No sé si es porque los panaderos solo descansaban los mismos días que los periodistas pero siempre he sentido debilidad por ese oficio de repartir el panpan por las casas.
El motivo del cariño no es, seguro, el de los descansos; es más bien la admiración por esas gentes que cada día llegan hasta la última casa del pueblo más lejano, al margen del negocio pues no les importa ir para vender una sola barra pues lo único que tienen en sus códigos es que nadie se quede sin pan.
Primero llegaban con sus carros, después pequeñas furgonetas, Land Rover para los caminos difíciles y ahora verdaderas flotas... pero con la misma filosofía, llegar, estar.
En la montaña, en sus inviernos de nieve, se decía que un pueblo estaba cerrado, aislado, cuando el panadero no podía llegar, que eran muy pocas veces, prácticamente ninguna.
Vienen los panaderos de hoy de la más noble estirpe, tal vez por ello han heredado su código genético... llegar al último rincón, a la última casa.