Bodas de platino, vidas de granito

Sara e Isidro celebraron sus bodas de platino el jueves; lo importante no han sido los 65 años que llevan juntos, fue la batalla de cada día

19/04/2026
 Actualizado a 19/04/2026
Sara e Isidro, de la mano, en sus bodas de platino, y con su añorado Lodares presidiendo sus recuerdos de ‘alrededor’ de sus 90 años, de granito. | SAÚL ARÉN
Sara e Isidro, de la mano, en sus bodas de platino, y con su añorado Lodares presidiendo sus recuerdos de ‘alrededor’ de sus 90 años, de granito. | SAÚL ARÉN

Isidro —93 años, ciego desde hace sesenta— se emociona varias veces a lo largo de la conversación alrededor de un café y unas pastas caseras que Sara hace. Quiere agradecer a mucha gente que encontró en su camino y Sara, su mujer, 85 años, parece querer aliviar el trago y cuenta ella. Isidro, sin levantar la voz y con una sonrisa, le dice: «Déjame que lo cuente».

Ocurre varias veces —al hablar de su médico, de la Once...— pero se muestra especialmente resuelto a contar uno: «Después de perder el segundo ojo estuve un año con un médico de Madrid, tratando de salvarlo, aunque no se pudo... Lo que me admira y me emociona es cómo Sara pudo con todo, sacó adelante todo en Lodares, los hijos, el ganado, mis gastos...». Y Sara parece querer restarle importancia: «Aquella vida era así, de niñas ya íbamos con la vecera, que entonces había vecera de todo, con un cacho de pan y lo que fuera. Había que hacerlo y se hizo» dice en voz baja. Pero Isidro vuelve a la carga: «Me emociona recordarlo, menuda mujer Sara; y también quiero acordarme del médico de Madrid, hizo lo que pudo pero no había solución ¿Cuándo le pregunté qué le debo?, de un año de consultas, me abrazó y me dijo: Nada, yo solo quería devolverte la vista». 

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Sara, 85 años, e Isidro, 93, recuerdan su boda en León, aún vivían en Lodares, aquel 15 de abril de 1961, esta semana hizo 65 años. | SAÚL ARÉN 

Ya estaban casados cuando Isidro tuvo el segundo accidente, ya tenían tres de los cuatro hijos —«el cuarto fue al volver de Madrid, menos mal que estuvo un año afuera si no vete a ver cuántos somos», bromea Sara— y aquello fortaleció la unión pues al quedar ciego Isidro cambió su forma de vida, sus manos pasaron a ser fundamentales, pero su bastón siguió siendo Sara, y cada día más importante, más fuerte, como la mujer «que pudo con todo en Lodares».  Del primer accidente Isidro ni se acuerda: "Tenía dos años, me lo contaron mis padres, me dio una patada un mulo y perdí el ojo. El segundo fue haciendo un cesto, me saltó una vara de mimbre al ojo que me quedaba... y fue un calvario, pero lo perdí". 

El jueves, 15 de abril, celebraron las bodas de platino, 65 años de casados, desde aquel 15 de abril de 1961, cuando se casaron en la iglesia de Renueva, la más elegida por las gentes de los pueblos por su magnífica escalinata, que lucía mucho las fotos.

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Gran jugador de dominó, con los dedos identifica las fichas y una prodigiosa memoria hace el resto. | SAÚL ARÉN

- Entonces la cosa era casarse en León y vinimos un día antes para estar ya preparados. Pero el día anterior a venir recuerdo perfectamente que estuve en el monte, cuidando las ovejas, como cualquier día. 

Pocos años después llegaría un trago duro para la familia, como para todos los habitantes de Lodares y todos los pueblos del valle que tapó el pantano de Vegamián, en 1968. «Aquella vida era dura, seguramente, con el ganado, pero era la nuestro pueblo, nuestra gente y yo creo que éramos felices allí... venir para León era una incertidumbre. Una piedra en el camino que también superaron: «Teníamos un pariente aquí en León que conocía y fue a preguntar a la Once... Conocieron su caso y a los dos días estaba trabajando». Ahí, nuevamente, Isidro repite el enternecedor «déjame que lo cuente» y nuevamente acude a la palabra que mejor define sus sentimientos. «Me emociona contar lo que la Once fue para mí, para nosotros, la solución de nuestras vidas. Entré a trabajar nada más llegar a León, no me olvido, el 19 de octubre de 1968 y allí estuve treinta años hasta que me jubilé; bueno, realmente estuve 29 años y 8 meses, hasta el 8 de mayo de 1998».

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Su gran ‘mano’ siempre ha sido Sara. | SAÚL ARÉN

- ¿Siempre en el mismo sitio?
- Siempre. En la plaza del Espolón, a la entrada del Barrio de San Mamés, donde vivíamos. Primero estuve 18 años en la calle, por así decirlo, y los 12 siguientes ya me pusieron la cabina.

- ¿Aquella Once nada tendría nada que ver con la actual?
- Claro, nada, solo te diré que los primeros cupones que vendía eran de dos pesetas; después fue una noticia cuando llegaron las máquinas, cuando nos pusieron las cabinas... pero, sobre todo, lo que yo más valoro es el comportamiento de la gente, al barrio de San Mamés le estoy muy agradecido, se portaron fenomenal, creo que me conocía todo el mundo, me hablaba, conocía sus voces, les gasta bromas...

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Isidro, junto a Sara y sus cuatro hijos en las calles de Lodares. | CEDIDA

Y recuerda Isidro con especial placer la entrañable anécdota con una niña, que acudía con su madre camino del colegio y ‘el ciego’ le dijo: «¡Qué guapa vas hoy, vaya bonitos que son tus zapatos».  La niña no respondió pero Isidro la escuchó  decir —los ciegos también desarrollan el oído—: «Mamá, no me vuelvas a decir que Isidro es ciego, que bien que ve».

Gasta Isidro frecuentes bromas con su ceguera, de hecho como el cuarto hijo nació cuando él ya había perdido la vista si habla de él suele rematar con un «a ese nunca le vi». Tampoco sospecharían que es ciego quienes le ven jugar al dominó, si no fuera porque observan cómo toca las fichas con sus dedos para saber las que son y sus rivales y compañeros al colocarlas dicen cuál es: «El cinco-cuatro, la blanca doble... E Isidro lo lleva todo de cabeza: «Te acostumbras, desarrollas un sexto sentido. La pena es que se van acabando los bares de partidas, cada vez se juega menos a las cartas o al dominó... Aquí en San Mamés se nota mucho».

Hablan de San Mamés pues es el barrio al que vinieron y del que no se han movido. «Nos gusta mucho, es tranquilo, conocemos a todos el mundo, nos conocen... Cuando llegamos aquí estaba el barrio a medio hacer, donde está ahora el parque estaba el material de las empresas que estaban trabajando en las casas, de ahí para allá todo eran praderas, el campo de fútbol», explica Sara. 

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Isidro ante la cabina de la Once en la que trabajó en el Espolón. | CEDIDA

- Yo le estoy muy agradecido a este barrio; insiste Isidro.
- ¿Diste premios importantes?
- Varios, la verdad es que sí repartí suerte, recuerdo varios casos pero especialmente uno». 

Sara le anima: «Cuéntalo»... y es que ese uno tiene truco pues también le tocó a él. «Yo estaba en una peña, de gente del barrio, viajantes... muy buena gente, muchas veces acababa por la mañana, entraba a tomar un mosto y me decían: ¿Cuánto te queda? y se preguntaban: ¿Y si se lo cogemos todo y así Isidro ya no tiene que venir por la tarde? Y así lo hacían, ¿cómo no voy a hablar bien de ellos?».

Y la suerte les quiso compensar y les tocó un gordo: «Era de 300.000 pesetas, que ya eran perras, para repartir; tocamos a 18.000 pesetas cada uno, que ya era un pellizco». 

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Isidro y Sara en la romería de San Antonio. | CEDIDA

Y en el año 1998 le llegó esa jubilación que les ha permitido disfrutar más de la larga familia —la de sus cuatro hijos y bastantes nietas, fundamentalmente—, de los regresos a Lodares, donde no hace mucho han recuperado su cementerio, no faltan a a esa romería de San Antonio, pasean por su barrio de San Mamés, por esas vías ‘en vía muerta’ aunque preferirían que pasara el tren, «como toda la vida».

Y, sobre todo, de su buena salud a los 85 y 93 años, con 65 de matrimonio. Dice Isidoro, el embajador de todo lo que huele a Vegamián, que «algo tenía aquel agua, hay mucho longevo».

Nos despide uno de sus hijos, muchos años vecino en el Polígono X, con una pregunta: «¿Tenía razón cuando te decía que mis padres tienen un reportaje?».

Por supuesto. 

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