A las siete y media de la mañana el amplio espacio de la Panadería Robles de Santa Lucía es un hervidero de gente que va y viene: sacos que se llenan de barras y hogazas, un cartel con el nombre de cada ruta, furgonetas que van aparcando en la explanada y abren sus puertas, carros de madera llenos de pan, dulces, masas de pizza... todo el mundo sabe hacia dónde camina. Es la hora punta, más de treinta empleados, “creo que quince furgonetas, no lo sé seguro” y todo echa a andar. Hace más de una hora, a las seis en punto, que marchó a repartir Julio Robles después de comprobar que había finalizado sin contratiempos la larga noche amasando.

Y en medio de aquello que tienes la impresión que todo puede derivar en un caos ves que no se produce; llega Ana Robles, la más joven, la última generación, y tiene respuesta para todo: “Carga tú primero. Marchad ya los que repartís bares...”. Sorprende que lo lleva todo de cabeza, como los viejos comerciantes. “Ya lo deja todo mi padre organizado”, dice, pero sigue atenta a todo lo que va ocurriendo.
- ¿La tradición?
- Tradición no nos falta, es verdad, desde el bisabuelo Joaquín, que fue el que empezó hasta mis hermanos y yo (Ángel, Julín y Ana) ya son cuatro generaciones de panaderos, un siglo de panadería... a poco que se te vaya pegando.
Recuerda Ana que del citado Joaquín pasó la tradición panadera a los abuelos, Ángel y Anita, la abuela, por la que siente una especial predilección. “Iba con ella, me enseñó tantas cosas y es muy cariñosa. Una pena que se ha roto una cadera y ha perdido calidad de vida”.

Fue la abuela Anita protagonista de una entrevista semanal en La Nueva Crónica y la buena mujer, la entrañable abuela, recordaba entonces, ya con 92 años (ahora tiene 93), recordaba que “llevo toda la vida de panadera. Al principio repartía por las casas de Santa Lucía y todos estos pueblos, llevaba un cesto con el pan, también unos sequillos que gustaban mucho a la gente y algún dulce más”.
Con el paso del tiempo su nieta Ana y su madre, María del Mar Santamaría (Marimar), que es quien lleva ahora los temas de repostería en la empresa, sacaron unas cajas de pastas que bautizaron como “Los sequillos de la abuela Anita”, que, cuenta su creadora, “tienen muy buena acogida”.
El gran salto se dio en la cuarta generación; Ángel dejó La Vasco, Ana regresó de su Erasmus, "empezaron a cerrar panaderías, nos ofrecían sus rutas y las fuimos cogiendo"
Marimar, la tercera generación junto a Julio Robles, es la creadora de una variada gama de pastas, desde los citados Sequillos a Las Zorrucas, un homenaje a los vecinos de Santa Lucía, a los que denominan genéricamente “los zorros” y, además, “están muy orgullosos del apodo hasta el punto de colocar una escultura de un zorro bien visible desde la carretera”. Y en medio fue creando Las Gordonesas (su comarca), las Pastas de la Biosfera (de nueces), Las Salvadorinas y Las Paregrinas (homenaje al Camino de San Salvador, que atraviesa la comarca), o las clásicas de mantequilla, almendra, morenitos, pastas rizadas, de canela, de maíz. También tienen bien ganada fama sus brazos de gitano, la pasta de pizza, o empanadas diversas...
La ‘masa madre’ de esta casa es el importante papel femenino
Y es que cuando se sumó Marimar a la Panadería Robles, antes había trabajado en las oficinas de La Vasco, además de repartir algunos pueblos “hizo un curso de repostería en el que descubrió que, además de dársele muy bien, le gustaba”; recuerda su hija Ana, que añade: “Y me metió a mí el gusanillo, pues iba con ella a repartir y para mí era como una aventura diaria. Entonces mi padre repartía Santa Lucía, Vega de Gordón y Pola; y mi madre Ciñera y La Vid”.
Y así llegan a esta cuarta generación en la que todo explotó, a lo grande, aunque no fue inmediata la incorporación a la panadería. “Julín —por aquello de diferenciarlo de su padre Julio— sí se sumó pronto, pero Ángel primero fue a trabajar a La Vasco, hasta que cerró claro...”.
Y Ana cumplió con lo que quieren todos los padres: estudiar, y fue una buena estudiante, cursó Ingeniería Informática, estuvo de Erasmus en Suecia... “y a la vuelta todo se fue precipitando, aunque nunca nos habíamos desvinculado de la panadería. Ángel ayudaba en vacaciones y fines de semana, yo también, pero... ya nos metimos de lleno”.

Pero cerró La Vasco, a Ana le seguía tirando el recuerdo de aquellos viajes con su madre, Julín “el motero” también se había sumado... “Y comenzaron a desencadenarse circunstancias, propias de los tiempos que vivimos. Se jubiló un panadero de Pola y nos dijo que si cogíamos sus rutas: Cabornera, Geras, Beberino, Buiza, Folledo y Los Barrios) y la cogimos y ya entró Cristina con nosotros; se jubiló Alberto el de Villamanín y ocurrió lo mismo, y cogimos La Tercia, incluso nos quedamos con su Land Rover; y empezamos a pasar para el Torío; lo dejó el de Omaña y también abrimos ruta para aquella comarca, que es enorme por cierto...”.
- Y cogiendo, cogiendo, ¿en qué realidad desembarcamos?
- Bueno, pues en la actualidad tenemos 13 rutas de reparto de pan, incluida una para Asturias; La Tercia y Cármenes; Babia; Gordón, por supuesto; el Valle Fenar; Luna; por Manzaneda, Ruiforco y esos pueblos que la llamamos “la autónoma”; La Sobarriba; las que salen las primeras para llevar a los bares que abren muy temprano y que quieren tener ya el pan del día, los dulces; servimos a colegios, el hospital San Antonio Abad... todo un mundo. Con tanta variedad de rutas como de tipos de pan.
- ¿Y empleados?
- Pues andamos por los 33 trabajadores y los que necesitamos para momentos puntuales, por encargos, fiestas...
- Seréis la empresa más fuerte de esta montaña central.
- ¿Te olvidas de Ezequiel?
- Bueno, pues de las más fuertes.
Ríe abiertamente, que no le cuesta trabajo pues es habitual en ella. Y, además de rutas, han ido reabriendo tiendas que se cerraban.

- ¿Cuántas?
- Una en Santa Lucía, en la panadería, que no teníamos; otra en Pola, que también cerraron, como en Busdongo y hace una semana que estamos también en La Robla, donde había una frutería... no nos ha dado tiempo ni a cambiar el cartel.
- ¿Lo más complicado que llevas en esa cabeza?
- Los imprevistos, averías, accidentes... que si son en rutas urgentes se convierte en una pequeña tragedia que hay que solucionar ya.
- Dice Julín que eres la última en volver del reparto, que te enrollas mucho con la gente.
- También lo vendo. La gente quiere hablar, al menos con la panadera.