‘Entrevistas Inclusivas’ es un espacio de colaboración entre La Nueva Crónica y la Asociación Activos y Felices. Su presidenta, Belén Arén, junto a Paula Escalante, una joven con discapacidad física, entrevistan a personas cuyo día a día tiene un gran impacto en la vida de otras personas o en la ciudad. En esta ocasión se trata de Sara Braña, una mujer cuya vida es una lección de coraje y letras. Con cuatro carreras a sus espaldas, dos cánceres superados y una ceguera que no le impide «ver» la realidad con una nitidez asombrosa, Sara presenta su universo literario y su incansable lucha contra las barreras mentales de la sociedad.
–¿Qué te inspiró para ser escritora? ¿Cuándo decidiste que querías serlo?
– Me inspira la realidad cotidiana: las situaciones a las que me enfrento, cómo actúa la gente en la ciudad, la montaña o la playa. Soy muy observadora y analítica. Creo que siempre tuve maña de escritora; de pequeña, en las redacciones de lengua, siempre era la que más se explayaba. También me inspira mi propia historia personal.
– De los libros que has escrito, ¿cuál es tu favorito?
– «Noches turbulentas» es una novela de ficción autobiográfica donde yo soy la protagonista. Es como si fuera mi alter ego.
– ¿Escribes todo tipo de libros? ¿Sobre qué temas? ¿Son para todas las edades?
– He escrito de todo menos teatro: novelas (tengo cinco y una en marcha), poesía y relato largo. No me gusta encasillar por edad, pero mis únicos dos cuentos son literatura infantil. Es un género distinto porque requiere ponerte la mente de un niño y sus deseos.
– ¿Por qué decidiste el título «La niña que quería ser flor»? ¿Tiene algo que ver con tus raíces?
– Mi madre ama las plantas y siempre viví rodeada de flores. Mi favorita es la rosa blanca. El título viene de ese deseo humano de admirar más lo ajeno que lo propio; la niña quería ser flor por su fragancia, pero no era consciente de las dificultades que también tiene ser flor.
– ¿Qué significa para ti ser escritora?
– Comunicar y, sobre todo, desnudar mi alma ante el mundo. Hablar a través de las letras y divulgar, porque en este mundo hay mucho que decir y poca gente que quiera escuchar.
– ¿Cómo superas tus discapacidades para poder escribir?
– La tecnología me ayuda mucho. Uso un lector de pantalla en el ordenador llamado Jaws y en el iPhone activo el VoiceOver. Me leen lo que escribo, las fotos, los emoticonos y la información de las páginas web. Son herramientas vitales para mí.
– ¿Cómo es tu día a día? ¿Cómo te superas cada uno de los días?
– Intento pensar que, si la realidad es la misma, ¿por qué no sonreír? Es una frase muy mía. Creo que, en ausencia de un sentido, otros se potencian, y me valgo de ellos para desarrollarme.
– Has estudiado cuatro carreras (Magisterio de Inglés, Educación Especial, Psicopedagogía y Filología Hispánica). ¿Cuál has disfrutado más?
– Todas a su estilo porque están interrelacionadas. Las de educación me ayudaron a saber quién soy y la de Filología a valorar el enorme patrimonio lingüístico de nuestra lengua española, que me apasiona.
– ¿Cuál ha sido la que más te ha servido en tu trayectoria?
– Para ser escritora, Filología Hispánica, por las técnicas de narración y diálogos. Pero para crear la psicología de los personajes, Psicopedagogía me ha servido mucho, junto a mi experiencia personal.
– ¿Cuál de ellas te ha planteado más dificultades?
– La Universidad en sí misma fue un reto. Pese a que se habla de inclusión, viví situaciones duras: profesores que no querían digitalizar apuntes para que mi lector pudiera leerlos y, lo más triste, sufrí bullying en la etapa adulta por parte de futuros educadores. El bullying adulto es muy duro porque nace de la depravación moral, no de la inseguridad infantil.
– ¿Cuál ha sido la barrera más difícil de salvar en tu recorrido?
– Las barreras mentales. El hecho de que la gente te «borre» de las escenas. A veces voy con mi madre y la gente le pregunta a ella «¿qué tal tu hija?», como si yo no estuviera delante. Persiste el prejuicio de ver las gafas de sol y el bastón antes que a la persona.
– Tu familia ha sido un pilar importante...
– Mis padres tienen el cielo ganado. Como en la universidad no querían adaptarme los apuntes, mi madre se quedaba hasta las 3 de la mañana grabándolos en un magnetófono para que yo pudiera estudiar. No la metimos en la orla por pudor, pero se lo merecía.
– ¿Qué es lo que dirías que te ha faltado como ayuda a lo largo de tu vida? ¿Y qué es lo que más agradeces?
– Me ha faltado una escucha completa. Mucha gente se queda en la superficie porque mi complejidad emocional les asusta. Y lo que más agradezco es vivir, así, en mayúsculas. Estar aquí después de dos tumores es el regalo más bonito que hay que desenvolver.
– ¿Cuál ha sido tu experiencia en el mundo del voluntariado?
– Muy ambivalente. Algunas instituciones no confiaban en mí por prejuicio; pensaban que yo solo debía recibir ayuda, no darla. Pero finalmente he encontrado una asociación que se ha abierto a mí y me permite ser yo misma: Activos y Felices. Allí llevaré el área de motivación para gente mayor, ayudándoles a sacar su talento.
– ¿Cómo ha sido tu relación con el Hospital de León respecto a la accesibilidad?
– Mi relación ha sido estupenda, especialmente a nivel humano. He pasado por muchos servicios y siempre han sido muy humanos conmigo. De hecho, dediqué mi libro ’Desde la Sangre’ al Hospital de León. En cuanto a accesibilidad, siempre voy acompañada y no he tenido grandes problemas, aunque todo mejoraría si escucharan más a los usuarios.
– ¿Qué consejo le darías a las personas para ser felices?
– No esperes a jubilarte para vivir. Muchas personas me dicen: «Ahora que me he jubilado voy a empezar a vivir». Es muy triste. Hay que dejar apartado el pudor, dejar de satisfacer las expectativas del sistema y ser uno mismo desde siempre.
