje el carácter emprendedor y visionario de Cesáreo Álvarez, cuya apuesta supuso un importante revulsivo tanto para la gastronomía como para el sector vinícola y la promoción del municipio. Su iniciativa, destacó el regidor, contribuyó a recuperar un patrimonio singular y a convertirlo en seña de identidad de todo un pueblo.

Cesáreo recibió el reconocimiento con gratitud y emoción. «No esperaba que el pueblo me reconociera de una forma así tan explícita la labor», confesaba antes del acto. «Me siento muy honrado», añadía, consciente de que el nombramiento resume también el cariño de varias generaciones de vecinos hacia una figura muy querida en Valdevimbre.

Su relación con las cuevas viene de lejos. Nacido en la localidad, Cesáreo las conoció desde niño y siempre sintió fascinación por su arquitectura. «Las cuevas las conocí desde chaval. Ya desde niño, la arquitectura de las cuevas me había impresionado», recuerda. Aquella admiración inicial se unió después a su formación en Historia del Arte y Filosofía y Letras, y a una sensibilidad artística que nunca le ha abandonado.

Numerosos familiares, amigos y vecinos acudieron al homenaje. | SAÚL ARÉN
Numerosos familiares, amigos y vecinos acudieron al homenaje. | SAÚL ARÉN

 

En los años setenta, con el declive de las bodegas tradicionales y el abandono progresivo de muchas cuevas, Cesáreo entendió que había que actuar. «En la mente de todos estaba que había que hacer algo con nuestra arquitectura, con las cuevas», explica. Fue entonces cuando decidió «coger el toro por los cuernos» y convertir una cueva familiar en un espacio de hostelería que permitiera recuperar y mostrar el patrimonio del pueblo.

La cueva pertenecía a su familia, a sus abuelos y a su madre, aunque sus orígenes son mucho más antiguos. Cesáreo calcula que, como buena parte de las cuevas de Valdevimbre, podría remontarse a los siglos XVIII o XIX. Las últimas ampliaciones, recuerda, las hicieron su abuelo y un hermano de éste hacia los años veinte del siglo pasado, cuando abrieron los dos ventanales del fondo.

Cuando puso en marcha la Cueva del Túnel tenía apenas 27 años. No pensaba dedicarse a la hostelería, pero aquel invierno de 1978 a 1979 en Valdevimbre le cambió el rumbo. «Nunca pensé dedicarme a la hostelería o meterme en estos enredos», admite. En un principio creyó que sería una aventura de dos o tres años, pero el proyecto lo atrapó. «Siempre tuve la sensación de que se podía hacer más», resume.

Durante alrededor de cuatro décadas estuvo al frente de la Cueva del Túnel, que se convirtió en referencia y símbolo de una manera de entender la gastronomía ligada al territorio, al vino, al patrimonio subterráneo y a la memoria de Valdevimbre. Su apuesta fue abriendo camino a otros proyectos similares. Cesáreo asegura que siempre tuvo claro que vendrían más cuevas y que eso sería positivo para el pueblo. «No era cuestión de pensar en repartir mi clientela entre los nuevos, sino de ir abriendo mercado y ganando clientes», sostiene.

De hecho, él mismo impulsó una segunda cueva, la conocida como Cueva de Litio, hoy cerrada, que funcionó como un espacio cultural, de copas, conciertos y exposiciones. Por allí pasaron grupos leoneses y nombres del panorama nacional, entre ellos Los Secretos o Tino Casal, amigo personal de Cesáreo. Fue, reconoce, una experiencia intensa y adelantada a su tiempo, especialmente por desarrollarse en un pueblo.

El homenajeado mira ahora al futuro de Valdevimbre con optimismo. Considera que las cuevas aún ofrecen muchas posibilidades más allá de la hostelería, desde el turismo rural hasta alojamientos u otras actividades culturales. Sin embargo, también lanza una advertencia sobre la necesidad de cuidar este patrimonio. «Mientras sepamos mantenerlo, hay futuro», señala, antes de recordar que el agua es uno de los grandes enemigos de las cuevas y que la falta de mantenimiento puede poner en riesgo algunas zonas.

Cesáreo Álvarez siendo felicitado. | SAÚL ARÉN
Cesáreo Álvarez siendo felicitado. | SAÚL ARÉN

 

El nombramiento de Cesáreo Álvarez Alonso como Hijo Predilecto llega después de otros reconocimientos a figuras destacadas del municipio, como el de Manolo Cadenas, con quien comparte recuerdos de infancia y vínculo con Valdevimbre. En su caso, el homenaje reconoce no solo a un hostelero, sino también a un hombre de inquietudes culturales, amante del arte y de la pintura, actividad a la que dedica ahora más tiempo tras su jubilación.

Aprovechando los inviernos para viajar, Cesáreo sigue manteniéndose fiel a su estancia en Valdevimbre. Aquí conserva su estudio, sus raíces y buena parte de su vida. También aquí queda la huella de una intuición que en 1979 parecía casi una aventura personal y que, con el paso del tiempo, se convirtió en una transformación colectiva.

Este viernes, su pueblo se lo reconoció públicamente. Y lo hizo como suelen hacerse los homenajes verdaderos: con emoción, con memoria y con gratitud.

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