«Recuerda Teresa que cierto día que su padre regresaba de las frecuentes salidas hacia a otros lugares, donde le contrataban; ese día llegó a casa con una bolsa de macarrones y allí no sabían lo que eran, ni como se cocinaban y tuvo su padre que explicarles a su madre y a ella como se preparaban».
«Cuando Teresa tenía tres años, tuvo un hermano y al cumplir ella cinco años, falleció su madre a consecuencia de las heridas sufridas de la caída de una cerezal. Durante un tiempo cuidó de ellos, la abuela materna y a tan corta edad, ya tenía que salir a pastorear el ganado e incluso cuidar de su hermano, pues su abuela también se tenía que dedicar a las labores agrícolas y ganaderas para poder salir adelante. Incluso a una edad muy corta ya le tocó durante los veranos ir a cuidar el ganado a la sierra, donde lo llevaban durante ese tiempo y permanecían con ellos todo el tiempo, durmiendo en chozos ».
«Muy pronto tuvo que asumir la responsabilidad del cuidado de su hermano y de la casa y claro, como no, del ganado. Maduraba a la velocidad del rayo. Recuerda como a esa edad, tan niña aún, desde que había fallecido su madre, muchas noches durmiendo abrazada a su hermano, lloraba desconsoladamente y maldecía la vida que le estaba tocando vivir. Pero ella era una luchadora y ya desde muy niña, nada le metía miedo, sabiendo sobreponerse a las desgracias».
Son solamente una frases de la biografía de Teresa Rodríguez Lorden para entender de quién hablamos, qué vida recreamos, la de una cabreiresa nacida en Santa Eulalia de Cabrera en 1941 y que, con el tiempo, cuando la vida parecía sonreirle, acabó en la cárcel. Pero ya que nos adelantamos en el tiempo adelantemos también que fue indultada... y además era inocente. Como su marido José, también preso, por la misma falta e igual de inocente.

La historia de aquel contencioso, el paso por la cárcel, el indulto en la procesión del perdón para Teresa, la libertad y el regreso durante varios meses al año a Santa Eulalia estuvo envuelto, como es fácil de entender, en las brumas de las leyendas, las habladurías... aunque es cierto que quienes conocían a Teresa y José sabían de la injusticia de aquel dolor. Pero ahora, muchos años después, 18 han pasado desde el indulto... Teresa se ha decidido a hablar, le ha contado su historia a José Manuel Roces —el autor de El bandolero de Omaña: ni bandolero, ni de Omaña, cabreirés– y la historia ya está en las librerías con el esclarecedor título de Una cabreiresa inocente: Indultada por la Cofradía del Santo Cristo del Perdón. «Conocía la historia ‘de oídas’ ya que paso largas temporadas en Cabrera, me apetecía saber qué había en ella de verdad y leyenda, pero al conocer a Teresa y José, especialmente a ella, me sedujo todo: su bondad, el dolor de lo que ha pasado, su biografía de trabajo para sacar adelante a una familia, cómo emigraron a Holanda para trabajar de sol a sol y poder comprar una casa en el Sur, que era su paraíso en su jubilación... y se convirtió en un auténtico infierno».
- ¿Y cómo una mujer así, ejemplar, acaba en la cárcel?
- Por una sucesión de circunstancias. Una defensa legal de traca, la mala suerte y, sobre todo, aceptar la prisión para evitar que tuvieran cualquier tipo de problema sus hijos que, de haber algún culpable, habían sido ellos. Me parece un acto supremo de generosidad.
Vamos a los hechos. Teresa, aquella niña que tuvo que hacerse mujer y casi madre sin remedio, por necesidad, encontró en su camino una bendición llamada José —en Forna, su pueblo, cuando fue a recibir clases de costura—, pero no parecía la vida querer ponérselo fácil, Primero José tuvo que ir a la mili, muy lejos, a Melilla. Pero Teresa le esperó, salía cada día a esperar al cartero, las cartas que se escribían son un tratado de frescura y romanticismo. Al fin regresó, pero la vida no era nada fácil en Cabrera y José decidió emigrar a Holanda, primero se fue él solo y Teresa seguía saliendo cada día a esperar al cartero. Y nuevamente cartas para leer y emocionarse.
Sin conocer el idioma, ni tener referencias, José se abrió camino y entró en una gran empresa, la Philips, hasta se pudo alquilar un piso: «Pero la verdadera alegría no venía del piso en sí, sino de lo que representaba: la posibilidad de traer con él a la familia. Su esposa, Teresa, y sus cuatro hijos, Fernando, Alfonso, Olga y Javier, aún vivían en España, esperando el momento de reunirse con él. Cada mes, le enviaba dinero a Teresa, con el que había mejorado mucho la calidad de vida, pero la distancia seguía siendo una losa muy grande sobre los dos», escribe Roces, al recordar que así pasaron cuatro años hasta reunirse en Eindhoven. Todo cambió: «Teresa, pronto comenzó también a trabajar como cocinera en restaurante y así siguió en la restauración durante mucho tiempo. La vida les sonreía, sus condiciones económicas eran inmejorables. Y disfrutaban de todo lo que la vida les estaba ofreciendo y de permanecer todos juntos. Sus hijos crecían recibiendo una buena educación, siendo multilingües y tenían un futuro brillante por delante».
Esta nueva situación se materializó en arreglar la casa de Santa Eulalia y comprar otra en Elche, donde pasaban los inviernos, cuando el frío llegaba a Santa Eulalia. La vida les sonreía en su jubilación, el trabajo había dado sus frutos... Pero aquel paraíso se convirtió en un infierno. Unos vecinos que fueron sus grandes amigos cambiaron radicalmente de actitud cuando les pidieron un préstamo de una elevada cantidad de dinero que los leoneses no accedieron a darles. «A partir de ese momento, la relación entre los vecinos comenzó a enfriarse. Las conversaciones se hicieron menos frecuentes, las sonrisas menos sinceras. José y
Teresa sintieron que algo se había roto, que la confianza había sido dañada», pero solo era el principio, otro problema con una obra que restaría luz a los cabreireses fue el detonante de una situación muy triste para ellos. «Un día, la situación llegó a su punto, donde nunca debió llegar. Teresa se dirigía al mercado cuando se encontró con Antonio en la calle. Este comenzó a insultarla, profiriendo palabras obscenas y acusaciones infundadas. Teresa, harta de la situación, le respondió con firmeza, defendiendo su honor y el de su esposo.
Antonio, fuera de sí, perdió el control. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre Teresa, propinándole una serie de golpes en la cara y el cuerpo. Teresa cayó al suelo, aturdida y dolorida. Algunos vecinos, alertados por los gritos, acudieron en su ayuda y lograron detener la agresión».
Teresa acabó en el hospital. «La tranquilidad de Elche se había roto en mil pedazos. El paraíso se había transformado en un infierno. José y Teresa se enfrentaban ahora a una dura realidad: la amargura había invadido su hogar, y el futuro se vislumbraba incierto y sombrío. La denuncia a Antonio era inevitable, y las consecuencias legales, impredecibles. Pero lo más difícil era superar el trauma, recuperar la confianza y reconstruir su vida».
Teresa ganó el juicio, aunque su vecino argumentó que se había caído pero los testimonios de los vecinos fueron fundamentales. Antonio debió indemnizarla y el matrimonio cabreirés decidió pasar página, seguir su vida, olvidar y para ello no decirle nada a sus hijos y evitarles preocupaciones y posibles problemas.
Pero en una de las visitas algún vecino les preguntó cómo estaba la relación con los vecinos, si les habían perdonado la paliza a su madre... «Los hermanos, quedaron sorprendidos ante la pregunta. No entendían nada de lo que Juan les estaba diciendo. Nunca les había comunicado ninguna anomalía acaecida con el vecino. Se sintieron engañados por sus padres, aunque por otra parte, sintieron una gran compasión, pensando en lo mal que lo debieron de pasar ellos solos en el silencio pues ellos vivían en Holanda».
«Los días siguientes, eran como un polvorín a punto de explotar», solo faltaba la chispa y éste llegó el día que el vecino insultó y amenazó a José. «Voy a arruinarte la vida, a ti y a tu familia» le decía y cuando llegaron los hijos les preguntó: «¿Qué pasa niñatos? ¿Venís a defender al calzonazos de vuestro papi?».
Define Roces la trifulca posterior diciendo que los hijos de Teresa estaban «ciegos de furia»; les golpeaban si escuchar los gritos de su madre que les pedía que cesaran. Le propinaron una brutal paliza, con varios huesos rotos, el propio José llamó a la ambulancia y todo desembocó en un nuevo juicio.
Después de unas citaciones previas bastante desagradables para ellos llegó la hora de la verdad, el juicio. «Sabían (Teresa y José) que debían tomar una decisión difícil: ¿debían presionar a sus hijos para que se entregaran a la justicia, o debían protegerlos a toda costa, asumiendo las consecuencias de su silencio? La respuesta, aunque dolorosa, parecía inevitable. Eran padres, y su deber era proteger a sus hijos, incluso si eso significaba enfrentarse a la ley y al mundo entero».
Y así lo hicieron. «José y Teresa, demacrados y con el peso de los meses de angustia reflejado en sus rostros, entraron en la sala tomados de la mano. La mirada del juez, el mismo hombre adusto que los había interrogado meses atrás, les heló la sangre». Pasaron diferentes testigos, de las dos agresiones, «Su abogado, del turno de oficio, parecía estar ausente de la sala ante la contundencia de las pruebas presentadas por la fiscalía, él no abrió prácticamente la boca en todo el juicio, no rebatió nada de lo que se presentó; especialmente el desgarrador testimonio del agredido».
Los hijos declararon por videoconferencia, se inculparon, reconocieron ser los autores de la agresión pero... «El alegato final del fiscal fue implacable. Acusó a José y Teresa de haber instigado la agresión, de haber manipulado a sus hijos, de haber intentado encubrir el delito. Solicitó para ambos una pena ejemplar: seis años y seis meses de prisión por un delito de intento de homicidio imprudente», su abogado apenas habló y la sentencia fue clara:««Este tribunal declara culpables a José y Teresa de un delito de intento de homicidio imprudente y, en consecuencia, los condena a la pena de seis años y seis meses de prisión. Un grito ahogado resonó en la sala. Teresa se desplomó sobre el hombro de José, quien la abrazó con fuerza, tratando de contener sus propias lágrimas. El mundo se había derrumbado a su alrededor».
Nadie entendía aquella injusticia. Pero ellos no recurrieron para evitar problemas a sus hijos. Regresaron a Santa Eulalia, pusieron en venta la casa y cuando lograron venderla compraron otra en San Pedro del Pinatar, en Murcia, para no renunciar al sueño de su vida... hasta que llegó la hora de ejecutar la sentencia. E ingresaron en prisión, donde fueron los ejemplares trabajadores que toda la vida habían sido y un día, el BOE de 14 de 2008 se leía:«Vengo en indultar (firmaba Juan Carlos R.) a doña Teresa Lorden Rodríguez las penas privativas de libertad pendientes de cumplimiento, a condición de que no vuelva a cometer delito doloso en el plazo de seis años desde la publicación del real decreto)».
Y, por supuesto, no volvió Teresa a cometer delito alguno... como no lo había cometido antes.
