Cada Jueves Santo, mientras el bullicio de la ciudad de León va creciendo en la noche genariana, una procesión humilde, solemne y marcada por el recogimiento toma las calles del barrio de Santa Marina. Es la procesión de las Tinieblas y del Santo Cristo de las Injurias, la última del Jueves Santo, organizada por la Cofradía del Desenclavo, y que toma salida en la calle Serranos a las ocho y media de la tarde. El voto de silencio de sus hermanos impera y la calma de la noche es rota únicamente por el sonido de las carracas y las horquetas que llevan los hermanos del Cristo de las Injurias –obra de Amancio González– y la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad, de Pablo Lanchares.
Antes de la procesión, el Desenclavo organiza en el interior de la iglesia de Santa Marina uno de los actos más antiguos y sobrecogedores de la Semana Santa leonesa: el Oficio de Tinieblas. Un ritual con raíces medievales y vinculado a los pueblos de la Sobarriba que, lejos de desvanecerse con el paso del tiempo, tomó un nuevo protagonismo en los años 90 gracias al empeño de la Cofradía del Desenclavo por conservar las tradiciones leonesas.
Así lo explicaron en el primer programa de ‘La Voz del Papón’, el podcast cofrade de La Nueva Crónica, Javier García Argüello, actual hermano mayor, y Manuel García Díez, fundador y hermano mayor honorario de la cofradía. Ambos aportaron, desde el Museo de Semana Santa, detalles poco conocidos en la sociedad leonesa acerca del origen, significado litúrgico y evolución de este acto que antecede a la procesión del Santo Cristo de las Injurias.
El Oficio de Tinieblas –del latín tenebrae, «oscuridad»– tiene su origen en la Edad Media. Su recuperación está estrechamente ligada a la labor de la Asociación Etnográfica Leonesa, cuyos miembros recopilaron tradiciones musicales de la Sobarriba, especialmente cantos populares vinculados a la Semana Santa. Entre ellos destaca el ‘Miserere’, el salmo más representativo de este acto, que el Desenclavo hizo suyo siguiendo la tradición popular de localidades como Tendal o Paradilla.
Desde la fundación de la Cofradía del Desenclavo en 1992, el oficio se incorporó como uno de sus hitos clave. El acto comienza entre las siete y media y las ocho menos cuarto, con los hermanos todavía descubiertos. En ese instante, el templo se sumerge en una atmósfera de recogimiento, de tinieblas. Los hermanos cantores entonan diferentes salmos en latín –además del Miserere–, mientras preside la escena un tenebrario con 15 velas.
Según explicaron los hermanos del Desenclavo, cada una de ellas posee un significado, puesto que once representan a los apóstoles, tres a las Marías y la última a Cristo. A medida que avanza el Oficio de Tinieblas, las velas se van apagando una a una hasta dejar una última encendida, la de Cristo, si bien hasta hace unos años se apagaban todas. Es entonces cuando irrumpe el estruendo de carracas, matracas y tambores en la iglesia, evocando los truenos y el terremoto que, según la tradición católica, siguieron a la muerte de Cristo en el Viernes de la Cruz.
Cabe señalar que el Oficio de Tinieblas no es un evento aislado para el Desenclavo, sino que supone el primero de los tres elementos que desarrolla durante su procesión del Jueves Santo y que continúan con el acto del Desagravio en el convento de las Clarisas, donde la cofradía entrega treinta monedas para representar la traición de Judas. Finalmente, la jornada culmina con el acto del enclavamiento y el velado del Cristo, solo para hermanos de la cofradía. «En realidad, la procesión es el nexo entre estos tres actos» concluyó Argüello.