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Ver nevar

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Resistencia popular ante la sublevación en julio de 1936. Archivo CNT. |L.N.C. Ampliar imagen Resistencia popular ante la sublevación en julio de 1936. Archivo CNT. |L.N.C.
Raquel de la Varga / Leticia Barrionuevo | 29/08/2018 A A
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Los consejos de Patronio A través de los cuentos y esta novela de David Fernández Villarroel nos acercamos a la realidad rural de un niño de posguerra en León
En infinidad de ocasiones, los jóvenes (sobre todo los que hemos tenido la suerte de tener un pueblo o hasta dos) nos hemos familiarizado con vocablos completamente ajenos a nuestro modus vivendi, que inevitablemente asociamos a un estilo de vida que está dando sus últimos coletazos. Esquilas, malvís, candil, vecera, matacandelas, tenada, jumento, priornos. Estas son algunas de las palabras con tal carga semántica que seguro nos hacen vivir un viaje en el tiempo, incluso a los que no estuvimos allí.

Copié esta lista de palabras de un libro del que nunca había oído hablar, pero que por casualidad llegó a mis oídos que se había convertido en novela de referencia en lo que podríamos considerar dos generaciones dentro de los lectores de mi familia.

Cuando conseguí el ejemplar de Ver nevar que mi tía le había prestado a mi abuela y del que no se quería desprender tan rápido, descubrí el porqué del éxito entre los lectores de un libro que ha pasado más bien desapercibido. Su autor, David Fernández Villarroel, natural de Tejerina y actualmente catedrático de Lengua y Literatura en un instituto de Barcelona, ha plasmado en esta obra a través de la voz prestada de un niño de posguerra los paisajes sentimentales y las experiencias compartidas de aquellos que formaban parte del mundo rural, entonces mayoritario, en las primeras décadas del siglo XX. Especialmente, la de aquellas familias de cuencas mineras como las de Sabero o Cistierna, o cualquiera de las muchas que vivían de la tierra y para las que la presencia de los curas que necesitaban monaguillos o los maestros de pueblo suponían un hito en la vida de los más jóvenes.

En el 36 no todos tuvieron la misma suerte, y de la pluma del niño narrador de La Braña para el que «nada hay en el mundo tan entretenido como ver nevar» entendemos lo que pudo suponer el estallido de una guerra que, para los que vivían en los pueblos era algo profundamente incomprensible, ajenos a lo que significaban siquiera las palabras guerra o república. Tan ajeno, que la pertenencia a uno u otro bando era una simple cuestión de estar en el lugar y en el momento adecuado que, para quienes tenían la suerte de volver del frente con vida, esta ya no volvía a parecerse en nada a lo que era antes.

Es comprensible que una novela sea capaz de traspasar los intereses de tres generaciones que son partícipes o consecuencia de lo que la historia dispuso para ellas. A mí nunca se me escapó la relevancia que en mi familia tuvieron la pobreza, el cura don Zacarías o la corrupta y negligente maestra que podría haber cambiado el futuro de quienes estaban empezando la vida. Cada uno encontrará en esta novela paisajes sentimentales conocidos que le ayudarán a comprender una parte de su historia y de nuestra historia, que pudo tratarlos con mejor o peor suerte, y que nos entrega el testigo de qué hacer con ella a los más jóvenes, enseñándonos una lección o dejando pasar la posibilidad de cambiar, ahora que estamos a tiempo, antes que este muera en nuestros brazos.

Datos prácticos

La Guerra Civil se fraguó en su inicio con tropas alistadas de forma voluntaria. Los militantes políticos ofrecieron sus servicios libremente, pero también hubo que recurrir al reclutamiento forzoso de hombres entre 18 y 45 años ya que los primeros no cubrían todas las demandas del conflicto bélico. Este alistamiento inexcusable obedecía a la geografía más que a la ideología, por lo que los soldados forzosos pertenecían a un bando o a otro, dependiendo del lugar en que vivían. A pesar de sus ideas tan contrarias, ambas facciones utilizaron estrategias parecidas a la hora de enrolar hombres a sus listas basándose en normas estipuladas antes de la guerra. También coincidieron en que ambos tuvieron los mismos problemas para convencer y retener a la población. Muy diferente fueron los lemas empleados por los dos grupos para conseguir la incorporación de reclutas. Estos mensajes se estampaban, principalmente, en carteles publicitarios que durante el periodo de guerra se impusieron como una herramienta política, social y militar, que pretendía ser alentadora y motivadora para los ciudadanos. Los eslóganes de los carteles eran muy distintos aunque unos y otros pretendían revivir los sentimientos patrióticos. Animamos desde aquí a descubrir la colección de carteles digitalizados de la Guerra Civil que la Biblioteca Nacional de nuestro país ofrece a través de su sitio web ‘http://www.bne.es/es/Colecciones/Carteles/Subcolecciones/carteles-propagandisticos.html’.

La Guerra Civil está colmada de testimonios y cartas que se mantienen como documentos históricos que nos ayudan a comprender diferentes aspectos de la contienda, debido a que las personas que vivieron en los campos de batalla son quienes relatan los hechos. Los reclutas forzosos son los que narran, a través de las misivas, su realidad cotidiana y los sentimientos que les provocó vivir combatiendo en el frente: miedo, resignación, el riesgo de perder la vida, cansancio, escepticismo, desconfianza, incredulidad política y anhelo de volver a casa.
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